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No hay caso. Aunque trato por todos los medios de evadir algunos temas del modo más elegante y sutil posible, no me dan descanso. Intento desobedecer la prescripción y dejar pasar una que otra dosis de realidad para emprender el vuelo libre por los cielos de la ficción, siempre azules, fascinantes en su perfección e inexplorados. La idea es ir al encuentro de las palabras y darles forma de historias para que dejen su impronta mientras se derraman en ese hueco que les deja libre aquel que se permite un tiempo de paz y lee. Todas las mañanas me levanto con la intención de contar algo porque no puedo evitar hacerlo y como dice uno de mis escritores favoritos, Paul Auster: ‘Escribir es una actividad que parezco necesitar para sobrevivir. Me siento muy mal cuando no lo hago. No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor cuando no lo hago’.[1] Paréntesis en eso. A mí escribir todavía me produce un enorme placer, pero convengamos que no soy ni seré Paul Auster, con todo lo que ello significa en uno y otro sentido.

Contar algo. Muchas veces la tentación es relatar lo que nunca me pasó o  tal vez lo que deseo y espero que me pase. Depende del ánimo. De eso se trata. De proponer un espacio donde todo sea posible, hasta lo que nuestra razón, con toda la razón del mundo, sostiene que es imposible. La idea es seguirle la corriente a los límites y en un descuido, faltarles el respeto sin que por ello haya que ofenderlos.

Decía que todas las mañanas me levanto y una de las primeras cosas que pienso, ahora que lo pienso, es en qué historia puedo contar. Hay veces que la noche se puebla de sueños y es sabido que los sueños son algo así como la levadura de las historias. Algunas veces eso funciona. Otras veces repaso mi vida y de paso, las partes que creo que conozco de las vidas ajenas y siempre aparece algo que merece contarse y a partir de ese momento y hasta el fin del texto, ahí van mis dedos, a veces más rápido y a veces más lento que mi cerebro (lo segundo es mucho más frecuente) dándole forma a una historia que construyo con cosas que pasaron, a veces contadas casi como pasaron, otras veces como hubiera querido que pasaran y otras veces, en fin, como no deberían pasar. La alegría, el optimismo, la tristeza, el desánimo, la crudeza o la sensibilidad con la que se van pintando estos textos dependen de muchas cosas. Tienen que ver en parte con mi modo de mirar el mundo ese día, con lo que me sucede dentro y lo que se percibe en los alrededores. De ahí surgen los sentimientos de espera, ansiedad o esperanza que aunque se parezcan, no son lo mismo y a veces se mezclan, ceden cada uno una parte de su identidad y me ayudan a decir lo que necesito.

Ya mayor, me doy cuenta que mamá tenía razón cuando decía que en los libros pueden no estar todas las preguntas y menos aún todas las respuestas, pero sí se esconden todas y cada una de las formas posibles de encontrarlas. Sólo se trata de recorrer las páginas y dejarse llevar, con plena confianza en el guía, en el que fue poniendo las palabras como piedritas brillantes, para que nos den una idea de por dónde va el camino. Depende mucho de nosotros, porque no todos somos capaces de ver el mismo brillo en las mismas piedras y la mayoría confunde en ciertos momentos de su vida arriba con abajo, izquierda con derecha y adentro con afuera, sin que por ello se deba sentir desquiciado porque también es cierto que en las páginas de un libro hay señuelos, falsos atajos, trampas de todo tipo. Hay mentiras con cara de verdad y viceversa. Por todas esas cosas, debemos estar atentos y no dejarnos engañar por lo que en apariencia es el mejor modo de llegar. No en vano quienes viajan mucho por las rutas dicen que donde paran los camioneros es donde mejor se come. Lo que no se dice es que no a todos les gusta la comida que adoran los camioneros. En los libros no está todo, pero a lo largo de la historia y gracias a las historias que nos esperan en el papel, hay mucho más de lo que cualquiera de nosotros se imagina.

Pónganse en mi lugar, se los pido por favor. Un instante. Piensen lo que puede sentir alguien que viaja a velocidad de vértigo con Paul Auster, se pone una sonrisa permanente con Mark Twain, se muerde los labios cada vez que Julio Cortazar muestra lo que se puede escribir cuando se es un genio. Qué pasa por la cabeza de una persona común que se va a California y ve lo que John Steinbeck veía o si se le da la gana, pesca con Ernest Hemingway y termina exhausto, con los brazos entumecidos y el pez vencido al costado del bote. No es fácil de explicar lo que se aprende viviendo en una isla con Robinson Crusoe, compartiendo la travesía para llegar a la Isla del Tesoro, si Sandokan nos lo permite. Es importante saber por ejemplo que cada uno de nosotros tiene dentro un Mr. Hyde y de vez en cuando sentarse frente a frente con Ambrose Bierce, Kenzaburo Oé o en cierto modo con Oscar Wilde para degustar las aristas menos atractivas y más oscuras del ser humano. Miren que son unos poquitos los que nombro y se me están agolpando los recuerdos de páginas que leí y me dejaron huella. Muchas. Nunca demasiadas, pero sí un exceso como para que todas puedan caber en un texto pequeño que ni siquiera alcanza para un homenaje. Por eso, alguien como yo que ha encontrado desde siempre refugio dentro de los libros, se resiste a veces a creer que la realidad sea verdad, sobre todo porque siempre he pensado que hacer las cosas como se debe cuesta lo mismo que hacerlas mal y que seres humanos al fin, no estamos obligados por designio divino a cometer errores para legitimar nuestra condición. Eso es lo que me pasa. Me pasa la realidad que no entiendo aunque por mi sentido del deber, me empeño en tratar de desentrañarla, confieso que con muy poco éxito.

