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Leía una revista de superhéroes sentado en el cordón de la vereda sin que el mundo exterior consiguiera abrirse paso a través suyo. El tiempo y las cosas que viajaban en sus pliegues tenían que esquivarlo para seguir adelante en el duro trabajo de mantener la historia viva porque él estaba demasiado sumergido en su revista como para tener la menor intención de salir a la superficie. Se movía libre por esos laberintos de ficción donde todo se podía y no había peligro de realidad a la vista. Parapetado en la torre más alta de un castillo que sólo él podía ver, estaba en la mejor posición para darse cuenta si el enemigo se acercaba porque desde allí, hasta el horizonte quedaba al alcance de la mano. No lo molestaba ni el calor de la siesta, ni le prestaba atención al revoloteo de los dragones. Sabía que a esa hora se les daba por hacerse los juguetones con él que les seguía la corriente mientras el resto de la ciudad dormía, un poco para escaparse del calor de infierno y otro poco porque no había nada mejor que hacer.

No vale con fuego. Era la regla básica porque si no hay desventaja y la pelea se hace aburrida. Los dragones aceptaron de entrada el pacto y a medida que pasaba el tiempo se encariñaban más con el niño que siempre tenía un huequito en su día para hacerles un par de caricias en las escamas o conseguirles hojas de menta para que se les refrescaran los bronquios. El asunto de respirar fuego era todo un tema, la gente no conoce algunos efectos adversos que produce. Será espectacular, intimidante, efectivo a la hora de enfrentar a los enemigos, pero la verdad es que también es bastante incómodo y no son pocos los dragones que han optado por volverse fríos aunque ello les quite prestigio, poder de seducción y oportunidades de trabajo. No vale con fuego y tampoco vale volar demasiado alto porque el niño sólo había podido aprender a volar bajito. No le dio tiempo el cazador que mató de un tiro en la cabeza a la lechuza que le enseñaba y  la dejó ahí, en el mismo lugar donde había caído. Inmóvil, con las alas desplegadas. Un agujero morado donde antes estaba el ojo izquierdo y las plumas del pecho todas manchadas de sangre. Le tenía muchísima paciencia y era buena. Pocos saben lo que cuesta enseñar a un niño la técnica adecuada del vuelo y debe ser por eso que tan poca gente, casi ninguna, tiene esa habilidad de grande. Una lástima. No saben lo que se pierden.

Un recuerdo como una ráfaga se le cruzó delante de los ojos y allí, justo en el centro de esa bruma transparente vio a su lechuza planeando feliz, con los dos ojos en su lugar y las plumas blancas del pecho absolutamente impecables. Ver a la lechuza y querer volar. Le pasaba siempre desde del día en que el cazador la había matado. Quiso salir volando lejos en el mismo momento en que la enterraban en el fondo de la casa dentro de una caja de zapatos. Volar para no ver cómo se iba cubriendo de tierra esa caja de cartón con tapa verde. El golpe de los terrones contra la tapa y el ruido cruel, instantáneo, incapaz de dejar eco que se le anidaba en los oídos como un mal presagio del que sólo se podía huir volando a donde fuera, con tal de estar más cerca de la lechuza de un solo ojo y lo más lejos posible del cazador que alguna vez pagaría con su propia sangre lo que hizo.

Decidió no volar para que su papá y su mamá no se dieran cuenta que sabía. Después no lo dejarían salir solo a la siesta por miedo a que se cayera a pique. Además, si salía hacia el cielo, los demás mirarían para arriba y verían los dragones. Esa era su parte del trato, no dejar que la gente común los descubriera, más ahora con lo que había hecho ese hombre malo con la lechuza. De pronto se dio cuenta que se había quedado sin maestra. No había quién le enseñara a volar. No es que los dragones no le tuvieran paciencia. El problema es que se la querían pasar jugando, haciendo piruetas en el aire porque tenían que aprovechar la hora de la siesta cuando a nadie se le ocurre mirar para arriba. Tenían voluntad de que aprendiera y buenas intenciones, eso sí. Sobre todo desde que se había quedado sin su lechuza. Se turnaban para subirlo al lomo y se elevaban lo más alto posible para que si había algún problema, alcanzara el tiempo como para barajarlo en el aire y que no se estrellara contra el piso porque sería una lástima, pensaban ellos, perder a un amigo tan bueno. Por lejos, el mejor que habían tenido en miles de años. En realidad el único que no los andaba persiguiendo con una espada enorme para atravesarles el corazón.

