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Puede que yo esté equivocado y haya caído en la trampa de mis percepciones, pero esta mañana, al darle la primera pasada al diario, me sentí entre triste y desorientado porque ‘en un hospital público se había realizado un aborto no punible’ y ahí, en el momento en que asimilé la noticia, es que me confundí, se me extraviaron los puntos cardinales y tuve una especie de remezón en los valores que suponía estaban firmes, formando solidariamente parte de mi estructura. No descreí de ellos y ni siquiera me propuse darles un repaso más adelante. Nada de eso. Lo que sentí fue una especie de invasión, como si un enorme ariete estuviera dando de golpes contra las puertas principales de mi castillo, con toda la intención de derribarla, para dejar de ese modo paso libre al invasor que como era previsible, arrasaría con todo.

Me encontré con ese texto que según lo que yo alcanzaba a entrever, se desplegaba con el tono de buena noticia y lo primero que se me vino a la cabeza es que algo no debe estar funcionando como corresponde si es buena noticia (o da la apariencia de serlo) la provocación de una muerte. No es hora de ponerse místicos y salir con esa de que más allá nos espera otra vida mejor que esta porque no se trata de eso. El asunto es decidir sobre la muerte de otro y así como la ejecución de un asesino serial no me alegra, tampoco me produce sensaciones positivas la desconexión del soporte mecánico en un paciente terminal al que se le ha decretado muerte cerebral. A lo sumo los veo como hechos. Con el primero no estoy en absoluto de acuerdo por razones de índole práctica, ya que creo que la muerte de un malvado evita su castigo real que es saber que un día sus atrocidades alcanzarán la superficie y de ahí en adelante él estará obligado a verlas desfilar delante suyo hasta que su muerte, no decidida por nadie, llegue y cierre el círculo. Así como con la pena de muerte no estoy de acuerdo en ninguna circunstancia porque no me considero tan grande como para ser piadoso con una persona mala, el tema de prolongar una agonía cuando se sabe que no hay futuro posible y este infortunado arrastra a sus afectos sin quererlo en su lento deslizarse hacia el final que muchas veces tarda más de lo tolerable en producirse. En este caso y no es excusa, estoy prácticamente convencido que suspender soporte no es acelerar la muerte, sino respetarla porque no deberíamos confundir esta práctica con la eutanasia, en la que de algún modo y sobre todo por acción, sí se acelera.

Ni el tema de la pena de muerte ni el de la desconexión del soporte son lo que hoy me preocupan porque de un modo u otro los tengo, por así decirlo, bajo control. Lo que me saca de caja es la interrupción del embarazo en una paciente violada. No es un asunto nuevo para mí. Me vengo ocupando lo mejor que puedo de él desde antes de recibirme de médico. Tal vez he pecado de individualista y he puesto mucho empeño en casos particulares, sin adherir a grupos de trabajo o propiciar debates en las instituciones en las que trabajé. No hay excusas, sino tal vez atenuantes. Cuando empecé a ejercer la medicina, el tema del aborto era tabú, pese a que era de público conocimiento quiénes ‘hacían raspajes’ (así se llamaban los legrados en la jerga popular en ese tiempo). Se morían chicas jóvenes. De vez en cuando aparecía en el diario una noticia. Se armaba un revuelo calculado con alguna enfermera o comadrona presa por un tiempo hasta que se tranquilizaran las aguas y todo terminaba ahí, tal vez porque quien se moría no era lo suficientemente importante como para que le correspondiera justicia, vaya uno a saber, pero los médicos que en esos tiempos se dedicaban, la mayoría en condiciones lamentables, a interrumpir embarazos, trabajaban medio tiempo en la maternidad, en un ejemplo claro de esquizofrenia laboral porque era complicado de entender cómo en la misma persona convivían en abnegado profesional de la salud que ayudaba a los niños a nacer con el otro, ese que le quitaba a un ser humano indefenso la oportunidad de tener una vida. Más aún. En esos tiempos había médicos que ‘hacían el trabajo sucio’ en la misma Maternidad y muy sueltos de cuerpo, por supuesto en ámbitos seleccionados, decían que de ese modo las pacientes estaban más seguras. Entendamos bien cómo viene esta historia. Hubo una época en que con recursos de la salud pública (o sea de todos), algunos hacían su faena y cobraban por ello. A ver si soy claro, se usaban los quirófanos públicos, con instrumental, personal, medicamentos y días de internación a cargo del estado.

De eso no se hablaba, pero se hablaba. Quiero decir que en voz baja y con el dedo no totalmente extendido se podía señalar a ‘los aborteros’, pero ni oficialmente, ni institucional ni mucho menos corporativamente se alzaba voz alguna para provocar la revolución que hacía falta porque a esas realidades, la experiencia enseña que se las ataca con una soberana patada al tablero y que se desparramen todas las piezas para que lo que se arme, empezando de cero, sea nuevo y mejor. Se hacían chistes sobre el tema. Se los llamaba ‘hondeadores de cigüeñas’ con ese humor negro que aparece cuando un tema es demasiado duro o repugnante, cuando algo da miedo o excede nuestra capacidad de manejarlo. Así como se inventaban apodos para esos tipos, ya se estigmatizaba a aquellas que habían optado por abortar antes de proseguir un embarazo y ya en ese tiempo, más de treinta años atrás, era más respetada aquella que ‘nunca había quedado embarazada’ que esa otra, loca barata que decidió, a veces contra viento y marea no cargar con la muerte de su hijo y sí hacerse cargo de su vida, por lo menos de darle la oportunidad. Eran épocas en las que se cotizaba más esa ´seudo-virginidad’ que el valor para asumir una responsabilidad. Eran tiempos en los que las chicas, en su mayoría jóvenes y con retazos de inocencia encima, eran acompañadas por sus madres para que el médico hiciera ‘lo que había que hacer’. Desde esos años que el tema me ronda de cerca, me acecha, me angustia y logra la mayoría de las veces que me sienta superado ante su magnitud que trasciende el hecho mismo para volverse un enorme monstruo que amenaza con paralizar hasta a las mentes más lúcidas. Sería sencillo decir que no tiene explicación alguna la decisión de terminar con la vida de un inocente y que quien lo hace es un asesino, como lo es la madre que lo permite y su entorno que en ocasiones lo fomenta. Pero no es tan simple. Es mucho más complejo e intrincado. Es mucho menos lineal. Es, en definitiva, un tema lleno de trampas y emboscadas, en el que para caminar con paso firme se necesitan no sólo convicciones sólidas, sino conocimiento, amplitud mental, empatía, capacidad de escucha y conciencia de la realidad que se vive, entre otras tantas cosas que trataremos de analizar juntos.

(Continuará)

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