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El 12 de este mes, en el diario más tradicional de mi provincia, apareció una solicitada del Colegio de Médicos de Salta que se pronuncia de algún modo a través de su Comité de Etica, fijando su posición frente a este tema tan controvertido del manejo del embarazo que resulta de una violación y entre sus expresiones, hubo dos frases que me hicieron ruido, específicamente porque no pienso igual que el Honorable Comité que las pronuncia:

‘Los médicos están exclusivamente al servicio de la vida’

‘El aborto no es una praxis médica aceptada ni tolerada de ningún modo por el Colegio de Médicos’.

La primera sentencia, según mi modo de ver, al menos hubiera merecido otro tiempo verbal en su formulación. En lugar del ‘están’, sería más adecuado ‘deberían estar’ porque al aseverar de un modo tan taxativo, se afirma que quien no acuerde con este precepto no es considerado médico. Al menos que yo sepa, existen personas que siguen ostentando el título aún cuando se les ha probado la comisión de delitos contra la vida que no necesariamente incluyen una interrupción de un embarazo y en este sentido, no me consta que a personajes como Berges (famoso médico torturador en la época del proceso) se le haya quitado su matrícula por presión de la colectividad médica, procediendo a una suerte de ‘excomunión’ despojándolo además del título y los honores que incluyen el uso irrestricto de la fórmula ‘doctor’ para su trato. No me enteré que haya sucedido nada de esto, ni con este personaje ni con otros de su calaña y si sucedió, no tuvo tanta publicidad como debería haberla tenido.

En cuanto a la segunda frase: ‘El aborto no es una praxis médica aceptada ni tolerada de ningún modo por el Colegio de Médicos’, me cuesta creer que el Colegio de Médicos desconozca por completo lo que el saber popular sabe de sobra y es que hay médicos se dedican a esa praxis no aceptada, conducta que en más de una oportunidad ha ganado las primeras planas de los medios de comunicación. ‘Negar un hecho es lo más fácil del mundo. Mucha gente lo hace, pero el hecho sigue siendo un hecho’, solía afirmar el bueno de Don Isaac Asimov que de hechos, sabía bastante.

Decir esto no significa estar de acuerdo con el procedimiento. Detesto el aborto provocado por intereses particulares porque soy un fundamentalista de la vida y creo que ninguna muerte sirve para solucionar un problema, hasta el punto de estar convencido que ni siquiera resuelve nada la interrupción de un embarazo cuando la vida de la madre está en peligro real. Salvará su vida, tal vez, pero le creará problemas de índole emocional de los que difícilmente pueda recuperarse sin ayuda, paciencia, tiempo y seguimiento profesional estrecho. Es más, en este caso no se ha tomado una decisión para resolver un problema, sino para que el daño inminente no sea mayor y en lugar de dos vidas, sólo se deba sacrificar una. Interrumpir un embarazo es una situación extrema con la que salvo excepciones como la mencionada, no coincido aunque se trate siquiera de gestaciones producto de una violación. Ni siquiera en esos casos estoy de acuerdo.

En este punto, sería fantástico dejar en el guardarropa la hipocresía, los mitos y los dogmas para entrar desnudos de prejuicios y rebosantes de honestidad intelectual a la discusión porque es necesario de una vez por todas desentrañar este tema tan complejo en el que la mayoría de la gente está de acuerdo, pero que por razones que disto de comprender, no se encauza. Pocos pueden sostener con argumentos valederos que tiene algún viso de legitimidad y de humanidad la interrupción de un embarazo sin que el niño tenga chances de sobrevida, salvo, como se dijo, en casos excepcionales. El embarazo producto de una violación es sin duda un hecho trágico si se quiere, en el cual hay un victimario que a lo sumo, siempre que se le pruebe delito, pasará una temporada en la cárcel, una víctima con posibilidad de defenderse que en la mayoría de los casos tendrá esa marca en el alma de por vida y otra víctima, ésta sin posibilidad alguna de defensa que será exterminada. Ecuación injusta si las hay. El que mejor librado sale es el indeseable y el que peor la pasa es el indefenso. No hay modo de sostener tamaño despropósito, sin considerar que tantas veces, dentro del ámbito hogareño de una familia ‘occidental y cristiana’, la mujer es sometida a maltrato y humillación por su ‘legítimo esposo’ que la considera poco más que un elemento del mobiliario de la casa, le prohíbe tomar anticonceptivos y menos aún ligarse las trompas y con ello la concepción bajo amenaza o coacción es inevitable. ¿Esta circunstancia no se parece mucho a una violación? ¿Cuántos embarazos se propone suspender en este contexto? ¿Cuántas mujeres golpeadas dan a luz a sus niños en las maternidades públicas o privadas y cuántos de esos niños viven dentro de una atmósfera irrespirable de violencia que cuando se rompe, lo hace a golpes y con sangre?

