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Supongamos por un momento que una madre amorosa que se desvive por sus hijos. Ha sido bendecida por Dios que le concedió la dicha de tener una ‘parejita’, con lo que conformó una familia tipo de clase media. Su marido y ella habían tenido la oportunidad de finalizar una carrera universitaria y obtener su título. Habían elegido la misma profesión. De hecho, se conocieron en la facultad en una época en la que estudiar no era sencillo, pero no por las exigencias académicas particularmente elevadas, sino porque las universidades públicas y gratuitas del país se habían transformado en una especie de campo de batalla donde los bandos y las bandas que pugnaban por el control dirimían sus diferencias. Huelga decir que en esos tiempos y sobre todo para la población estudiantil en su mayoría, las cosas no estaban del todo claras, en el sentido de quién era quién. Como ocurre en todos los escenarios políticos, no había diferencias entre buenos y malos, al menos evidentes, de tal modo que esos cerebros maleables no tenían herramientas suficientes como para distinguirlos. Si uno tomaba posición, se hacía complicado estudiar y más aún recibirse en ese entorno de permanente conflicto, de ideas virulentas, de pasiones desbordadas, de tendencia a las acciones directas y de ideologías extremas e irreconciliables. No era sencillo definirse y al mismo tiempo cursas y aprobar materias. Eran tareas incompatibles. El asunto es que ese matrimonio del interior del país consiguió sortear los obstáculos y llegar al final de la carrera sin demasiados contratiempos, lo que demuestra en principio que procedió como la mayoría de los estudiantes de ese tiempo, tomando la opción de un compromiso académico básico (la universidad está hecha para personas normales), con una militancia sin demasiados riesgos, casi como usar en La Habana una camiseta con la cara del Che.

En ese enorme país, tan lleno de futuro como de problemas y de contratiempos. En ese enorme y hermoso país que no alcanzaba a despegar y siempre se mantenía en un vuelo bajo más promisorio que efectivo. En ese país fantástico, casi de ensueño, había más tierra que gente para ocuparla y para mejor, lo que no se ubicara cerca de la capital de la nación tenía un valor tan bajo que no tentaba a casi nadie, de tal suerte que había hasta provincias enteras que esperaban que alguien fuera y las tomara. Ese joven matrimonio lo vio en su momento y esa virtud de visionarios le dio unos cuantos pasos de ventaja sobre el resto. Había que alejarse del centro y de las luces para enterrarse en un territorio hostil, con clima despiadado y donde todo estaba por hacer. El conocía esos lugares porque había nacido allí y convenció a su joven esposa que el futuro los esperaba en esas planicies asentadas sobre océanos de petróleo y donde reinaba el viento. Allá fueron, se establecieron y fundaron una familia mientras que con la perseverancia y la habilidad de las arañas, tejían una intrincada red de alianzas y amistades funcionales que les posibilitaba tener un poco más al final de cada día. Peculiar alquimia la de esos tiempos. En estas tierras, la gracia es hacer negocios sin plata porque con ella, cualquiera construye un reno y si lo dejan, hasta un imperio. Este joven matrimonio entendió el mensaje de entrada y por eso, sin haber jamás pisado un pozo petrolero y ni hablar de ensuciarse las manos con el aceite negro, recibieron beneficios por el sólo hecho de permitir que se extrajera. Sin conocer la diferencia entre una cuchara de albañil y una daga florentina, vieron crecer como hongos sus emprendimientos inmobiliarios y sin arriesgar un palmo de su patrimonio o bienestar, consiguieron, como intuitivos surfers, sortear olas y capear temporales, pero siempre a bordo de naves ajenas o a lo sumo alquiladas, de modo que si todo resultaba bien y llegaban a puerto, se hacían cargo del triunfo sobre los elementos. De lo contrario, si la tormenta mandaba a pique la embarcación, sus propietarios asumirían los costos del naufragio. Buen trato, si los hay. Para ellos dos, por supuesto.

La comarca les iba quedando pequeña y la capital de ese país hervía cumpliendo un ciclo que se abría en todos los casos con discursos movilizadores, promesas de prosperidad, certezas de cambio, Dios, Patria y Santos Evangelios como garantes abstractos e inimputables. Así comenzaba todo. Tribunas enardecidas en donde un político entusiasta hacía gala de su improvisación y de la habilidad para decir siempre lo mismo cambiando una que otra palabra. Luego unos meses o años de cambio sin cambio, de horizontes hinchados de nubes grises con presagio de tormenta que durante un tiempo era sólo eso, presagio, hasta que un buen día, se desataba el vendaval y se precipitaban los cambios que ahora eran piloteados por civiles porque desde hacía bastante, los militares se ocupaban de lamerse las heridas y de refinar su propia decadencia. Ese final de ciclo se dio con gente indignada, muertos en la calle, dinero de valor incierto y un país de cartón pintado con cuatro presidentes en una semana que lo único que hicieron es aumentar el nivel de barro en el que estábamos unidos. Tomó el comando un ambicioso tenaz que se ocupó de dos cosas básicas. Una fue calmar la ira de los que no convenía mantener enojados, pagando con la plata de todos por las molestias ocasionadas por esos incompetentes que gracias a Dios habían entendido que debían irse porque el gobierno les quedaba grande de hombros. Una vez solucionado ese tema y con la patria maltrecha, se encargó de armar un sucesor que hiciera posible que se perpetuara. Alguien sin brillo, pero con ambiciones, dado a la ostentación y verticalista, con experiencia feudal, mano firme y pocos escrúpulos. No un total desconocido, pero tampoco abonado a la farándula política. Era bueno que viniera del interior profundo porque la experiencia con los centrales no había funcionado y mejor aún que se pusiera en movimiento con distintas variantes de zanahoria. El sucesor fue ensamblado uniendo cuidadosamente cada una de las piezas, con el esmero de un chef preparando un exquisito platillo con los mejores ingredientes

