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Ya vimos en un pantallazo más o menos rápido que ninguna de las dos víctimas tiene red de contención y andan como haciendo acrobacias a un montón de metros del piso sin que a nadie se le ocurra poner ni una miserable colchoneta por si acaso las cosas no salen bien allá arriba y se desploman. Creo que no se necesitan más pruebas para afirmar que no hay un sistema capaz de proteger a los más vulnerables para evitar en la medida de lo posible que sufran daño. De prevenir, ni hablemos, como para decirlo en criollo y de curar, parece que tampoco porque cuando el hecho está consumado y no se puede volver atrás porque las heridas no retroceden sino que evolucionan, tampoco parecen estar disponibles los recursos o las herramientas, no digo para cerrar la lastimadura en el momento, sino para evitar que se siga abriendo, se infecte, se complique e inevitablemente sane (si es que logra sanar) con secuelas de por vida. Insisto. No supimos, no quisimos o no pudimos diseñar las estrategias para evitar que una mujer fuera violada y fallamos en la fase de la prevención. Todo mal, pero esa mujer está en una oficina de la policía haciendo la denuncia y se la trata como si la delincuente fuera ella. Se tironea de los bordes de la herida hasta separarlos al máximo, con lo que se falla en el primer intento de curación, cuando puede llegar a ser posible, una oportunidad única para auxiliar, antes de que tome forma el resentimiento, por qué no el odio y la resistencia a la ayuda. En ese momento, el miedo puede ser un aliado si quien trata de llegar sabe manejarlo a su favor. Peor por nosotros porque en general no se hace eso y esa misma mujer llega al hospital a que se la examine, con lo que la poca costra que había ido generando la lastimadura, se desgarra porque lo habitual es que haya una nueva serie de humillaciones o simplemente indiferencia y desaprensión. No se trata de que tomar distancia en esas situaciones y actuar como profesionales esté mal en sí mismo, pero no hace falta ponerse a años luz de la víctima y fuera de su alcance. Peor aún porque en esta segunda oportunidad, se supone que quienes reciben a la persona han adquirido competencias para manejar la situación del mejor modo posible, pero no siempre están a la altura de las circunstancias y se hace patente el riesgo del estigma y de la discriminación porque no pocas veces, el que en un servicio de emergencias recibe a una mujer violada, se encarama en una tarima seudomoral para mirar desde arriba a esa que seguro que se la buscó, como todas las que son iguales que ella y después se quejan. Parados en ese púlpito, emiten la condena sumaria en absoluto silencio porque de esa forma hacen ostentación de su desprecio por esa que se desvió de los senderos por los que caminan los decentes que por otra parte no tienen por qué mirar a los que quedan abandonados a la vera de la ruta.

Con semejante panorama. Con la perspectiva del doble ultraje que sigue a una violación, es poco probable que cuando se entera que está embarazada, una mujer tenga la suficiente presencia de ánimo para pensar en otra cosa que no sea liberarse de todo lo que pueda hacer evocar ese infierno, lo que por lógica incluye a su hijo por nacer, al que como primera medida despojará de ese título, en un intento desesperado para que hacerlo desaparecer de su vida y del mundo sea un poco más sencillo. No lo nombra. Alude a él de manera tangencial mientras dura el proceso que va a llevar a la interrupción de su embarazo. No acepta su presencia como un ser humano, ni mucho menos como una parte suya. Es el signo sólido y objetivo del horror. Se transforma en una idea, un ente abstracto que una y otra vez irrumpe en la memoria sin que haya modo de evitarlo. Ella trata, no obstante, de poner un telón negro para que no pase ni un átomo de luz desde ese otro lado, desde allí donde reside lo que se niega. Desde el sitio en el que pese al silencio, pese a la negación, pese a la lucha por ahuyentar esa presencia, igual él crece ajeno a todos los peligros e ignorante de las amenazas y se aferra a la vida minuto a minuto, cada vez con más convicción y fuerza desde la inmensidad colosal de su pequeñez que lo hace invisible, pero sólo para las percepciones humanas que son mezquinas en su alcance y a la vez absolutamente limitadas, sobre todo cuando se han propuesto clausurar la llegada de todo cuanto pueda estimularlas. El está y se va haciendo grande, con un ritmo de vértigo que no puede ser siquiera imaginado por una mente humana común.

