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Hoy me acuerdo de dos cosas entre tantas que me enseñaron mi papá y mi mamá. Papá siempre decía que no había que hacer nada en caliente y mamá que uno debía hacer lo que se sentía, en el preciso momento en que se lo sentía y del modo en que le saliera. Cada uno con su teoría me aseguraban que me iba a equivocar muy poco. Hoy me toca hacerle caso a mamá.  

Hoy es otro día de esos en los que la ficción debe dar un paso al costado porque la realidad se viene como un torrente ocupando todos los carriles de la avenida, con pancartas y bombos, con el escándalo a cuestas, desplazando la calma a empujones con la seguridad del que sabe que tiene la fuerza (y en este caso la razón). La realidad camina a paso vivo con la expresa intención de hacerse oir, cosa que algunos de nosotros deseamos que suceda de una vez por todas. Digo algunos de nosotros porque cada vez estoy más seguro que no todos pretendemos lo mismo. Digo algunos de nosotros porque me sigo preguntando a quién le conviene que las cosas funcionen como debieran y apenas termino la pregunta, me doy cuenta que se ha convertido en estúpida e irrelevante. Ya ni siquiera es una pregunta retórica porque sé (y se sabe) a quiénes les conviene que las cosas no funcionen como debieran, quiénes se benefician con pueblos que fueron virtualmente tomados de rehén y son tratados en consecuencia con todo el desprecio que son capaces de ostentar los que se sienten dueños del presente y del futuro de los demás, sobre todo de los que menos tienen. Esa convicción de superioridad les da pleno derecho a sojuzgar, someter y achatar cualquier tentativa, por mínima que sea, de crecimiento y de desarrollo. En definitiva, las cosas no funcionan bien cuando benefician a los que tienen poca importancia para los que manejan los hilos y reparten la torta. No es una mera coincidencia que los hospitales públicos, las escuelas públicas y las políticas públicas en general hagan agua por los cuatro costados. Lo que sucede es que nunca en la historia de esta bendita nación, un triunfo electoral se decidió por la marcha de la salud, de la educación o de los proyectos sociales.

Ya no se conquista con valientes generales al mando de disciplinados regimientos, con estandartes llenos de colores o merced a la mística de gallardos caballeros andantes que producen suspiros en las doncellas. Hoy se usan otras armas. Hoy es el tiempo de anestesiar voluntades a fuerza de dádivas que son nada más que la institucionalización de la limosna. Hoy se trata de mantener tibias las esperanzas con unas cuantas promesas en plena campaña, cuando los corazones están calientes y esperanzados. Cuando el fervor le juega en contra a los más vulnerables que no son capaces de darse cuenta que quienes les hablan son los que estaban un par de años antes en este mismo escenario que parece nuevo, prometiendo un futuro exactamente igual al que prometieron en las elecciones anteriores, en las anteriores y en las anteriores. Prometieron un futuro mejor, pero en ningún momento prometieron que iban a cumplir. Ya hace demasiado tiempo que se encaraman en los escenarios, disparando desde allí las mismas descalificaciones. Dejándose olvidadas las propuestas vaya uno a saber dónde y pidiendo la misma dosis de sacrificio (una dosis más y van…). Obviamente los sacrificados son siempre los mismos porque eso tampoco cambia.

Hoy me siento así, como derrotado, impotente, abrumado frente a tamaña decadencia y siento a la vez una atroz conciencia de soledad aunque sé que no sólo yo tengo claro quiénes son los que deciden poner la vara que nivela las actitudes y las aptitudes cada vez más cerca del piso, de tal modo que todos puedan calificar. Todos aprueban el examen. Hasta los más rudimentarios, los menos preparados (y los que no tienen la menor intención de prepararse), los vacíos de compromiso, los huérfanos de honestidad, los que hacen de la mediocridad una confortable forma de vida, los que se adhieren como sanguijuelas a todo lo que pueda dar rédito (económico o de cualquier tipo), los que han resignado los escrúpulos y han cedido sus principios al mejor postor, sin siquiera discutir el precio. Esos. Los que se empeñan en mantener la chatura porque en ese escenario es donde mejor se mueven porque es el que conocen con más precisión.

Todos. Todos aprueban la selección y entran. Los que han olvidado la generosidad en un bolsillo de ese saco que usaron en un cumpleaños de quince hace décadas, los que son capaces de cualquier artimaña con tal de sacar provecho, en el convencimiento de que algún ser superior los ha colmado de derechos y que en ese mismo reparto, los deberes les han tocado a los otros y ese es el modo que ellos tienen de demostrar que su dios es justo. Seguro que hasta sacan una nota más que decorosa en este casting de impresentables esos que creen que la solidaridad es un lastre pasado de moda y trabajar en un hospital público es una buena idea, no tanto porque se ayuda a la gente, sino más bien porque permite una nada despreciable pesca de clientes con cobertura social a los que se les atiza el descontento a partir de que ‘en este hospital ni gasas tenemos’. ‘¿Turno para cirugía? De aquí a un año con suerte. Mire que en la clínica lo opero mañana por la tarde y si le viene mejor, lo podemos hacer por la mañana (con tal, aquí en el hospital ya nadie controla los horarios [esto último no se le dice al paciente])’.

