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Por si acaso, me bautizaron (tenía alrededor de un mes de vida), hice la comunión (poco más de ocho años) y después de una larga lucha entre mandatos y convicciones, decidí prescindir del catolicismo aucndo asumí que era más un lastre que otra cosa. Se había convertido en una caja de reliquias que no sólo molestaba el paso, sino que se había vaciado mucho tiempo atrás de su significado original. Digo esto para que no se me acuse de ‘ultra’ nada. Por otra parte, juré hace mucho tiempo no hacer daño y traté en la medida de lo posible y dentro de lo que mis conocimientos me permitieron, no hacer daño (‘Lo primero es no hacer daño’ o ‘Primum no nocere’). Por eso, me siento en el planeta equivocado, entre otras cosas porque en estos tiempos difíciles de entender para muchos de nosotros, es noticia (y al parecer buena para algunos) la interrupción voluntaria de un embarazo.

Que quede claro. No soy juez ni de la mujer que decide algo tan duro, ni del profesional que lo debe practicar, pero me hace tanto, pero tanto ruido que se haya puesto muchísimo más empeño mediático, jurídico y social a cómo se interrumpe el embarazo que al diseño de las estrategias para preservar al niño y a su madre. Parecemos olvidar que para esa mujer no es sencilla la decisión y no sé si no la toma porque siente que no queda opción (entonces no sería tan electiva) y si ese es el caso, no sólo no soluciona nada, sino que instala dentro suyo un sufrimiento íntimo de ahí en adelante y ni siquiera está previsto que después de la interrupción, haya asistencia psicológica de la persona (al menos que yo sepa).

No se sabe qué hacer ante una violación. No sabemos qué hacer. Ni para prevenir que se repita, ni para atenuar el daño una vez producida, ni para evitar secuelas irreversibles. Nuestra sociedad es incapaz incluso de evitar la confrontación entre posiciones antagónicas que pareciera que buscan situarse en el extremo porque no admiten matices en lo que piensan. Tampoco hemos desarrollado estrategias para evitar el estigma o para darle a la víctima opciones que no incluyan la irreversibilidad de la interrupción de un embarazo. No le ha sido posible aprender a esta sociedad que las soluciones irreversibles no sólo no son soluciones, sino que evidencian que se ha llegado tarde.

Esta ignorancia social ha de tener muchas causas esta ignorancia mantenida a través del tiempo. A riesgo de parecer superficial, a veces se me ocurre pensar que se ha adoptado la posición de que para ser feliz en la vida basta con ser estúpido (ignorante en este caso) o hacerse el estúpido, de tal modo que en este caso existirían estúpidos (ignorantes) nativos o por opción que a los fines operativos son útiles para levantar una muralla de desconocimiento que seguro sirve a ciertos fines. El tema es saber cuáles. El tema es saber a quién le conviene que ciertos asuntos que son sobremanera sensibles permanezcan sin resolución. Este statu quo que experimenta ciertos remezones que intentan parecerse a un debate de tanto en tanto, hace que en los últimos cincuenta años por lo menos, poco o nada haya cambiado.

Si se exceptúan los métodos con los que se interrumpe un embarazo y las mejoras en la seguridad de las pacientes, las cosas siguen más o menos iguales que siempre y para cambiar o para hacerle creer a la tribuna que hay intención de cambiar algo, a los cerebros privilegiados de nuestro parlamento se les ocurre promulgar una ley, justamente en este país en el que las leyes no pasan de ser sugerencias y en el que una frase del General Perón debería modificarse. El decía que si uno no quiere que algo se concrete,  debería formar una comisión que se ocupe del tema. Tal vez promulgar una ley que incluya el asunto es más efectivo porque no nos olvidemos que en nuestra amada tierra, apenas una ley ve la luz, surge un ejército de abogados que encontró los mil y un modos de eludir su cumplimiento, con lo que se anula de entrada el poder de fuego de una norma.

Me parece que a esta altura del partido, poner en claro algunas cosas, algo así como intentar definirlas, puede ser útil, no tanto para fijar posiciones, sino en el intento de lograr un idioma homogéneo a partir del que cada uno exprese lo que piense respetando los límites de significación de cada concepto, al que le añadirá atenuantes o agravantes, del que argumentará a favor o  en contra, pero siempre tomando como punto de referencia algo que todo entendemos de que se trata. Sería como retornar al punto de partida y trabajar en los conceptos básicos, desnudos, sin la contaminación de las calificaciones. Los hechos puros y duros como dicen los españoles, serían la materia prima, se me ocurre, como para emprender el camino que eventualmente nos lleve a la comprensión de un tema tan intrincado, sensible y complejo que de algún modo lastima los sitios más profundos del individuo y como es obvio, resiente en mayor o en menor medida el entramado social, al que con el tiempo se le empiezan a notar las marcas.

El primer concepto puro y duro es que interrumpir un embarazo implica una muerte. Tenga los motivos que tenga, los cuales se pueden considerar sólo atenuantes. Significa una muerte, siempre que el embrión o el feto sean viables, por lo menos con los métodos que disponemos para establecerlo. Podrá haberse tomado una decisión porque el embarazo implicaba una presión adicional en una persona altamente vulnerable, porque fue producto de un abuso, porque no se puede establecer paternidad y esa situación es intolerable, porque pone en peligro la vida de una mujer o porque ese embrión o feto va a llegar al mundo con malformaciones severas. Estos son los motivos por los cuales se interrumpe un embarazo y sean cuales fueran, elijamos a modo de ejemplo uno u otro, la muerte no puede sustraerse del escenario. La muerte, como sabemos es irreversible y no se trata de relativizarla como suceso, pero sí de ponerla en contexto, como se hace cuando ocurre fuera del útero. Tal vez mediante la analogía, se podría decir  que interrumpir un embarazo cuando hay vulnerabilidad de la madre o paternidad no clara, se asimilaría a un homicidio simple. Hacerlo ante un inminente peligro para la salud de la madre podría corresponder a defensa propia, mientras que si se decide por malformaciones severas del embrión o feto o porque el embarazo ha sido producto de un abuso, tal vez se podría hablar de homicidio con atenuantes. Como vemos. La muerte está ahí, infiltrada en cada una de las circunstancias y dándoles sentido. En todos los casos hay muerte y eso es lo único que no debería admitir discusión, partiendo de la base que la muerte, hasta lo que se sabe, tiene muy poca efectividad para solucionar problemas y si en algún caso ocurre que lo hace, es un método excesivamente costoso, extremo e irreversible. Ya lo probó el mundo con la pena capital que no cumplió con las expectativas de sus propulsores y sólo sirvió para generar y perpetuar debates que llegan en algunos casos a ser demasiado virulentos como para que se pueda extraer algo de ellos.

Me llama la atención la pasividad médica porque salvo una tibia solicitada en la que nuestro Colegio de Médicos se limita a decir que no se hace y no se debe hacer en un intento patético y muy poco creíble de sacar los pies del plato. Nada en ese texto se parece a una idea de cómo evitar esta muerte. Qué sé yo y quién soy yo para tratar de torcer el rumbo de algunas cosas que se ven enormes. Lo que digo (con perdón de la analogía) es que este modo de ‘solucionar las cosas’ se me ocurre que sería parecido a amputar piernas para manejar la diabetes apenas se diagnóstica y encima no citar al paciente para curarle el muñón.

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