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Era lunes. Temprano por la mañana. Apenas las seis y media y ella ya estaba levantada. Iba de aquí para allá como una hormiga y su cuerpo menudo lleno de energía daba vuelta el pequeño departamento de un ambiente, un poco alejado de la ciudad donde Nora vivía desde hacía unos pocos meses. Cómoda, pese a lo estrecho del espacio y feliz porque de a poco, cuota a cuota, se lo iba quitando al Instituto Provincial de la Vivienda y de paso mes a mes lo sentía un poquito más propio. Ya había dejado el piso brillante. La cama estaba tendida y el baño limpio. No había vajilla en el secaplatos y la ropa tendida ya estaba guardada con toda prolijidad en el canasto, esperando una tarde de planchado. La tapa del lavarropas abierta para que se ventile y no tome olor a encierro y las escobas, el haragán y los escobillones colgados en el escobero. Todo estaba dispuesto a esa hora de la mañana de un lunes que había amanecido lleno de promesas, con un sol a pleno, típico de setiembre. Templado, agradable, apenas para un abrigo liviano.

Nora se había tomado una semana de licencia que le debían en la escuela porque había decidido ahora que la mudanza, las deudas de los electrodomésticos, la nueva vida sola lejos de sus padres y el recuerdo de Nicolás atenuado lo suficiente como para que casi no importara o al menos, si asomaba en la superficie de la conciencia, no despertara ese dolor físico que solía sentir los primeros tiempos cuando aún no podía creer que el mundo sin él fuera posible, cuando el sonido de una puerta cerrándose le traía la imagen de Nicolás saliendo por última vez. Sin palabras, con una expresión vacía en la cara que por un momento le provocó miedo. Sin violencia, yéndose para siempre como un globo de helio lanzado al aire, volando a la deriva buscando vaya uno a saber qué y sin saber qué hacer con tanto cielo disponible. Ella en el sillón mirando lo que no alcanzaba a entender y aprendiendo en una sola lección que cuando el corte es demasiado profundo, la cicatriz y el dolor que de tanto en tanto recuerda la herida son imposibles de evitar. Aprendió en el mismo golpe que cuando su papá le decía lo que le decía y su mamá asentía con la mirada cada palabra que don Miguel con mucho cuidado derramaba sobre la ingenuidad de Nora como queriendo disolverla para que sin ese velo crédulo y conveniente pudiera ver mejor cómo eran las cosas.

Ella sabía cómo eran las cosas pero se había empeñado a negar lo evidente y creyó, se creyó que con eso bastaba para que la realidad fuera distinta y tuvo que ver el lado oscuro para darse cuenta que si no escapaba, el próximo callejón no tendría salida, así que decidió decir basta. Punto final. Aquí se termina. Nicolás se limitó a salir de la casa y ella, cuando pudo moverse, salió  a buscar el escobillón para borrar las huellas que hubieran quedado de esa presencia que ya no quería cerca y puso esos restos junto con una que otra pelusa y el polvo que se juntaba a lo largo del día en la palita de plástico celeste. Pisó el pedal del tacho de basura y vació la palita, cerró la bolsa de plástico y la llevó al cesto metálico que tenían en la vereda y con eso sintió que Nicolás había terminado de irse y estuvo completamente segura que no iba a volver.

Se había librado de él para siempre y pudo respirar tranquila, sintió paz y fue a abrazar a sus padres. Don Miguel y Doña Angélica recibieron de vuelta a su hija como si jamás se hubiera ido. Para ellos estaba intacta. Para ellos ese atraso de dos meses y esa vuelta a la normalidad sin demasiados comentarios, salvo una cierta palidez en el rostro de Nora, eran cosas que habían pasado allá lejos en uno de los ángulos más remotos del tiempo, donde los recuerdos se tejen como telarañas y ni el cepillo con el palo más largo es capaz de desentrañarlos. Quedan ahí. Cautivos de un pacto no escrito. Ni ellos tratan de acercarse a sus dueños, ni sus dueños a ellos. Ahí, en ese rincón donde la luz no tiene demasiado que hacer, estaba esa noche que Nora por primera vez en su vida pasó fuera de la casa sin explicaciones, esa sábana con sangre que doña Angélica rescató antes que nadie y lavó con tanto empeño que no dejó rastros de las manchas. Ahí, en ese sitio se había escondido el desmayo en el baño y el pedido de ayudad de Nora, los brazos de Don Miguel levantándola del piso como si estuviera rellena de aire y llevándola a su cama, donde se durmió en paz, a salvo de las pesadillas, de los fantasmas y de las preguntas.

Ese lunes, Nora estaba feliz. Se había pasado el fin de semana planeando lo que iba a pasar esa mañana. Se había probado los pocos vestidos que tenía y le costó decidirse por uno. Al final, le pareció que el azul marino con flores bancas era el que mejor le sentaba aunque no estaba del todo convencida porque se había puesto muy delgada y todo el mundo sabía que con el color oscuro se notaba más. Lo colgó en el ropero y sacó uno color mostaza, algo pasado de moda, pero muy bonito y se lo puso. Le quedaba bien y le iluminaba la cara que ya no estaba tan pálida como esa vez, pero mantenía las mejillas rosadas y pecas, muchas pecas que desde que tenía uso de razón la acomplejaban. Por extraño que parezca, incluso ella misma se sorprendió porque ese día hasta las pecas le parecieron simpáticas, tanto que ni hizo el intento de taparlas con base de maquillaje como de costumbre. Sólo un poquito de pintura en los ojos que apenas delineó y unas gotas su perfume  de siempre, con un dejo a lavanda detrás de las orejas y en las muñecas. Su corazón dio un sobresalto. No se acordaba qué ropa interior se había puesto y se levantó el vestido para controlar. El conjunto blanco. El nuevo. Impecable, con un encaje sutil que había comprado por cartilla el mes pasado. Era día de estreno. Un lunes especial que había esperado desde hacía mucho tiempo.

