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‘Recoges a un perro que anda muerto de hambre, lo engordas y no te morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre’.

Mark Twain [1]

 

– Tuve que aceptar. Sé que debés pensar cualquier cosa de mí, pero me obligaron. Me pusieron entre la espada y la pared. Estaba en un callejón sin salida.

Nunca supe y menos en ese momento, si lo despreciaba más por su traición mínima que no era sino otra de las tantas o por la facilidad que tenía para hablar con frases hechas. De un tiempo a esta parte y vaya a saber uno por qué motivo, se había ido convirtiendo en una especie de gurú doméstico del pensamiento enlatado y precocido, listo para calentar en el microondas y comerlo de un solo bocado sin necesidad de masticar siquiera. Siempre había sido igual. Era un ser monofocal porque siempre andaba con una sola luz encendida que alumbraba un solo tema por vez y reconozcamos que no con demasiada potencia. Económico y elemental como pocos, supo abrirse paso a través la cerrada foresta de la administración pública sin necesidad de machete. Podría decirse que era una especie de Moisés de poca monta que en lugar de dividir las aguas, separaba la maleza y dejaba un sendero libre por donde un hombre común, no otra persona, podía caminar con la comodidad que garantiza la falta absoluta de aspiraciones y la ausencia de horizonte. Cómo lograba que invariablemente los palos se atascaran en las ruedas de los otros era un misterio y de qué modo conseguía subir un escalón exactamente cada dos años, como lo marca el manual no escrito del funcionario ministerial que se sabe eficiente. Este era un enigma mucho más complejo de develar, pero siendo justos en el relato, a nadie le interesaba desentrañar ese tipo de madejas. No era tema de agenda, al menos hasta que este personaje que llegó a ser Jefe de Departamento, después de haber pasado por Jefe de Sector y Supervisor Intermedio. En ambos casos lo hizo como un ladrón experto porque no dejó huellas. En el preciso momento en que Emilio Rossi fue ungido por el funcionario de turno como Jefe de Departamento de Sumarios del Ministerio de Salud Pública de la Provincia. Justo en ese instante, las serpientes de la inquietud comenzaron a retorcerse en las entrañas de unos cuantos. Dos grupos específicos se conmovieron con la noticia. Uno estaba integrado por sus rivales (por así decirlo) en la lucha por subir el escalón que correspondía y al otro lo componían quienes ocupaban el nivel inmediato superior o sea donde el bueno de Emilio llegaría (eso era un hecho) dentro de dos años. Las emociones y los intereses que movían a unos y otros no eran los mismos. Sus adversarios, pares jerárquicos hasta ese momento, sentían frustración por no haber sido los elegidos y el otro grupo percibía una especie de cosquilleo en la nuca, un leve temblor en el cuerpo. En suma, lo que se siente cuando se ve en el horizonte al ejército enemigo marchando con todo su armamento a paso firme y directo al fuerte que custodiamos. Los frustrados hubieron de llamarse a retiro y a silencio porque la realidad no se podía cambiar, pero en el caso de los que ocupaban el sitio que Emilio ambicionaba, algo podía hacerse aún y por ello el trabajo de minar el campo, llenarlo de escollos y distorsionar las señales, comenzó a hacerse a toda velocidad desde el momento mismo en que Emilio asumió la jefatura de departamento, con la secreta esperanza de evitar lo que por experiencia se sabía que era inevitable. Pese a ello, los amenazados comenzaron a moverse rápido, contradiciendo la dinámica ministerial por otra parte. No era conveniente dejarse estar porque el tiempo pasa volando y cuando menos uno se da cuenta, ya no puede volverse atrás.

En la Administración Pública, el cargo hace a la peligrosidad de un individuo. Su capacidad de daño es mayor mientras más arriba llega. Es una verdad a voces que no se discute, pese a que también se sabe que en los estamentos intermedios se esconden seres letales con suficiente veneno en el aguijón como para arruinarle la vida y la carrera a más de uno. No en vano es conocida la situación de un trámite determinado que se detiene en un recoveco intrascendente del proceso administrativo, desviado por un oscuro empleado de planta que sólo se limitó a poner un sello erróneo y a derivar los papeles a otra mesa de entradas o a otro departamento. Esto permite concluir de modo preliminar al menos que los jerarcas son peligrosos, pero las oscuras prolongaciones humanas de los escritorios, los anónimos habitantes de las oficinas sin cartel en la puerta, esos manejan los agujeros negros de la Administración Pública y en esos agujeros negros, todo lo que ingresa, inexorablemente se pierde como en un enorme Triángulo de las Bermudas y da la casualidad (¿casualidad?) que eso siempre a alguien le conviene.

Emilio Rossi era un experto en agujeros negros. Conocía todos y cada uno. Su localización, sus eventuales guardianes y las maneras de eludir el pago de peaje y poder ingresar lo que hiciera falta en ellos con toda libertad y sin darle explicaciones a nadie. Ese conocimiento, producto entre otras cosas de su monofocalidad que le permitió dedicarse al estudio de estos pasadizos administrativos secretos, le valió el reconocimiento de las personas adecuadas, las que deciden quién es el que sube y quién es el que se queda (irse, de la Administración Pública, no se va nadie). Siempre hay quien necesita que algo desaparezca y como sucede en la mayoría de los casos, el que tiene la necesidad, no dispone de las herramientas como para satisfacerla. Emilio tenía una caja enorme llena de herramientas y andaba por los pasillos del Ministerio detectando necesidades. No con la dignidad del cazador que siempre le da una oportunidad a su presa, sino con el hábito repugnante del carroñero que sabe que en ese sitio siempre va a encontrar a alguien que es incapaz de defenderse. Sólo se trata de esperar y caer sobre él en el momento preciso para liquidar el asunto de un solo golpe sin despilfarrar energías. En esas oficinas eran pocos los que no le debían algo a Emilio y esa situación lo había vuelto casi invulnerable, por lo menos al ataque desde adentro. El pacto era claro. Cuando necesitabas, te ayudé y de ahora en adelante y hasta que yo decida que estamos a mano, te toca a vos cuidarme las espaldas. Claro y simple, sin posibilidad de segundas interpretaciones.