El calor era infernal en la siesta y todo indicaba que hoy no habría juego porque seguro que mamá no perdonaría otro pantalón impecable todo quemado ni otras zapatillas casi nuevas con las suelas que después de las llamaradas parecían un chicharrón negro. No valía con fuego, pero todo el mundo sabe que los dragones son tramposos y encima se entusiasman tanto que al final se olvidan de las promesas y de una o de otra manera aparece el fuego. Hoy no era día para eso. Hoy estaba mejor para leer revistas de superhéroes mientras los dragones daban vueltas alrededor, seguro que con la esperanza de que el niño al final cediera a su insistencia, dejara las aventuras para más a la noche y se pusiera a jugar con ellos. Era el tiempo de la siesta el único que podían compartir sin que nadie molestara y ese día estaban particularmente cargosos, vaya uno a saber por qué. De vez en cuando se ponían así. Después de un tiempo se les pasaba. Eran épocas. No había que olvidarse que eran grandes. Más que grandes, viejos y más que viejos, viejísimos y a cierta edad las mañas son inevitables. El seguía inmerso en su revista. Casi llegando al final de la última aventura. El héroe estaba a punto de salvar a la chica que caía como una piedra desde el último piso de un edificio muy alto. El villano estaba mirando por el balcón y la chica gritaba con toda su fuerza. El héroe levantó vuelo y más o menos en el quinto o sexto piso la tomó en brazos, dio un giro no muy cerrado y la posó con una suavidad increíble en la vereda mientras la gente aplaudía como loca y al mismo tiempo le señalaba la terraza del edificio desde donde el perverso enemigo los estaba mirando con una mueca de desprecio. El héroe hizo un leve movimiento de cabeza, saludando a la señorita que se quedó mirándolo embobada. El héroe hizo un leve movimiento de cabeza, saludando a la señorita que se quedó mirándolo embobada y en el cuadro siguiente que ocupaba casi toda la página, se veía como un fuego naranja y humo, mucho humo que se escapaba hacia el cielo desde la terraza. Del villano, no había quedado el menor rastro.

Bajó desde el último piso con un planeo elegante y quedó frente a la señorita que se arrojó en sus brazos y lo cubrió de besos. Estaba en lo mejor del asunto, cuando sintió como una cachetada de calor en plena cara. Quemaba y quitaba la respiración. Las dos cosas juntas. Un dragón haciendo de las suyas, pensó y se despertó justo en el momento en que la chica acercaba sus labios a los de él. Todavía le daban un poco de impresión las chicas porque aún era pequeño, pero esa vez no le pareció tan mala idea lo que ella pensaba hacer. El calor de nuevo. Abrió los ojos y se vio sentado en la vereda con la revista en las piernas, un poco chamuscada en las puntas, pero todavía en condiciones. Miró hacia el cielo y vio cinco o seis de ellos que se tiraban llamitas unos a otros y hacían vistosas piruetas en el aire, como siempre, aprovechando al máximo la hora de la siesta. De tanto en tanto, uno de ellos miraba hacia abajo para controlar que el niño aún seguía allí. De golpe sintió un frío profundo como si viniera desde adentro abriéndose camino por las tripas. Un frío de helarse que lo hacía tiritar y después el calor de nuevo y el sudor mojándole la piel y la ropa. La cara de su mamá y del doctor de la familia que lo miraban desde los costados de su cama. Era de noche ya. Estaba muy oscuro afuera. No era hora de dragones. La mamá sonrió y el doctor también.

–   Parece que por fin le bajó la fiebre, doctor

–   Así parece, hija. Seguramente va a mejorar rápido porque es fuerte. Dale sólo un caldito y alguna fruta en compota. Mucha agua, eso sí. La que te pida y que no la tome rápido porque se puede ahogar. Que descanse. Recién que se levante pasado mañana o el domingo al mediodía. Vamos viendo

–   Gracias por todo, doctor. Que Dios lo bendiga

–   Me bendice, hija. Te lo garantizo. Permanentemente me bendice. Acaba de hacerlo

El niño vio la silueta del doctor saliendo de la habitación. Todavía estaba medio dormido, pero sintió con absoluta claridad el sonido inconfundible del aleteo de los dragones que se iban a toda velocidad del patio de la casa, antes de que los vieran. Miró su revista. Un poco chamuscada en las puntas, pero todavía en condiciones, abierta en la última página, donde había un cuadro grande con un incendio y una explosión en la terraza de un edificio altísimo. Mañana no ni pasado tampoco porque el doctor había sido clarito con su mamá. El domingo sin falta, a la hora de la siesta, sería otra vez el tiempo de dragones y de vuelo.

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