Home

–  Parece mentira, hermano, después de tantos años la magia sigue intacta

–  La magia puede ser, viejo, pero por lo que veo, los magos estamos hechos polvo. No sé si a alguno de nosotros le gusta lo que ve todos los días en el espejo.

–  No ha de ser para tanto. Si terminamos enteros. Nos aguantamos un partido completo y ninguno pidió cambio, no sé si te diste cuenta de eso, vos que me querés tirar la moral abajo y hacerme sentir un viejo. Te comento que no necesito de un tipo mala onda como vos para que me venga a recordar la edad que tengo, pero será que hoy me siento veinte años más joven. En una de esas es porque nos juntamos después de tanto tiempo y no faltó nadie o en una de ésas los sábados por la tarde me viene la nostalgia. Sea lo que fuera, no voy a entrar en tu jueguito, hermano. Te conozco desde hace más de treinta años y siempre fuiste igual. Un experto en encontrarle defectos a todo. Que te quede claro. Ya no me engancho en esa. Maduré o tal vez me hice más impermeable a las estupideces.

Me terminé de secar y me vestí lo más rápido que pude porque lo único que me interesaba era salir del vestuario y sacarme de encima al flaco Ortega sin que corriera sangre. El guacho casi había conseguido que me saltara la térmica, pero en el último momento respiré hondo y evité un asesinato inminente, con el viejo recurso de contar hasta diez, táctica que ya mi madre usaba con mi padre cuando la ponía frenética, cosa que dicho sea de paso, costaba bastante poco. Mi vieja era de calentarse por la estupidez más grande y mi viejo no aprendía, quiero suponer porque me parece un tanto sado-masoquista hacer engranar al prójimo a propósito y aguantarse después lo que viene. No hay caso. Los designios del Señor y los códigos de las parejas son misteriosos e inescrutables.

– Chau, flaco, me voy al quincho porque ya debe estar el asado

–  No te llenés de grasa, chango que ya las arterias no son las que eran y a esta altura de la vida se tapan con una facilidad impresionante

–  Gracias por el consejo, flaco. Le voy a pedir al Negro que me dé nada más que carne magra y voy a comer mucha ensalada sin sal, así te quedás tranquilo y me dejás tranquilas las arterias. Nos vemos

Seguía tentando la suerte. Desde que lo conocía, nos habíamos cruzado mil veces. La verdad es que ya perdí la cuenta de la cantidad de encontronazos que tuvimos. Por minas, como esa vez que dio por hecho que Carolina, una hembra de aquellas, había terminado conmigo y fue al ataque con el cuchillo y el tenedor en la mano y babeándose. Caro no agarró viaje, él me vino con la historia de que ella le había tirado los perros y yo le creí. Un par de semanas después se pisó solito en un asado después de unos cuantos vinos y contó la verdad del asunto. Si no hubiera sido por el movimiento coordinado de cinco de mis amigos que formaron un cerco humano para rodearlo, esta es la hora que sigo preso por homicidio calificado por el vínculo. Otra vez fue por una patada de atrás en un partido de fútbol. Casi me saca la pierna y estuve como una semana rengo y con un hematoma en la pierna que parecía media palta. También me acuerdo que me lo tuvieron que sacar de las manos por unos apuntes que según él me había devuelto y según yo no. En esa bendita carpeta estaba pasadas en limpio todas las clases de fisiología y el profe preguntaba eso en el examen. La Divina Providencia acudió en su ayuda y pudo conseguir una fotocopia de esos mismo apuntes que había hecho una amiga de él, tan zorra como él que hasta el día de hoy tengo la duda de que se había quedado con los originales porque después de esa mesa de diciembre, aparecieron fotocopias por todas partes. El país rindió (y aprobó) con mis apuntes que conociendo el paño, no les salieron gratis a nadie. La máxima fue cuando desapareció sin explicaciones un toco de plata de mi escondite secreto en la pensión de Tucumán, escondite que sólo él y yo sabíamos que existía. El mes completo y unos mangos que me había ganado cuidando una viejita por las noches. No había forma de probarlo porque encima se encargó de decirle a todo el mundo que a él también lo habían dejado sin nada esos chorros. Mal bicho, el flaco Ortega. Tan mal bicho que todos los que no lo conocían estaban completamente seguros que era una maravilla y que yo no lo entendía. Qué me creía yo con mis aires de intelectual y mis papis con plata que lo trataba como a un bruto al pobre flaco que tuvo que trabajar toda su vida para mantenerse. Si supieran. Yo me había dado por vencido y dejé que cada uno creyera lo que quisiera, con la esperanza de que en algún momento se iba a saber la verdad. Caería de maduro, pensé y se les abrirían los ojos a todos, creí. Todavía sigo, casi treinta años después, esperando ese momento y no llega.