Bendita sea la política del Ministerio de Salud Pública que le permite al médico recuperar el derecho adquirido a ser contratado por treinta horas, trabajar efectivamente menos de la mitad y encima pregonar a los cuatro vientos que los salarios son indignos. Tan indignos que nadie renuncia a su cargo en los hospitales y en los centros de salud porque mantener una indignidad mensual de cuatro dígitos, mucho más de lo que gana la mayoría de la gente, sin arriesgar demasiado el lomo ni el pellejo, sigue siendo un buen negocio. Habrá quienes se lo merezcan, pero este texto de hoy no habla de ellos ni de los que sostienen el sistema e impiden que se caiga a pedazos a fuerza de excelencia, calidad humana, compromiso, entrega, honestidad empatía, sentido del deber, amor por la profesión, sed de conocimiento, solidaridad y ausencia de conducta especulativa o actitudes miserables. De esos no hablo porque hoy tengo la sangre en el ojo con los otros, los que hacen que los buenos sean cada vez menos y se terminen yendo o refugiando en un sitio lo suficientemente inaccesible como para evitar que la mugre y la baranda a podrido los impregne. No es que los pierda el sistema. Simplemente los expulsa, los excreta, los descarta porque son demasiado evidentes a la hora de marcar la diferencia y hacer mucho más notables a los que no merecen ni el título que ostentan, ni menos aún los honores que ese título trae consigo porque siguen olvidándose que se les dice ‘doctor’ por una cuestión de tradición, no por merecimiento. Esta situación me hace acordar a lo que pasa con la marca GAP® que supo ser de lo más concheto y gracias a los mercados de pulgas, las ferias americanas y la salada, se ha vuelto el paradigma de lo grasa. En la indumentaria tampoco nadie cuida ni la legitimidad de las marcas ni la calidad de las prendas. Igual que en la medicina. Exacto. Todas las universidades valen lo mismo y una vez egresados, como dijo un visionario que afortunadamente dejó la profesión y con ello salvó miles de vidas: ‘Después de aprobar la última, todos somos iguales. Todos somos médicos’. Dios me libre y guarde de algunas igualdades que preferiría resignar si no es molestia, digo.

País generoso es éste que permitió que un Ministro de Salud Pública, maestro del reciclaje y de la reinvención a lo largo de décadas. Una suerte de Dorian Grey estatal, dijera sin que nadie saliera a desmentirlo y delante de varios Ministros de salud Pública de provincias argentinas que ‘aquí en Salta, los médicos hacen de cuenta que trabajan y el Ministerio hace de cuenta que les paga’. No se le movió ninguno de los pocos pelos que le quedaban y su cara no cambió ni así un tantito de tonalidad. De virar al colorado, ni hablar. Tan generoso este país que permite una confesión de delito por parte del Ministro que incurre en incumplimiento de los deberes del funcionario público porque consiente una situación que no sólo es inmoral y no ética, sino ilegal y punible porque el dinero que se recibe por lo que no se hace y se debería hacer, de donde yo vengo, no se llama sueldo. El Ministro no fue irónico ese día, cometió un sincericidio que en cualquier país en serio, le hubiera costado no sólo el cargo, sino muy probablemente lo que le quedaba de su carrera pública. En nuestra patria, el castigo es diferente y ahí está él, de año sabático eterno y con menos estrés que un dermatólogo promedio (sin ofender porque los propios dermatólogos lo reconocen). Ese Ministro por ahora es pasado, pero no estimo prudente clausurarle ningún tipo de retorno a los estratos superiores de la conducción de la salud pública provincial, justamente por lo que comenté renglones atrás sobre el poder de reciclaje de estos funcionarios.