Eso es lo que me pasa. No me dan descanso y no es que esté en pleno ataque de paranoia con un toque de megalomanía y piense que el mundo está contra mí. No me cabe duda que el mundo tiene muchas cosas mejores que hacer como para ocuparse de mí, pero a pesar de todo, ellos insisten en esa cosa de superarse a cada momento en eso de hacer estupideces, de mostrar la hilacha y de dar la impresión de que la gente de a pie les importa cada vez menos. Ellos, los que se supone que deberían guiarnos hacia un futuro de grandeza, los que tienen el deber de aprovechar las oportunidades históricas, los que asumimos cuando los elegimos (y por eso los elegimos) que son dignos de representarnos. Ellos, los que apenas llegan al poder son atacados por una amnesia impiadosa que arrasa sus promesas peor que un tsunami. Ellos que se llenan la boca hablando de la gente y a la hora de comportarse como gente, hacen como que han extraviado el manual de instrucciones y les sale de adentro lo peor que tenían (como al buen Dr. Jeckill o al entrañable Otro Yo del Dr. Merengue), demostrando que todo es un gran baile de máscaras. Ellos que pierden el pudor, la autocrítica, los límites y la virtud en el mismo acto solemne de juramento por quien fuera que juren. Ellos que han dejado de ser parte de nosotros hace muchísimo tiempo, me tienen hastiado, asqueado, enojado y desilusionado, con toda la impresión encima de que esto que siento es irreversible o en el mejor de los casos va a necesitar una tonelada de antídoto para que se neutralice y por lo menos deje de producir síntomas.

No se trata de hacer leña del árbol caído, como se suele decir, pero tampoco es cuestión que el árbol ande dejando tiradas las ramas aquí y allá, al mismo tiempo que reparte hachas y motosierras para que se hagan el festín todos los que tengan ganas. Es como decía aquel famoso director técnico, don Renato Cesarini, a un arquero calamitoso: ‘Mire, pibe, las que van arriba y al ángulo, no las ataje si no puede porque son complicadas. Las que van abajo, de rastrón, tampoco porque ahí es casi imposible llegar ¿Estamos? Pero le pido por favor, pibe. Las pelotas que van afuera, no me las mande adentro del arco’. Da la sensación de que ellos toman algo que viene bien, lo tuercen hasta lo indecible, lo transforman en dañino y encima lo decoran con más y más desatinos hasta que no hay modo de sostenerlo. Cuando llega ese momento. Cuando ocurre eso tan fatídico de abrir el horno antes de tiempo y que se nos derrumbe el bizcochuelo, la única respuesta que les emana de sus cerebros deshidratados es echarles la culpa a otros, inventar demonios, urdir conspiraciones sin conspiradores a la vista y alejarse del plato antes de que el tuco los manche porque ahí ya no van a tener manera de explicar que ellos eran los que estaban comiendo fideos.

Insisto. La noche del sábado pasado pintaba como para una velada apacible, en familia, vísperas del día del padre. Yo decía de la boca para afuera que todo era un circo comercial, pero esperaba en la intimidad de mi alma un regalo que trascendiera la corbata, la billetera, la ropa interior o la botella de vino de precio intermedio, dentro de las dos cifras. Nada transgresor ni excesivo. Ese sábado era poco menos que ideal, hasta que mi cuñado compartió una imagen y en ese instante me di cuenta que el Mr. Hyde, el Increíble Hulk o el Otro Yo del Dr. Merengue los tengo a flor de piel y mucho más preparados para salir de lo que yo mismo pensaba. Lo peor del caso, es que creo que a muchos que viven como yo, les está pasando lo mismo. Esta es la primera vez que escribo en frío algo que me calentó y lo hago a partir de una imagen. Que se entienda y que sirva, es lo único que pretendo.

Ellos que incluyen al propietario de la rodilla más cara del mundo porque ni Messi ni Cristiano Ronaldo ponen en movimiento tanta logística por unos cuantos centímetros cúbicos de pus que se pueden drenar en cualquier hospital más o menos decente. Nosotros (Quique Alippe y Yo) lo hicimos con éxito más de una vez hace veinticinco años en Cafayate, con una aguja gruesa, una anestesia imaginativa y presencia al lado del paciente mientras evolucionaba y no hubo secuelas. Ellos que tienen en su elenco estable a un grupo de jóvenes que gracias al sí fácil (tan peligroso, aunque menos letal que el gatillo fácil) fueron escalando en la cadena alimenticia y los tenemos en puestos de poder e influencia que ocuparon de la noche a la mañana sin otro mérito que la obsecuencia y la lealtad calculada (que en la mayoría de los casos es germen de traición en el futuro). Ellos, los que que se rasgan las vestiduras con las mismas uñas con las que nos lastiman la piel a los que movemos el país día a día, los que pregonan defensa de los derechos humanos y tiñen de verde oliva lo que les estorba cuando se olvidan que en un tiempo usaron ese color o permitieron que los que lo usaban hicieran de las suyas. Ellos que me dan letra sin que se las pida, no tienen idea de que como yo, hay muchos y mejores que yo, muchos más todavía. A ellos les comento por si quieren escucharme que no están solos y que en la vereda de enfrente, para poner las cosas como ellos las plantean, no hay un baldío, sino que se ha llenado de gente el lugar, gente que los mira con una mezcla de curiosidad, desprecio y por qué con un poco de lástima o compasión como la que se siente por un animal acorralado. La gente los mira mientras prepara las preguntas que a la larga o a la corta ustedes, que para nosotros son y seguirán siendo ellos, habrán de responder.


[1] Referencia en el prólogo de Justo Navarro al libro de Paul Auster: ‘El cuaderno rojo-Historias Verdaderas’ XI, Pag 22. Planeta Ediorial Booklet, 2012.

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