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Se ha escrito mucho sobre el acto médico, se han hecho infinidad de referencias acerca de lo que significa, los componentes que incluye, la responsabilidad que comporta, los riesgos de no conocer su estructura en detalle y los beneficios de realizarlo como se debe. Se ha escrito mucho, pero a veces da la impresión de que la letra no prende del todo en ciertos actores que o no están a la altura del papel que les ha tocado en la obra o han tomado a la ligera el guión y no memorizan las partes importantes o jamás tuvieron vocación actoral y pisan las tablas por motivos que están más cerca de lo económico, del estatus o del mandato familiar. Hay varias razones para trabajar de algo, es sabido y entre ellas se incluye la falta de opciones más accesibles, la oferta tentadora de crecimiento rápido y la relativa facilidad de la tarea y así como hay diversas razones para trabajar de algo, hay muy pocas para ser algo y encima pretender vivir dignamente de ello. Esas razones pasan por el componente vocacional, por la famosa ‘llamada’, pasan por la convicción de que uno ha nacido para ser algo, en este caso médico y en consecuencia se opta en una verdadera elección de vida por seguir ese camino, sabiendo de antemano que como todo viaje, éste va a tener muchos momentos extraordinarios, algunas épocas de chatura y aridez, fases de depresión, desánimo y desencanto, seguidas la mayoría de las veces por trepadas hacia la cima con las fuerzas renovadas. Este, como cualquier viaje cuya meta es encontrarse a uno mismo, implica riesgos y beneficios, triunfos y fracaso, gloria y desprecio, es probable que incluso haya en el camino más juicios de valor que agradecimientos, pero no cabe duda que si se está seguro de la ruta que se ha tomado, todo, absolutamente todo, será capital de aprendizaje que irá poniendo más y más gorda, pero no más pesada, a la mochila de la experiencia y del conocimiento. Todas las elecciones tienen algo de especial y cada una de ellas su dotación de implicancias, nadie duda eso, pero no menos cierto es que decidir ser médico tiene una base concreta y es la inclinación hacia el dolor ajeno y la actitud de involucrarse en él poniendo en la tarea de mejorar la situación, todas las aptitudes y competencias que hagan falta para que esa persona que sufre, se sienta mejor y gran parte de ese cambio se deba a que nosotros hemos intervenido. Es claro. Ante una situación incómoda, el dolor lo es, la persona puede inhibirse en una actitud de parálisis, huir y poner distancia física o bien dirigirse hacia el centro del problema y trabarse en lucha con él para transformarlo. El éxito y el triunfo no están garantizado y no eso lo que se le pide al médico, sino que esté donde debe estar, incidiendo de manera positiva en la vida del que lo necesita, independientemente de que consiga curarlo o no.

Creo y cada vez más que se nace médico, pero se puede aprender a trabajar de médico aún no habiendo nacido para ello. Es hasta obvio puntualizar que la combinación ideal es la que resulta de reforzar día a día con experiencia y conocimiento la vocación con la que se nace, lo que en suma sería más o menos tomar un pedazo de carbón mineral y acercarlo a lo largo del tiempo lo más posible a un diamante. Esa ecuación en la que convergen las dos premisas para ser un médico es la que se debería fomentar desde temprano. Como dice la famosa anécdota del niño al que un escultor le mostró un bloque de mármol en el que se pondría a trabajar. Tiempo después, el niño volvió al taller y no salía de su asombro ente una pieza soberbia en la que se veía un caballo parado sobre sus patas traseras, los músculos marcados, como si en cualquier momento fuera a salir galopando de allí. El niño no podía cerrar los ojos y mantenía la mirada fija en ese espléndido trabajo. El escultor se dio cuenta que había algo que el pequeño no se atrevía a decirle. Dejó un momento lo que estaba haciendo, se puso en cuclillas y mirando a los ojos al niño, le preguntó qué le sucedía y el niño le respondió que no podía entender cómo sabía el escultor que dentro de esa enorme piedra había un caballo. Si comparamos cada ser humano que nace para ser médico con un bloque de mármol, es lógico pensar que dependiendo de la calidad y la sensibilidad del artista, se le podrá dar cualquier forma porque dentro de esa piedra, por así decirlo, están todas las formas habidas de ser médico. Ahora bien. No debemos olvidarnos que la escultura que resulte dependerá de la pureza del mármol, de su tamaño, de la calidad del artista y del tiempo que disponga para realizar su obra. Ya sabemos que de un mármol bueno puede resultar una obra de arte o un adefesio, pero por otro lado es imposible que una pieza de mármol se esculpa a partir de un bloque de demento o de piedra caliza. Dicho de otro modo. El mármol nace y muere mármol, tenga al forma que tenga, no cuenta con la capacidad para dejar de ser lo que es.

Ser médico es una profesión, un arte y un oficio y en la mayoría de los actos médicos se imbrican las tres facetas y constituyen un todo en el que las partes hasta pueden perder su identidad. El médico con profesión, arte y oficio es el que como un vigía ve llegar al enemigo y lo distingue antes que cualquiera. Antes incluso de que se desencadene el desastre, de que empiecen las corridas, los gritos destemplados, las órdenes contradictorias y se vaya incubando el ambiente para que aparezcan los reproches y las culpas repartidas sin pudor alguno si las cosas no salen de la mejor manera. El médico con profesión, arte y oficio, es el que puede transformar a los equipos de salud en duros adversarios de la enfermedad. Se sabe que a fuerza de tanta frustración y tanta carga, estos equipos se vuelven malos perdedores y tienen una relación tirante con la muerte, a la que ven como una derrota que llena de impotencia. El médico en serio es el que tiene la madurez que pocos poseen como para detenerse a tiempo y dejar la pelea antes de poner un pie fuera del territorio de lo debido porque a partir de ahí se empieza a caminar a través del laberinto de lo posible y si lo posible es lo que guía las acciones en medicina, puede hacer mucho daño.

Uno sabe, sobre todo en situaciones críticas  que el sentido del deber crea profesionales sólidos y sensatos que generan confianza. El verdadero médico es el que sabe cuándo detenerse, así como el músico más talentoso es el que ha aprendido a manejar los silencios, el mejor piloto de carreras es el que jamás olvida que existen los frenos y los mejores oradores que tienen en vilo a los auditorios son los que dominan el arte de la pausa. Los que tenemos años en esto, sabemos que ser médico, con sus más y sus menos es estar de guardia permanente porque uno en ningún momento deja de ser lo que es. Ser médico no es otra cosa que pasarse veinticuatro horas esperando el desastre o la tragedia que gracias a Dios no siempre se producen. En tanto, se repara, se remienda, se atenúan síntomas, se posponen diagnósticos, se interna o se deriva a otros sitios donde se supone que están las respuestas. Trabajo monótono en dosis altas, casi tóxicas, mientras el éxtasis médico llega en cuentagotas y cuando menos se lo espera. Así como a muchos que se alistaron por la gloria de la guerra, la guerra los desilusionó, con la medicina pasa más o menos lo mismo, sobre todo en la emergencia, donde uno cree lo único que va a hacer es salvar vidas, cuando la realidad es bastante diferente. No peor ni menos importante, simplemente distinta y cuando se es médico, elegida con plena conciencia y sin dejar lugar a las alternativas.

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Un pensamiento en “Motivaciones

  1. Guillermo: me quedo con esta frase: “El éxito y el triunfo no están garantizado y no eso lo que se le pide al médico, sino que esté donde debe estar, incidiendo de manera positiva en la vida del que lo necesita, independientemente de que consiga curarlo o no.”

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