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Salta, 28 de agosto de 2004: En la madrugada de hoy, en una humilde vivienda del barrio capitalino de Martín Miguel de Güemes. Alberto Yapura (37) atacó y mató a cuchillazos a su esposa Roxana Alderete (35) y a sus pequeños hijos Rocío (9) y Nahuel (6). Vanina, (12), la mayor de sus hijos, resultó gravemente herida y fue la única sobreviviente.

La justicia dictaminó que el Estado debía resarcir a Vanina Yapura (hoy Vanina Alderete) porque su madre y sus dos hermanos murieron acuchillados por el padre de la familia, pese a que habían pedido ayuda a la Policía. En la sentencia se consideró que la Provincia tuvo responsabilidad en el triple homicidio porque la mamá de Vanina, había denunciado cinco veces que su marido la golpeaba y amenazaba de muerte. Aun así, no se tomaron medidas preventivas. El fallo, de octubre de 2011, ordenó una compensación económica por los daños físicos y emocionales. Sin embargo, la Provincia apeló en contra de la resolución y ahora la Corte de Justicia debe decidir si se concreta el pago.

El Gobierno de la Provincia no pagó todavía la indemnización de $ 1.050.00 que había ordenado el Poder Judicial para la única sobreviviente. Es importante destacar que a causa de las heridas que le infringe su padre, Vanina queda con secuelas permanentes, además del daño emocional relacionado con la tragedia en sí misma. Ya han pasado 8 años desde el día en que Vanina pierde a su familia y un año del fallo. Alberto Yapura, está cumpliendo una pena de prisión perpetua en la cárcel de Villa las Rosas y ella quedó a cargo de sus abuelos maternos. La Corte de Justicia de Salta debe resolver el caso.

Tragedias como esta son un signo inequívoco de que algo no funciona. No hay explicaciones posibles, ni siquiera en la categoría de excusas o de atenuantes. Una bestia toma un cuchillo y masacra a cuatro inocentes, de los cuales uno sobrevive todo el peso de la tragedia en la espalda y el recuerdo permanente de ese día cada vez que se mira las cicatrices del abdomen que hablan por sí mismas y perpetúan el espanto. Tal vez pronto un cirujano plástico pondrá un poco de distancia entre sus ojos y las huellas de ese día que se va a empeñar por mucho tiempo en estar presente dentro de la memoria. Será sólo un poco de distancia porque de aquí hasta quién sabe cuándo, de tanto en tanto, Vanina va a seguir viendo esas marcas en su cuerpo aunque la destreza de un médico logre borrarlas para el resto del mundo.

La mamá de Vanina insistía, sacándose de encima el miedo que tienen las mujeres sometidas y denunciaba, pero los oídos de quienes se supone debían escucharla, estaban herméticamente cerrados. Era más sencillo subestimar la historia, ponerle la etiqueta de ´problemas de pareja’, mirar de costado con suficiencia mientras se asiente cuando otro infeliz de la misma calaña dice no sin un dejo de complicidad que ‘ese chango es medio mala vuelta’, ‘es así, calentón, después se le pasa’. Esa es la más fácil. Negar lo que está sucediendo en el momento en que se lo denuncia. Parapetarse detrás de excusas y justificativos de la calaña de ‘algo habrá hecho para que le pegue’, ‘también ella ¿Te diste cuenta cómo va vestida?’. ‘Te soy sincera. Yo creo que se la estaba buscando’. Suena repugnante visto así. No se imaginan el asco que da escuchar estas cosas de los mismos policías en los que confiamos para que reciban la denuncia. Que no son todos así, es absolutamente cierto y hasta una verdad de Perogrullo porque en ningún colectivo, ni en los médicos, ni en los abogados, ni en los curas, los maestros, los jueces o los empiolinadores de salame, no todos son así. El problema es que por cada uno que ‘es así’ se necesitan muchos que no lo son para hacer de antídoto y hay que estar atentos porque ‘el mal avanza sólo si los buenos no hacemos nada’. El mal no es una ausencia de bien, sino una inacción de los que se supone son portadores del bien, los que deberían impedir que el mal se desparrame sin control alguno. No nos olvidemos que vuelta a vuelta, por si acaso, en las noticias aparece un policía mezclado en situaciones de maltrato doméstico, sin contar que las acusaciones de tortura o de abuso tienen más o menos el mismo signo porque son cometidas contra alguien en situación de desventaja y debe haber pocos seres más despreciables y dignos de condena que estos, los que atacan al más débil, sean policías, políticos, profesionales o vendedores de medias.

