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¿Por qué será que no se aprende de los errores ni del peligro? Estamos en la mira de una sociedad que reclama que se reconstruya la confianza y no sólo en la salud pública, sino en todos los sistemas que se supone están hechos para cuidar, resguardar, proteger y preservar a la gente. Cada uno en su sitio y cada uno desde su modo de ver y padecer la realidad, mira con diferentes grados de asombro y sorpresa cómo se opta por el conflicto antes del diálogo y cómo se vive permanentemente bajo amenaza por parte de quienes no sólo no deberían amenazarnos, sino que están encargados por el estado justamente de evitar que esas situaciones ocurran. Todos y cada uno escuchamos la radio, leemos los diarios o miramos los noticieros de la televisión y nos damos con que día a día se conciben confrontaciones nuevas que no son sino una variante de la pelea madre, en la que el que reclama no admite otra posibilidad que la de tener la razón y el destinatario del reclamo coincide en esa visión con el que se halla en la otra vereda, de tal suerte que no hay modo de abrir una rendija para que se cuele el diálogo y una vez dentro de la pelea, haga de las suyas y nos muestre sin piedad que jamás los buenos son tan buenos como ellos creen ni los malos son tan malos como se los pinta. Todas las asperezas son pasibles de suavizarse después de un tiempo de diálogo, siempre que se respeten sus premisas de intercambio y no se lo transforma de una esgrima dialéctica inútil y perjudicial porque al fin y al cabo, así como en el mundo no hay dos seres humanos absolutamente iguales, tampoco los hay totalmente distinto y en líneas generales, más son las cosas en las que nos parecemos que las que nos hacen diferentes al punto de distanciarnos. Tal vez si eso se entendiera mejor y la apetencia de poder y protagonismo no fuera tan alevosa, funcionaríamos mejor como mundo a partir de ser mejores personas, más amplias, más tolerante, más generosas y más solidarias.

Dicho esto, en una especie de introducción que tiene algo de plegaria, para qué negarlo si se cae de maduro, vuelvo al tema que me trajo. Los sistemas están malheridos y nada indica que nuestra sociedad le esté tomando el peso real a esta circunstancia que nos pone en peligro porque al menos hasta que se invente algún modo mejor de organizarnos, los sistemas son la herramienta más apropiada para protegernos y para contener y preservar las pautas de convivencia básicas que al ponerlas en práctica nos diferencian de las manadas, las hordas o a las jaurías. Como sociedad no podemos vivir en paz sin sistemas sanos. Sin salud, educación, seguridad y justicia estamos a la deriva y esto es indiscutible. Cada uno se ocupará de lo que sabe y en mi caso, la salud es el ámbito en el que me desempeño. La salud, como todo sistema, está integrado por personas y sustentado en su funcionamiento por normas que son ni más ni menos que las reglas de juego que tienen que ver con los límites de incumbencia y el funcionamiento. En este sistema, además, hay toda una serie de actividades que sirven a la misión y a los objetivos que se persiguen y cada uno de nosotros debería tener en claro que esos objetivos son de una manera o de otra la verdadera razón de ser de nuestro sistema. Estamos en él para y por. Para hacer lo que debemos de la mejor manera posible y dentro de las normas y las reglas de juego y por la gente que asistimos que como siempre digo, son ellos los que en definitiva nos confieren la vigencia y la razón de ser como profesionales y en gran medida como personas. Sin el paciente, ser médico así, en abstracto, como una construcción teórica no tiene el menor sentido porque es una elaboración intelectual vacía que bien podría no existir.

Ser médico y a esto es a lo que pretendo ir hoy, es hacer cosas de médico y como deben hacerla los médicos, lo que quiere decir que ser médico es priorizar el acto médico que es la acción que nos define. Este acto médico tiene partes perfectamente reconocibles. Comienza con el conocimiento del paciente en cuanto a ser individual e historia, a la vez que portador de uno o más problemas clínicos que motivan la consulta, sigue con la evaluación de la repercusión de esos problemas en ese ser humano en tanto cuerpo, alma y entidad social y termina con la toma decisiones que tienen la finalidad de incidir positivamente en la vida de esa persona que ha decidido confiar en nosotros o en tantos casos, no le ha quedado otra alternativa que confiar en nosotros, lo que nos coloca en una posición doblemente comprometida porque debemos no sólo ser un factor positivo en la realidad del la persona, sino que debemos ganarnos legítimamente su confianza y convencerlo que esa única alternativa que le tenía o sea nosotros, es por lejos una muy buena opción.

Si esto es así. Si el acto médico es tan importante y define a su actor como digno o no de llevar el título y ostentar los honores de médico, pregunto:

¿Por qué cada vez se nota menos la actividad de razonamiento clínico?

¿Por qué el médico ha perdido la capacidad de narrar la historia que le compete o sea la de su paciente?

¿Por qué no se usan las herramientas para mantener lo más seguro posible al paciente y se confía en recursos tan endebles como la memoria o la opinión informal de pasillo?

¿Por qué da la impresión de que los médicos se han convertido en mendigos de métodos complementarios, pidiendo a las imágenes y a los trazados que reemplacen a su inteligencia y percepciones?

¿Por qué cada vez se establecen menos vínculos y se confunde más la toma de distancia con la indiferencia, cuando no con el desapego y la desaprensión?

¿Por qué la letra de médico en lugar de reflejar con su legibilidad la calidad con la que se efectuó el acto, garabatea su final, lo desluce y da una imagen de displicencia y de desprecio por el que lee?

¿Por qué cada vez hay más que trabajan de médicos y menos que lo son y viven como tales?

Será pues hora de intentar dar respuesta a estas preguntas lo mejor posible

(continuará)

Aguante, maestro Quino. Dibuje, maestro Quino

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