Iba a verlo. Salió a la calle poco antes de las siete y media de la mañana, esperando que a esa hora el colectivo no viniera tal lleno. Tuvo suerte. Subió y consiguió un asiento. Tenía unos cuarenta y cinco minutos de viaje hasta el centro y de allí habría de caminar unas cuadras. Tenía tiempo. Calculaba más o menos ocho y media, nueve menos cuarto a más tardar, llegaría. No podía permitirse ser impuntual en su primera cita que tanto le había costado. Más de un mes esperando que la llamaran, hasta que el viernes pasó. Sonó el teléfono de la casa de sus padres donde ella había ido a tomar unos mates a media tarde. Su mamá le extendió el aparato con el micrófono tapado y una sonrisa cómplice. Es para vos. Le dijo y don Miguel se volvió sordo de golpe, parapetado detrás del diario. Sordo, ciego y mudo, pero feliz o algo parecido, al menos una sensación diferentes a tanta cosa pesada que había estado rondando por la casa de un tiempo a esa parte. Casa de fantasmas sólidos, como se supone no deberían ser los fantasmas. Nora habló unos instantes, sonrió suavemente y colgó el teléfono. Nueve de la mañana el lunes. Que desayunemos juntos en ese café en el centro, donde hacen las facturas de manteca sin crema pastelera, como a mí me gustan. Dicen que es caro, pero él me insistió que fuera allí. Que aprovechemos estas mañanas tan lidas de setiembre ahoras que los dos estábamos de vacaciones. Era como si se volviese a abrir una puerta por la que con timidez al principio y luego a chorros, iba entrando la luz. Qué raro. A esa hora de la mañana, pensó doña Angélica a la que las esperanzas y la alegría jamás lograban nublarle del todo la razón. Raro, pensó, pero las cosas hoy en día son diferentes a cómo eran en mis tiempos. Decidió no hacerle caso a los nubarrones y soplarlos de una vez para que ese viernes volviera a ser radiante.

Miró el reloj. Eran las nueve y media y se dio cuenta que no vendría. Era inútil. Se había hecho tantas ilusiones. Le había costado tanto llamarla, decidirse a marcar esos siete números y no colgar apenas sonaba el tono por primera vez. Decenas de veces había hecho eso hasta que en un momento dejó que sonara, esperó a que doña Angélica, como supuso que pasaría, atendiera, preguntó por Nora y Nora este lunes cerca de las diez de la mañana no estaba. Las dos rosas amarillas, recostadas en la silla que se suponía iba a ocupar ella, parecía cada vez más pequeñas, como si se fueran secando segundo a segundo. Miró a la calle por la ventana del bar y no aparecía. Se paró y dejó las flores en la silla. Llamó al mozo, pagó la cuenta y salió. Apenas pisó la vereda, algo lo hizo darse vuelta y la vio. Sentada en la silla, con las dos rosas en la mano, más grandes ahora, más llenas de vida que hacía unos minutos. Diez en punto de la mañana y Nora que miraba hacia los costados a ver si lo encontraba. El empujó la puerta de cristal y entró de nuevo al bar que a esa hora estaba bastante lleno. Caminó unos pasos y se puso frente a ella que levantó ligeramente la mirada y sonrió como una niña pequeña sorprendida en plena travesura. Sonrió y miró las rosas. Sonrió y lo miró a él que no atinaba a decir palabra. En realidad se quedó en silencio mientras ella y las dos rosas amarillas iban desapareciendo como si se esfumaran sin dejar huella. Tuvo el impulso de tocar la silla y estaba fría, no había rastros de que alguien se hubiera sentado allí.

Cruzó sin mirar, dijo el conductor del colectivo. No pude hacer nada. No me dio tiempo. Le decía a la gente que lo iba rodeando. Era como si suplicara perdón por algo que no había hecho. Yo vi que ella cruzó mal, dijo una señora y después otro señor y un chico de mochila, con lo que los ánimos se fueron calmando de la poco. Cuando él llegó a esa esquina a dos cuadras del bar, vio el vestido color mostaza, igual que el que tenía puesta la chica sentada en la silla, pero ahora asomándose debajo del colectivo. Vio dos rosas amarillas tiradas en la calle, vio la gran mancha de sangre y ahí se dio cuenta. Dicen que lloró y que no dejaba que se le acercaran. Dicen que nadie sabe dónde anda. Dicen que se fue lejos, como escapando, pero hay otros que dicen que todos los lunes, a las nueve de la mañana sin falta, deja en la silla del bar dos rosas amarillas, por si acaso nada de lo que pasó fuera cierto. Tal vez sea así. Tal vez no siempre lo que pasa es lo que vemos, porque pocos segundos después las rosas desaparecen y queda en el aire un dejo sutil a lavanda que por alguna razón que no alcanza a entender, él reconoce de inmediato y eso le alcanza, dicen.

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