Pese a que había ido ganado poder, no me sorprendió enterarme que se había arrastrado por unas cuantas migas. Desilusión sí, sorpresa no. Ya a sabía de sobra que Emilio no despreciaba nada, un día aprendió que todo, absolutamente todo, tiene precio y más aún, se dio cuenta que siempre hay alguien dispuesto a pagarlo. La consigna para que funcione el negocio es construir un poder mezquino piedrita por piedrita, hasta estar en condiciones de levantar la muralla y parapetarse detrás. Después se debe abrir una ventana pequeña y esperar que los clientes lleguen. Habrá algunos que necesiten que ciertas pruebas en su contra o ‘en contra de un amigo’ se volatilicen, mientras que otros tendrán interés en que se cambiara un párrafo o se torciera un dictamen que no les convenía. Desde el kiosco, Emilio manejaba las cosas de tal forma que parecía que nunca pasaba nada, pero al final, los resultados demostraban lo contrario y como en todo comercio que se precie de exitoso, el cliente se iba siempre satisfecho, tanto con la mercadería como con el trato y sobre todo con el precio.

Me di cuenta sin querer de cómo estaba funcionando el tema y  lo encaré a Emilio en mi oficina.

–  No, Rafa, te juro por lo que más quiero que son mis hijos que todo es una campaña en contra mía. Vos deberías saberlo. Por algo sos el Jefe. Aquí dentro hay una interna infernal y  son los del gremio los que me hacen esta cama para que pase como delincuente porque saben que soy el único que todavía te responde. Abrí los ojos, Rafa querido. Vos me pusiste aquí. A vos te debo tener este trabajo que me permite vivir tranquilo y darle de comer a mi familia. Pusiste la cara por mí cuando yo estaba en una mala época y de esas cosas uno no se olvida. Yo en el tráfico de influencias. Yo metido en papeles que se pierden o en expedientes que se modifican. Por favor, hermano, pareciera que no me conocés, pero te entiendo, viejo, estás pasando por un momento difícil. Se vienen las elecciones y sabemos que va a haber cambios por aquí, pero yo que vos me quedaría tranquilo porque tipos tan capaces como vos casi ya no quedan y gane quien gane, eso se sabe y ninguno, ni nosotros ni los de la oposición come vidrio. A vos no te mueve nadie de donde estás, mi viejo. Te lo garantizo.

Me dio un poco de vergüenza haber dudado de él. Lo conocía desde que íbamos a la primaria. Fuimos compañeros hasta que él dejó abogacía en cuarto año, según él porque no le daba la cabeza, pero yo sé que dejó porque los viejos ya no lo podían mantener y tenía que salir a ganarse el mango. Cuántas veces en Tucumán pudo comer porque a mí me quedaban unos pesos. Cuántas veces se lo saqué de las manos a uno que quería hacer justicia por cuenta propia y pensaba que un paquete de cigarrillos robado merecía una buena paliza.  No aprende, me decían. Ya lo vamos a agarrar solo. Yo les daba lo que costaba el paquete de cigarrillos y me lo llevaba sin decirle una palabra. Siempre fuimos como hermanos y él estaba cómodo en el papel del menor. Travieso y rebelde, pero buen tipo. No tenía por qué dudar del él y me parecía lógico lo que decía de la gente del gremio que me tenía entre ojos y le creí cuando me reconoció que estaba en donde estaba porque yo había puesto la cara por él. El tema de mi capacidad y de que los políticos la tendrían en cuenta no me mereció la más mínima consideración porque si de algo estoy seguro es que a los políticos les interesa poco o nada lo capaz o no que pueda ser un tipo. Ellos miden a la gente por la utilidad o el beneficio que les producen. Eso es tan cierto que merece estar escrito en piedra.

–   ¿Cómo? ¿Que Rossi dijo qué?

–  El señor Rossi dijo que usted tenía que desocupar el escritorio lo antes posible porque necesita ponerse a trabajar urgente. Me dijo que hay mucho atrasado y quiere ponerse al día

–  Que venga y me lo diga él en la cara

–  Va a ser difícil, doctor porque en ese momento el Señor Rossi está con el Ministro y me avisó que después irían a comer juntos

–  ¿Habrá por ahí una caja para que ponga las cosas?

–  En el depósito seguro que hay

–  ¿Me la podrías alcanzar?

–  Me encantaría, pero el Señor Rossi me mandó que le hiciera los sellos, le encargara las tarjetas y le indicara a los de la decoración las reformas de la oficina, así que voy a estar ocupado

Que el de maestranza no me trajera la caja no me calentó tanto como ver que en la mano tenía el letrero que hasta hacía minutos estaba en la puerta de mi oficina. Dr. Rafael Astorga, Jefe de Departamento de Sumarios, Ministerio de Salud Pública. Cuando salí de la oficina, no quise leer qué decía el cartel nuevo, mucho más grande que el anterior que acababan de poner los de la decoración que ya estaban empezando a cambiar los muebles.


[1] Seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, nacido en Florida (Missouri), el 30 de noviembre de 1835 y fallecido en Redding (Connecticut), el  21 de abril de 1910

 

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