–  ¿Me dejás el desodorante y el perfume? Después te los alcanzo al quincho

Saqué el aerosol del bolso y el frasquito de colonia y se los dejé en el banco que había al costado del arco de entrada del vestuario. Ni siquiera me di vuelta para mirarlo y me os esperé a que me dijera gracias o algo por el estilo porque hiciera lo que hiciera, fuera de irme lo más rápido posible, iba a ser para quilombo y ese día, el día de la reunión de la banda de la facultad después de tantos años, no daba para hacer quilombo, así que salí del vestuario y enfilé para el lado del quincho. Se veía el humo saliendo por la chimenea y me imaginé al Negro transpirando como estibador de puerto al mando de la parilla, ahuyentando a los conversadores de ocasión que lo único que pretenden es ir picando los mejores pedazos a punto, recién sacados del fuego. Viejo zorro el Negro, con su cuchillo que parecía una cimitarra y todas las intenciones de amputarte el miembro que osaras acercar a la carne o a las achuras. Buen cirujano el Negro. Me consta. Trabajamos en el mismo Hospital desde hace unos veinte años y es un capo.

–  ¿Qué tal Guille? ¿Cómo te fue con el flaco?

–  Cómo me va a ir, Negro, como siempre. El jugando a sacarme de casillas y yo respirando hondo y contando hasta diez. No sé hasta cuándo el truco me va a dar resultado.

–  Es buen chango, Guille, vos sos muy duro con él y no le perdonás nada.

–  Vos sos cirujano, Negrito. Trabajás en el mismo hospital que el Flaco y yo ¿Estamos? Sos un tipo inteligente y tenés muy buenos oídos y con los lentes ves casi perfecto, te funciona fenómeno el olfato y me venís a decir que yo soy el desgraciado de la historia ¿Te suena Argañaraz? ¿Te suena Orce? ¿Te suena Miranda? ¿Te dice algo el apellido Suárez? Que yo sepa, negrito, en dos de ellos tuviste que entrar vos para arreglar el desastre. Buen tipo el Flaco. Bueno para meterse a operar lo que no sabía y buenos los que lo dejaban porque pobre, con cinco chicos y la mujer que es una máquina de gastar guita no se podía quedar sin trabajo. Qué buenos todos. Ustedes que hacían la vista gorda y le tiraban los quistes sebáceos, las apendicitis de libro y las hernias más sencillas, pero él no se conformaba con eso y se las ingeniaba para convencer de vez en cuando a un pobre iluso para que operara con él y había que ir al rescate como la caballería en las películas del oeste. A veces llegaban tarde y me lo tenía que comer yo en la Terapia Intensiva. Qué bueno el Flaco. Me acordaba tanto de él cada vez que tenía que poner la cara delante de la familia de un tipo que dos horas antes tenía unos cuantos cálculos en la vesícula y ahora estaba con tubos por todos lados. Pálido, frío y fregado y yo explicando que estas cosas pasan. Que no es culpa de nadie. Que vamos a hacer lo humanamente posible para sacar a su familiar del paso. Quédese tranquilo y me odiaba mientras decía eso. Me odiaba más todavía cuando me acordaba del Flaco que no entendía que era sobre todo un incompetente y que no le daba la capacidad más que para revisar pies buscando hongos en una pileta y eso. Por eso te digo, Negro y aunque hoy no sea el día. Nos saquemos las caretas. Qué bueno el Flaco y qué malos nosotros que lo dejamos crecer y no lo paramos a tiempo. No estamos en cana porque Dios es grande, porque la gente cree todavía que los médicos somos especiales y porque nos ocupamos de armarle una red al tipo este como para que nadie lo tocara. No por lealtad ni por amistad. No te confundas, Negrito. Le armamos la protección  porque si lo alcanzaban a él, uno a uno caíamos todos nosotros. Me odio, hermano, me detesto. No puedo sacarme de la cabeza la idea de que soy cómplice de una especie de asesino serial que ni siquiera tiene conciencia de que es un asesino. Hoy digo basta, Negrito. Me planto y que se caiga todo. No doy más. Estoy agotado. La próxima vez que me caiga un paciente suyo a la terapia, por más que vos, Sergio o César estén en el medio, hablo y le cuento a la familia cómo viene la mano. No sé si es ético ni me interesa. Llamalo supervivencia, autoprotección o como quieras. Me abro de la mentira, del verso, de llamar complicaciones a lo que en verdad son animaladas ¿Te queda claro? Sos el Jefe de Cirugía y yo el Jefe de la Terapia Intensiva ¿Estamos?

–  Guille, Guille, calmate. No es para tanto. Vos le tenés idea. Una equivocación la tiene cualquiera. Es un colega. No escupas al cielo, hermano. Tenele paciencia. Es buen tipo, te lo repito

Lo dejé hablándole al asado. Lo dejé con su frente empapada de sudor y su intento de explicar lo inexplicable. Era el Jefe de Cirugía, era el tipo con más poder en el Hospital, era el hermano mayor del Flaco que lo quería como un padre. Al Negrito Ortega no le quedaba otra que hacerse el estúpido ¿Y a mí? ¿Qué me quedaba a mí?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s