Esto es lo que realmente me sorprende por una parte y me desilusiona por la otra de nuestra entidad madre, el Colegio de Médicos que debería guiarnos en acciones positivas que contribuyan a hacer mejor la sociedad donde vivimos. No sirve para nada esta conducta irreductible de negación de la realidad tanto cuando afirma la misión del médico como algo establecido y que se cumple en todos los casos, como cuando pretende negar que un número real de abortos reales son efectuados por médicos, cosa que incluso ya ha sido probada en alguna oportunidad por la justicia.

Me parece hasta mezquino plantear un tema de tamaña envergadura desde esta mirada tan estrecha y por así decirlo, tan poco creativa y carente de proactividad. Nadie necesita propuestas que partan de la negativa o de la negación. Todos esperamos que alguien se haga cargo de tomar el problema con sus dos manos, firmemente y nos dé una pista, un indicio, algo que nos diga dónde se supone que han escondido la punta del ovillo. No tuve esa sensación cuando leí la solicitada en el diario el jueves pasado. No me sentí representado y vi tanta mezcla de temas y tantos argumentos endebles que decidí darme una semana de tiempo para que mi respuesta no denotara pasión, sino reflexión y una base de propuesta para que de una vez por todas algunas cosas que podemos cambiar, cambien. No estoy ni estaré de acuerdo con el aborto y en lo personal, hay más de un niño que fue mantenido donde debía estar durante todo el embarazo gracias a horas  de charla, gestión de ayuda y contención no sólo mía, sino de un equipo de salud que en esas ocasiones se portó a la altura de las circunstancias. Esos niños que no alcanzan en número a torcer la tendencia estadística, los he considerado siempre como las únicas vidas que realmente he salvado a lo largo de mi cuarto de siglo como médico. Yo tuve la experiencia de ayudar a un par de madres a apostar al futuro y es una de las cosas de las que sé no voy a arrepentirme jamás.

Dice la historia que allá lejos, muy lejos de esta ciudad, había un pequeño país de nombre desconocido, con hermosos paisajes, riquezas suficientes como para que todos sus habitantes que eran pocos, vivieran más que bien y un clima que acompañaba el tiempo de la siembra y de las cosechas. En ese lugar, la gente estaba siempre dispuesta a trabajar para que el día por venir fuera mejor que el pasado. Así vivían en ese país. Felices y con la plenitud que produce el saber que se hace lo que se debe lo mejor posible y con ello todos se benefician. El Rey, a todo esto, era una figura pintoresca en los actos de aniversario o en las fiestas de la cosecha, pero casi no hacía falta para gobernar un pueblo que sabía conducirse solo porque tenía claro de dónde venía y hacia dónde pretendía ir.

Un día lleno de sombras, desde las montañas del oeste, llegaron los hombres malos del país vecino que desde siempre habían pretendido conquistarlos. Robaron, saquearon, mataron, incendiaron y destruyeron casi todo lo que con tanto esfuerzo la gente de la nación pequeña había construido durante años. Las mujeres jóvenes fueron botín de guerra y muchas de ellas quedaron encintas después de la barbarie. Los sabios que habían sobrevivido a la matanza, se reunieron en Consejo y decidieron que esos hijos por nacer eran hijos de su pequeña patria y merecían la vida porque sus madres eran mujeres del lugar que no pudieron evitar de ningún modo lo que les había pasado. Se pusieron de acuerdo esos sabios con la gente y a esas madres se les dio lo mejor. La comida más nutritiva, el colchón más blando y las mantas más suaves y abrigadas. Se las protegió de los fantasmas y se le les enseño a perdonarse porque era el mejor modo de comenzar a reconstruir lo que las bestias habían destrozado por el sólo placer de someter. Se las cuidó del frío y de la maledicencia de unos pocos que habían osado mirarlas mal y juzgarlas. Así llegó el momento del parto y nacieron niños sanos que ayudaron con su ternura infinita a restañar heridas, a cerrar brechas donde se filtraba el odio y a terminar de tejer la trama del perdón que se necesitaba para que la paz pudiera volver a adueñarse del país. Los sabios decidieron esto porque pensaron que ya había demasiado daño hecho y lo único indeseable era aumentarlo. El pequeño país hoy volvió a ser lo que era o mejor aún porque la memoria les permitió enfrentar las amenazas con menos ingenuidad y así librarse de ellas para seguir el curso de su historia que seguía siendo el mismo y lo será hasta que el último día de la tierra decida lo contrario.

Ojalá los sabios de nuestra entidad madre, en vez de decir lo que no se hace y lo que no se permite, hubieran ayudado a escribir este cuento. Qué bueno si los sabios al menos por esta vez, se hubieran portado como sabios.

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