Trato de mantener el equilibrio, pero de un tiempo a esta parte hay demasiado viento avivando las brasas y yo sabía que en algún momento, me iba a saltar el catalán (con el perdón de la palabra) de puro harto, de puro hastiado, de puro caliente que estoy con todas las cosas que pasan alrededor mío y que no siempre puedo evitar. Cosas que pasan sólo porque alguien dejó de hacer lo que debía o en su defecto porque otro alguien (a veces es el mismo y en el mismo hecho) hizo lo que no debía. Antes, cuando yo era chico y se hablaba del tránsito, el resultado de esas conductas se conocía como accidente. Hoy, cuando se habla de cualquier cosa, se los llama incidentes por una sencilla razón y es que los incidentes siempre, pero siempre, pueden ser evitados y en todos los casos tienen un responsable. ¿Cómo pueden evitarse? Muy simple. Haciendo lo que se debe lo mejor posible ¿Siempre tienen un responsable? Sí, pero no en todos los casos ese responsable es obligado como debiera ser a hacerse cargo y asumir lo que le corresponde. ¿Sería simple erradicar los incidentes? No tanto porque para lograrlo, se debe incorporar en los profesionales una línea de conducta que integre unos cuantos ingredientes en su justa proporción, a saber: Conocimiento, criterio, ecuanimidad, honestidad, objetividad, compromiso, juicio, decisión y responsabilidad, entre otros y a poco de enumerarlos, uno se da cuenta que si aislados son más bien escasos, qué decir de encontrarlos juntos en un mismo recipiente. Habría que ver, pero una de las formas sería que los que sintonizan una FM parecida se unan entre sí y se integren. Habrá que buscar a los que tienen algunas de esas características, mirar qué hay adentro nuestro y quién te dice, en una de ésas algo bueno sale del intento. Mirá si después de todo y a pesar de los escépticos, los mala onda, los derrotistas de siempre y los que hacen del pesimismo un  modo de vida, hay todavía alguna esperanza de redención para este sistema. Mirá si a pesar de todos esos obstáculos, sale un germen de cambio que supere esta aridez moral, esta desolación ética y esta orfandad de valores que se nota en el ambiente. En suma. Nadie las tiene a todas las características que se necesitan para ser un profesional, pero la mayoría porta por lo menos un par de ellas. Es cuestión de arremangarse y empezar a buscar. Es nuestro desafío. Es el reto de los que creemos que a diferencia del Titanic, a esta nave el agujero se lo hicieron desde adentro los mismos que viajan en ella en primera clase porque no les convenía que tamaño barco llegara a puerto y a diferencia del Titanic también, esta historia de mediocres contra creyentes todavía no ha terminado.

A todo esto ¿Por qué escribí lo que escribí? Porque veo cómo delante de mí pasa como una carroza patética y decadente nuestro propio deterioro y el hospital que allá en 2001 contribuimos a fundar, no sólo ya no es lo que era, sino que cada vez se aleja más de lo que soñamos hace un poco más de diez años, en la época en la que nos hacíamos cargo, cuando debíamos explicar por qué nos desviábamos de un rumbo que era claro, en el tiempo en que el recurso era sagrado en su uso. Cuando planificar no era una obligación, sino un modo de trabajo incorporado a nuestra vida diaria y no concebíamos hacer las cosas de otro modo. Hoy es diferente, vamos al galope hacia el paradigma que tratamos de erradicar en el 2001, vamos al encuentro de nuestro título de hospital público que va a servir para que nos olvidemos definitivamente de cosas tan trascendentes como la acreditación de ITAES, la historia clínica electrónica, el uso racional del recurso, el cumplimiento de horarios, los incentivos en serio que servían para marcar diferencias, la misión, la visión y los valores de cada una de las unidades de gestión que hoy ya es ridículo que se sigan llamando así porque ni son unidades ni gestionan absolutamente nada.

Ya se ve con toda claridad en el horizonte nuestro futuro inmediato de hospital público con todas las letras, definido por características que se reproducen en la mayoría de las instituciones de esta clase. Las colas interminables, el trato de favor cuando no con grosería, la impuntualidad, la desaprensión, la falta de protocolos, la ausencia de criterios de selección y permanencia del recurso humano, la falta de respeto por los pares y sobre todo por los pacientes. Si cumplimos con dedicación estos preceptos, seremos aceptados en el selecto círculo donde está desde hace mucho tiempo instalado el resto de centros amigos que esperaban con paciencia que nuestro proyecto se cayera de su pedestal de aislamiento y se asimilara a ellos para que ya no se notaran las diferencias y por fin se pudiera volver al estado primigenio, en el que las corporaciones son el gobierno real. Hoy estamos llegando a ese punto, si no hemos llegado ya. Los derechos le ganan por goleada y con baile a los deberes. Eso está bien. Está perfecto que la gente siga aguardando de la puerta para afuera porque así funcionaron siempre las cosas. Ellos, los que necesitan y molestan, de un lado y los médicos del otro, usando a discreción el tiempo de los demás como si fuera propio. Total, unos fueron diseñados para esperar con paciencia (de allí su denominación de pacientes), mientras que los otros tienen la prerrogativa de hacer esperar porque como buenos portadores de la vida, del conocimiento, de la verdad y de la salud, cotizan muy cara su mercancía.

Somos un hospital público. Hurra. Así se ha decidido y así será. Que Dios nos ampare a los que creímos en aquel proyecto que cuando asomaba el milenio nos llenó de esperanza. Ingenuos para algunos, estúpidos para otros, idealistas al fin buscando una utopía (o sea algo que no existe). Poco importa cómo nos llamaban o cómo gusten llamarnos en este momento. Que Dios nos ampare porque evidentemente nosotros no supimos ampararnos solos y así nos fue. Qué ilusos. Creer que en nuestra Salta un hospital puede funcionar como debe es lo mismo que intentar torcer el lecho de un río a fuerza de topadoras y muros de piedra. La historia y la experiencia dicen que a la corta, a la mediana o a la larga, la corriente vuelve a su cauce y arrasa todo lo que encuentra en el camino, incluso a los que manejaban las topadoras y a los que acomodaban las piedras de las defensas con la ilusión de que serían definitivas.

 

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