Como suele suceder, aún en las operaciones más cuidadosas y mejor planeadas, hubo unas cuantas cosas que no se tuvieron en cuenta. Se cometió el error de subestimarlo, creyendo que por venir del remoto sur no tenía pensamiento propio. Cuando fue seleccionado, se asumió que entre sus virtudes estaba el agradecimiento y la lealtad, lo que constituyó el segundo error y el tercero fue olvidar por completo a su bella y pujante esposa, demasiado bella y pujante para él, según proclamaba el saber popular, al que no se tuvo en consideración en ningún momento. De los componentes que se emplearon para armarlo y de los errores que se cometieron en el proceso de montaje, surgió el sucesor que inauguró lo que para todos es hoy historia conocida, con él mirando crecer los rábanos desde abajo y ella desperdigando poder sobre todos nosotros, una población heterogénea que incluye leales súbditos, obsecuentes profesionales, oportunistas aduladores, detractores virulentos y una gran masa de indignados que se dedica a despotricar a los cuatro vientos, con esporádicas propuestas de cambio que van desde lo razonable hasta lo delirante, pero que hasta ahora no han conseguido cambiar nada, ni parece que lo vayan a lograr.

Estamos en el horno, gobernados por la sobreviviente de una sociedad legitimada por el sacramento del matrimonio que nos trata como si fuéramos sus vasallos, ejercitando una mezcla de madre patológica, arpía, megalómana y candidata al Oscar que por otra parte no muestra la menor tendencia a agradecer a este país tan generoso que le ha permitido ser lo que es. Le dio un título universitario, la posibilidad de apropiarse de una provincia y de hacer negocios con información privilegiada, el acceso al Gobierno Nacional que se convirtió desde hace casi diez años en una especie de ‘bien de familia’ para ella y lo que queda de los suyos. Este país le dio dos hijos anodinos que juegan a ser adultos y siempre pierden, pero jamás y eso es lo más importante para ella, jamás osarán hacerle sombra porque no tienen cómo. Qué desagradecida es usted, señora, con este país que le ha dado tanto y permite sin hacer demasiado ruido que usted siga sacando lo que le apetece y encima invite a comer a su caterva de impresentables a los que no sólo le pagamos la fiesta, sino que les limpiamos el desastre que dejan después de cada partusa.

Si esto es medianamente cierto. Digo yo ¿Cómo fue que esta masa de indignados sólo es capaz de despotricar y ha permitido que las cosas lleguen al estado en que están?

¿Acaso está bueno que la Cámpora maneje caja, cerebros infantiles y adolescentes y disponga de fondos públicos para perpetuar la indecencia?

¿Acaso está bueno que para salir del país debamos dar más explicaciones que para entrar como invitados a la NASA o al Pentágono?

¿Acaso está bueno que le hayamos cerrado también la puerta de entrada al mundo?

¿Acaso está bueno que la historia argentina tenga sólo nueve años y pico y esté escrita con una sola lapicera, usando un solo color de tinta y una sola letra?

¿Acaso está bueno que se haya abolido el noble dicho ‘el que las hace las paga’ y se reemplace por ‘le paguemos al que las hace y que se quede con el vuelto’?

¿Acaso está bueno que asesinos convictos salgan a la calle para que los inocentes recordemos lo que es el miedo y ellos puedan reinsertarse en una sociedad que por lo pronto ha decidido rechazarlos y aislarlos porque tal vez es demasiado civilizada como para propiciar su extirpación?

¿Acaso está bueno que se reemplace la cultura del trabajo con la de la limosna oficial que sirve entre otras cosas para alquilar la lealtad?

¿Acaso está bueno que la libertad de expresión sea sólo una expresión de deseos?

No. Nada de eso está bueno. Apesta. Es horrible y vergonzoso. Hiede a corrupción y sería fantástico lo que consideramos que hay otras cosas que están buenas, hagamos desde nuestro lugar lo que debemos hacer según nuestros principios y lo mejor posible, saliendo del cerco de la indignación y de la trampa de los gritos al aire. Sólo se trata de ponernos a trabajar con la conciencia de que estamos obligados a marcar la diferencia, si es que acaso estamos seguros que somos mejores que lo que hay. Nos lo debemos. Nuestros hijos lo reclaman y los que no tienen otra opción que el silencio (lo que no es nuestro caso) también tienen la esperanza de que a partir de los que podemos hablar, cambie la composición del horizonte.

Kirschner, Recalde, Cabandié y Larroque. ¡Voto a Zeus! ¡Qué jugadores! No le presentaría a uno de estos ni siquiera a la  hija de mi peor enemigo o enemiga

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