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Entre las cuatro paredes de una noche cerrada, las ruedas del auto sobre la calle de ripio sonaban como fueran aplastando escarabajos. Era lo único que se oía. O casi lo único porque de tanto en tanto un ladrido o una puerta cerrándose con violencia le daban un poco de vida a esa jaula oscura que se iba posando sobre la ciudad con toda la intención de sofocarla, cosa que sin duda pasaría tarde o temprano.

Dentro del auto, nuevo, caro y de un rojo reluciente se alcanzaban a ver tres personas. Las dos de adelante iban mirando con atención casa por casa, tratando ingenuamente de encontrar alguna numeración que les permitiera orientarse. El auto y ellos parecían elementos de un planeta extraño, derivando en una galaxia equivocada y sin poder de invasión alguno, sólo buscando algo que era evidente que no encontraban.

El hombre al volante bajó la ventanilla. A la mitad. Por miedo, tal vez, a lo desconocido, consciente que estaba en un sitio donde las reglas de juego las ponían otros que le eran ajenos, pero que por lo menos hasta donde se veía, tenían el poder y el gobierno de cada uno de los habitantes de esas casitas precarias, salidas de un cuento fantástico y que desafiaban con sus estructuras endebles las más elementales leyes de la física. Por un momento, se le pasó por la mente al hombre que conducía el auto la imagen de una tormenta o de un viento de otoño en ese caserío, se imaginó sin poder evitarlo los crujidos de las paredes de chapa, madera terciada y cartón, el ruido como de alas gigantes de mariposa que hacía el plástico negro que tapaba las aberturas mientras era abofeteado sin piedad por las ráfagas de viento. Se le representaban en un sitio que no podía localizar de su interior, las caras de los niños, aterrados por esa sinfonía injusta y despiadada que se ensañaba empeñaba en sonar cada vez más fuerte y se tapaban los oídos con sus manitos, sin darse el lujo de llorar porque el llanto no servía de nada en esos lugares. Vio con claridad su propia casa, a él mismo mirando la tormenta y deleitándose con el fulgor de los rayos a través de uno de los ventanales de cristal templado que a propósito daban al sur, donde se solían armar en verano las mejores tormentas. Sentía el sabor particular del whisky que solía servirse con la generosidad del propietario cada vez que se tomaba un tiempo para dejarse atrapar el tambor de los truenos a los que de niño les tenía pánico y que aún ahora, con casi cincuenta años en los hombros y más poder del que jamás hubiera soñado, se seguían provocando un cierto vacío inquietante en la boca del estómago. Solía poner algo de Beethoven en el equipo de música a buen volumen, sabiendo que la música en esas ocasiones no es competencia y sólo se puede limitar a acompañar, llenando los huecos de silencio que quedan entre el rayo y el trueno.

No veía los números de las casillas, si es que acaso tenían algún número. Todo, a esa hora de la noche, era una sombra de contornos surrealistas y los techos de las casas se recortaban un poco más oscuros en el cielo como el lomo una inmensa serpiente que no se sabía bien si descansaba o estaba al acecho de su próxima presa. Ni un alma en las callejas de ripio. Una que otra luz lastimosa encendida y allá, de donde venían ellos tres en su enorme auto, el resplandor de la ciudad en un tono naranja de sol moribundo.

– ¿Estás segura que te dijeron calle 21, lote 6?

Verónica volvió  a su asiento derecho, llamada por la voz de su marido, regresó al instante a donde fuera que había estado. Ensambló lo mejor que pudo la parte suya que había estado viajando con la conciencia, presionando hasta sentir el chasquido de las piezas que encastraban y recién en ese momento estuvo en condiciones de mirar a Ricardo que mantenía los ojos fijos al frente, con miradas casi furtivas a los costados, como esperando que ocurriera algo, tal vez una señal, un indicio, una pista que le permitiera saber que iba en el rumbo correcto. A la deriva en un mar de ripio, sin brújula y con una tripulación novata. Había pocas posibilidades de evitar el naufragio, a no ser que se diera vuelta la rueda de la suerte, pero eso no le ocupaba los pensamientos porque era lo suficientemente inteligente como para saber que no podía hacer nada al respecto y hasta sentía que de un tiempo a esta parte, él y la suerte andaban por el mundo por caminos divergentes, sin esperanza alguna de reencuentro. Miró a Verónica

– Sí, estoy segura. Lo tengo anotado aquí en un papelito y lo miré varias veces porque no quería equivocarme y menos en esta zona que es tan fea. Sí, calle 21, lote 6, ¿Ves?

– No, la verdad es que no veo. No veo absolutamente nada y me estoy empezando a poner nervioso. No sé si te das cuenta que con este auto llamamos bastante la atención. Yo te dije que era mejor venir con el tuyo que es más chico o con la camioneta, pero para qué. Se te puso venir en éste y aquí estamos.

