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– Vamos a ver qué le está pasando a este señor tan buen mozo. Por favor, mamá, déjemelo un segundito que lo reviso. No se preocupe, tome asiento y descanse porque veo que pasó mala noche. En realidad se ve que todos pasaron mala noche

–  Sí, doctora, la verdad es que sí. Es nuestro primer hijo y nunca había estado así. Lo vemos mal, doctora. Anoche no podía respirar casi y estuve hasta la madrugada paseándolo por la casa hasta que a eso de las cuatro se calmó y tomó un poquito de leche de la mamadera

– ¿Qué tiempo tiene este jovencito?

– Seis meses, doctora. Nació bien, más de tres kilos y lo cuidamos mucho. No sé que le puede haber pasado porque los dos estamos pendientes de que no se enfríe, de que no le piquen los mosquitos que en el barrio hay un montón y le miramos siempre el pañal por si aparece algo raro en la caquita. Estaba bien hasta ayer por la tarde y a eso de las nueve, cuando le tocaba la papilla, ya lo vimos raro con mi marido. Se puso llorón, como si algo le doliera mucho. Yo pensé que eran gases y le di un poco del Factor AG® que me recomendó mi suegra que es enfermera. Eso y una Aspirinetas® de ésas de niños es todo lo que le di, doctora. Una vecina me dijo que le hiciera un té de Anís estrellado pero no me animé. Otra cosa, doctora, la caca de la noche tarde era bien hedionda. El no hace así.

– Tranquilízate, hija que no está grave tu bebé. Estamos viendo en la guardia muchos casos parecidos y no hemos tenido problemas. Les ponemos una agujita en la vena, le damos líquidos para que no se deshidraten, les hacemos unos análisis y si todo anda bien, en uno o dos días se vuelven a casa.

En ningún momento dejaba de mirar a la mamá mientras le explicaba despacio, con la calma que tienen los que están seguros de lo que hacen, calma que tenía la virtud de transmitir de a poco, hasta que llegaba un momento en que la angustia cedía terreno y se hacía más sencillo entender lo que estaba pasando. A partir de ese punto, hacer lo que se debe hacer empezaba a ser posible, sobre todo cuando se trata de una mamá primeriza con un bebito de poco más de seis meses con fiebre que ha llegado al consultorio convencida que no había nada más importante en el planeta que lo que le pasaba a  su hijo. Todos sabemos que cuando un niño se enferma, en especial si es tan pequeñito, todo parece más grave y se dispara al mismo tiempo cuanto mecanismo de alarma existe. Se estrecha el horizonte, se pierden la capacidad de razonar y la orientación, se deja que la desesperación, la angustia, la ansiedad y el miedo avancen hasta que logran nublar los sentidos, tanto que sin desearlo, esa mamá o ese papá se vuelven aliados transitorios del enemigo, por lo menos hasta que alguien llega y se hace cargo de la pelea.

– ¿Qué es? ¿Es un virus, doctora?

– Pensamos que sí. Todavía no sabemos bien, pero creemos que es un virus el que los pone tan caiditos a los chicos.

– ¿Y eso se cura?

– Se cura solo, pero mientras, como te decía, tenemos que ayudarlo a que no pierda más líquido y si le da fiebre, habrá que bañarlo y ponerle pañitos, pero no nos parece seguro darle Aspirinetas® siendo tan chiquitos. No te preocupes de todos modos que una sola pastillita no pasa nada, pero acordate para la próxima y siempre tratá de bajar la fiebre con baños tibios y pañitos antes de darle remedios

Se trataba primero de identificar al enemigo para que fuera más sencillo controlar el problema y de paso, ahí, en caliente, corregir alguno que otro error que pudo haber cometido la mamá, sin que se sienta como una criminal en potencia por haberle dado una Aspirinetas®, pero haciéndole entender que no se recomendaba. Un pediatra que merezca llamarse de ese modo, es quien tiene la capacidad de tomar el timón de asunto, cargar el problema al hombro hasta que se acomoden las ideas, atenuar el nivel de angustia y expulsar las culpas que sólo complican las cosas. Un pediatra sabe poner las palabras justas en el lugar adecuado y en el momento oportuno, donde van a hacer efecto más rápido y con muchos menos efectos adversos que cualquier medicamento porque cuando el alma se alivia, el cuerpo hace caso y le sigue la corriente. A ese pediatra se lo ve tomar suavemente, pero con firmeza al niño, hablarle, dejarlo que se libre de las sensaciones que no conoce del todo, pero que se diluyen en las lágrimas que son su única manera de decir que le pasa algo que no alcanza a comprender y le produce una cosa adentro que más adelante, cuando crezca, sabrá que se llama miedo. Hoy todavía es pronto para ponerle el nombre a ciertas cosas. Es muy temprano para razonar y entender que eso que molesta en la garganta se llama dolor y frío es lo que siente cuando el cuerpo de pronto deja de hervir y le da paso al temblor incontrolable.