Si sólo pudiera verme. Tomar contacto conmigo. Si por un momento dejara de pensar en mí como un error a corregir, como algo extraño a extirpar. Si se atreviera a saltar el muro de la negación y limpiar la mirada hasta poder darse cuenta que soy mucho más grande e importante que mi origen. Trasciendo y supero el modo en que fui concebido y sigo empeñado en entrar al mundo aunque todavía no tengo la menor idea de lo que son la conciencia, las  esperanzas o de posibilidades. No importa demasiado porque llevo dentro la misión ancestral de no entregarme y dar pelea. Sé en algún punto de mi interior que fui diseñado para luchar y lucho. Estoy hecho para resistir y resisto, mientras espero que en cualquier momento se rasgue la oscuridad. Ojalá que eso suceda, pensaría si pensara, si tuviera la capacidad de pensar. Ojalá que eso suceda antes de que sea tarde porque de otro modo algo me dice que no tengo demasiada chance, diría si pudiera, si me dejaran hablar todos los que saben dónde estoy, pero hacen como que no existo.

Ella trata que pase el tiempo y en vano intenta empujar las horas hacia adelante para que corran más rápido porque llega un momento en que no se soporta más la angustia y a veces ronda la tentación de dar marcha atrás, de imaginarse otro panorama, de ver un horizonte más despejado y sin tantas nubes de tormenta. Suena prometedor cuando se deja llevar por las ilusiones que esperan que ella baje la guardia para dar un zarpazo y apoderarse de la razón, para hacer la prueba, por si acaso triunfan y ella decide que tal vez dar una oportunidad es la mejor de las respuestas. Se recuesta un segundo y se toma un respiro en medio de tanto dolor y busca el modo de mirar diferente. De verlo niño, sano, lleno de las cosas que llenan a los niños. Puro y repartiendo inocencia para ver si por lo menos lo que le queda alrededor se limpia un poco y el aire por ahí se hace más respirable, hasta que en un momento, como por arte de magia, da gusto el día. Ella se permite un sueño en medio de tanta pesadilla y sonríe viendo una cara que no es aún, pero que puede llegar a ser si se lo permiten. Se acerca a él y lo reconoce como único. Abre los ojos y decide. Torcer la historia va a costar trabajo, seguramente. Será difícil y habrá momentos en los que parecerá imposible, sobre todo cuando el camino aparezca repleto de pozos y obstáculos. Mira el sendero de cornisa con un abismo al costado que cae vertical a pique hasta allá, donde un tajo de sombra señala el fondo del precipicio. Siente vértigo, tambalea. De pronto parece que va a retornar al punto cero, cuando la muerte era la idea. No le gusta lo que ve. Se avergüenza por el sólo hecho de haberlo pensado. Se juzga y se condena. Se ensaña con ella misma y no se tolera ni una pizca de piedad. Se castiga, se desprecia y al mismo tiempo se da cuenta que a lo sumo uno es capaz de hacer lo posible y sólo cuando puede. Encuentra la calma al darse cuenta que eso es cierto y busca perdonarse del algún modo. Pone sus manos ahí, más o menos donde él crece y presiona levemente para no importunarlo porque es tarde en la noche y probablemente duerme. Va muy rápido en esto de hacerse grande y eso demanda descanso. Dibuja en el aire esa cara que no conoce y mantiene sus manos ahí, como abrigando, a la vez que pide permiso para estar y mientras espera que la respuesta llegue desde adentro, decide absolverse y se abraza, entorna los ojos y un instante después, los dos duermen.

 (Continuará)

Otra maravilla de Lennart Nilsson

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