– Mirá, allá a media cuadra hay una luz encendida afuera. A ver. Avanzá un  poquito

Calle 21, lote 6, pintado en letras amarillas sobre una madera oscura, clavada en el poste de la luz al costado de la entrada de la casa que en esa cuadra parecía al menos la más importante. De material. Se la veía bien cuidada, limpia y con un jardín simpático. Ya que tuviera un foco de más de veinticinco vatios alumbrando la vereda la hacía extraordinaria.

– Aquí es, Richard

– Ya veo. No te olvides que tengo primaria completa

Sentada en el asiento de atrás, mucho más pequeña de lo que realmente era, Macarena, Maca para todo el mundo, se acurrucaba en la penumbra y se parapetaba como siempre y mucho más desde unos dos meses antes, detrás de un silencio metálico en el que las palabras de sus padres rebotaban sin remedio como balas en un blindaje sin producir siquiera una mínima abolladura. Hoy era el día o mejor dicho, el lunes, anteayer había sido el día y después el derrumbe hasta llegar a la noche de hoy, a esta noche de fines de noviembre de 1975, dos semanas antes de la cena de egresados, de la medalla de oro al mejor promedio, de la entrega de la bandera a su sucesora, de los honores y del inicio de una larga seguidilla de despedidas, cada una de ellas haciéndole una muesca al alma. Pedacitos de ella yéndose con cada compañera que tomaba otro rumbo y con la que jamás iba a dejar de escribirse hasta que por fin dejara de escribirse. Diciembre era el mes de los cambios, de su cumpleaños. Dieciocho años llenos de metas cumplidas, repletos de vida, de proyectos, de alegría sin límites y de restos de candidez que se irían diluyendo en el tiempo.

– Vení, Maca, Mamá nos espera en el auto. Vero. Me juraron que frente a la casa, nadese te va a acercar, así que quedate tranquila

Un par de palmadas y la puerta placa ordinaria que se abre quejándose en las bisagras. Un hombre de poco más de cincuenta años, con un guardapolvo amarillento, pero de aspecto limpio, pelo canoso peinado para atrás, anteojos de armazón gruesa con vidrios  haciendo juego. No más de un metro sesenta de altura. Papá mide como uno noventa, parece un enano al lado suyo, pensó Maca, como para ir carreteando con la esperanza de hacer como su mamá que podía levantar vuelo y dejar el cuerpo estacionado y funcionando en cualquier sitio. El saludo, el ademán que invitaba a los dos a pasar. Papá que sacaba del bolsillo de su saco un sobre de papel madera que el hombre pesó poniéndolo en la palma de la mano y aprobó de inmediato

– Puede esperar en la salita, ingeniero. En quince minutos, a más tardar media hora, la va a poder llevar a casa, en una de esas alzadita porque a algunas la anestesia les dura un ratito más que a otras, ¿Sabe?

El ingeniero se sentó en un sillón de cuerina bastante resquebrajada color tiza, debajo del título de médico de la Universidad Nacional de Buenos Aires, con el nombre del tipo que se había llevado a Maca al otro lado de la puerta vaivén. Sentía algunos ruidos que en otro momento le hubieran parecido insignificantes. No escuchaba a Maca, solo de tanto en tanto, el chocar de metal contra metal. Durante un par de minutos el siseo de lo que supuso venía de un tubo de oxígeno. Le pareció escuchar voces, casi como susurrando y en esa eternidad que oficialmente duró treinta y cinco minutos, sintió que se le había congelado el alma. La mitad de él quería empujar la puerta vaivén y la otra mitad le ordenaba quedarse sentado allí, hasta que llegaran las noticias que se estaban haciendo esperar. Se abrió la puerta vaivén. El hombrecito salió. Llevaba puesto un delantal de plástico transparente en el que se veían nítidas unas cuantas manchas de sangre. Las manos todavía tenían restos de talco de los guantes, las marcas del barbijo se le notaban en la cara y el pelo se había plegado obedeciendo al gorro de cirujano.

– Va a tener que llevarla alzadita, ingeniero. Está muy dormidita. Todo salió bien, que no coma nada hasta mañana al mediodía. Es normal que sangre un par de días y si levanta fiebre, dele este antibiótico que le anoté en la receta y listo.

Cuando la cargó en brazos, le pareció tan liviana como un recién nacido y mientras caminaba, iba tomando peso y forma, hasta volver a ser Maca, un poco pálida y desaliñada probablemente, pero la maca de siempre a la que entre Verónica y él ayudaron a entrar al auto mientras tomaban aire y se preparaban para olvidarse de esta noche, de ese lunes y de estas casas miserables de madera, cartón y chapas donde iba a quedar escondido el secreto para siempre, como tenía que ser.

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