Como médico, tuve la oportunidad de escuchar que dos policías femeninas que habían llegado a la sala luego de que las llamáramos para asistir a una paciente a la que el marido masacró a golpes (una vez más), trataban de convencer a esta mujer que desestimara la denuncia porque no fuera a ser que se quedara en la calle, que él en venganza le quitara los hijos o que por denunciarlo ‘se pusiera más malo todavía’. No viene al caso como solucionamos efectivamente el problema a través de la intervención de los superiores de estas dos ineptas. El tema, si me permiten, no sólo es ese. Se me cruza por la cabeza que esas mismas policías que aconsejan, portaban un arma y si no están preparadas para asesorar, ¿Lo están para disparar cuando corresponde? y cuando me saco esa idea, me vienen a la memoria los tres peores casos de maltrato doméstico que tuve que asistir. En dos de ellos, uno contra su mujer embarazada y otro contra un niño de 4 años, el desalmado era policía.

Lo que digo no es un ataque a ’la institución policial’, pero no se puede negar que esta vez, como tantas otras, fallaron por imperitos (no supieron distinguir el peligro ni qué hacer ante lo que sucedía enfrente de sus narices). Fallaron por imprudentes (no tomaron las previsiones para que lo que les contaban, no sucediera de nuevo) y lo más grave, fallaron por negligentes (porque no se hicieron cargo de su responsabilidad). Este tipo de tragedia desencadena en la afirmación irrebatible de que algo no funciona. Los dispositivos y las estructuras que deben proteger, no han protegido. Los funcionarios que deben responder por las fallas evidentes en los sistemas a su cargo, no responden y más aún, el Gobierno de la Provincia parece contar con nadie que tenga la capacidad de ponerse a la altura de las circunstancias y desencadenar los mecanismos de solidaridad oficial con esta familia, mientras se le da curso rápido al resarcimiento. Todo indica que desde el mismo gobierno se hacen y se dejan de hacer cosas y con ese comportamiento errático lo único que consiguen es aumentar el daño a esta familia y de este modo, Vanina ni siquiera necesita ver sus cicatrices para que eses horrible 28 de agosto de 2004 le vuelva a la memoria, cosa que va a seguir sucediendo gracias a la falta de visión de los que sólo piensan en regatear y posponer la indemnización usando los pliegues del sistema jurídico para esconder la intención de no pagar la deuda, postura que no merece otro calificativo que repugnante, sin importar las explicaciones que se le quiera dar. Más aún cuando todo el mundo sabe que se destina dinero a cosas que no tienen importancia, salvo por su función de propaganda y de anestesia de masas.

Que el estado fracasó en este caso, como tantos otros, es un hecho, el segundo hecho es que por esa negligencia se produjo una tragedia con más de cuatro y entre ellas, dos niños y una joven que pelea como puede su salid de ese infierno. El tercer hecho es que hay un fallo judicial que no es una sugerencia, sino una orden y como toda orden, debería ser cumplida. El cuarto hecho es que la provincia dispone de la cifra que se debe erogar para resarcir (en muy pequeña parte) a esta familia repleta de víctimas y asolada por la tragedia, sin contar que esta cantidad de dinero es muy inferior a la que debería concederse según el fallo y con las actualizaciones  y el quinto hecho es que existen modos expeditivos para saldar una deuda. Digo yo: ¿Para qué más reuniones de la familia con los funcionarios del gobierno? ¿Qué están esperando? ¿Ustedes creen que Vanina está contenta de encontrarse con ustedes y ver en sus caras el reflejo de la inacción del estado? ¿No se dan cuenta que con tanta desidia lo único que hacen es anclarla al dolor y no dejar que junte las fuerzas suficientes para salir delante de una vez por todas?

Quisiera tener esperanza, pero esto me aniquilan el deseo y lo entierran debajo de toneladas de basura.

Vanina: Que logres estar tranquila pronto y acomodes lo mejor posible el dolor para poder respirar más libre. Desde este lugar te lo deseo de corazón y como puedo, a mi modo, lucho para que eso se cumpla 

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Un pensamiento en “Desidia

  1. Guillermo: Este caso me causa mucho dolor y angustia, puesto que conozco a los abuelos de Vanina, los padres de Roxana Alderete. Hay que recordar que ese mismo año unas semanas despues del caso, los padres de Roxana sufrieron la muerte de otra de sus hijas, Melina. Hoy Vanina es una hermosa mujer (lo digo en el sentido más amplio posible) y sobrelleva la situación con mucha valentia. Este fallo de una justicia lenta, es un intento de saldar con una dosis homeopática el tremendo daño que se causó.

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