El niño llora y el pediatra que conoce el lenguaje, va con sus manos ahí, donde está lo que atemoriza, lo que amenaza y acorrala, duele o hacer tiritar, lo ubica, deja establecido que el combate empieza y queda claro quién será el triunfador. Por lo menos es lo que se percibe en el ambiente y vaya si sirve como para tomarse un respiro, tanto que mamá y papá se entregan al postergado hábito de respirar y dejan que los músculos se aflojen, en una especie de anticipo del descanso que seguramente esa noche, porque el doctor hará lo que se necesita, va a ser diferente a la noche anterior, eterna y llena de pesadillas, de indecisión y de reproches mutuos que van desde el reclamo al papá por no haberlo anotado en la obra social y estar condenados a caer en el hospital con el primero que haya en la guardia, hasta la acusación a la mamá de haber perdido el celular de la doctora que lo veía en el consultorio cuando todavía tenía el plan materno y que era tan buena, como ésta un poco más veterana que los atendía en la guardia del hospital, temprano en la mañana y se parecían mucho, hasta el punto que escuchándola a ella, se hacía imperceptible el ruido de fondo, mezcla de llantos, rumor de charlas y pasitos como de laucha marcando el ritmo en el piso de baldosas del pasillo.

Un pediatra es un espantador de fantasmas, un antídoto contra el pánico y la red que va a evitar que nos estrellemos contra el piso todos los trapecistas porque ser padre en cierto modo es ser un trapecista que toma conciencia del peligro cuando está allá arriba balanceándose y en esa instancia ya no se puede defraudar al público. Hay que lanzarse aunque no se alcance a divisar la red que de paso alguien se olvidó de poner. Hay que empezar con las piruetas. Un pediatra es aquel ser humano especial que junta dibujos de sus pacientes, llora en los rincones para que no se note que se parte en mil pedazos cada vez que uno de ellos no tiene vuelta y tiene a mano una sonrisa que espera el beso húmedo de mocos, mientras un par de ojitos pícaros buscan el chupetín o el caramelo en los escondites de siempre.

– Hoy lo damos de alta. Ya está bien. ¿Viste que te decía que no era para alarmarse tanto y que en un día o dos te lo ibas a llevar?

– Gracias, doctora, usted es un ángel

Los vio a los tres, tan jóvenes ellos y tan pequeño el bebé, irse por el pasillo de la sala hasta el ascensor. Un ángel, pensó, no está mal. Me viene bien ser un ángel porque entonces me voy a sacar de encima de hoy y para siempre este complejo de no saber cobrar la consulta que llevo puesto hace más de treinta años. No está mal, los ángeles no están gordos ni tienen celulitis. Los ángeles ven bien de cerca y de lejos, los ángeles no se enferman, no tienen problemas con la comida. Los vio entrar en el ascensor y cuando la puerta se cerró definitivamente se dio cuenta que cada vez que le arrebataba un niño a la enfermedad, se sentía más joven, más pediatra o más ángel que viene a ser más o menos lo mismo.

Para la Dra. Elena Cortada de Lombardero. Con pediatras así, me dan ganas de volver a ser niño, siempre y cuando ella sea la que me revise


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6 pensamientos en “Madre

  1. Una ráfaga de emoción me estremece… La dulzura de este texto casi tangible,
    flota en mi habitación. Una vez mas, gracias!!!

  2. creo que la doctora Elena es una de las mejores pediatras de Salta, pido una oracion por su pronta recuperacíon. Y vuelva al consultorio.

  3. Leí el cuento y me inundaron las lágrimas; es cierto que todos llevamos un niño en nuestro interior, con la pureza, la ternura y la dulzura propia de la edad; yo estoy segura que elegí la mejor profesión y la mejor especialidad; ser pediatra es maravilloso, te conecta con lo mejor, con los niños, con sus familias; he cantado, he bailado haciendo de la consulta un juego divertido; un pacientito le decía a la mamá “LLevame a la Dra. Que linda pancita”!!!!!. Por mi salud muy resentida, estoy tramitando la jubilación; pero de alguna manera seguiré conectada con los niños/as y adolescentes a quienes amo profundamente. Gracias por el cuento y los comentarios ; me dan fuerzas para seguir en la pelea!!!!!!!! Dios tendrá la última palabra!!!

    • Me llena de alegría y de orgullo que te haya gustado lo que te escribí, pero debo decirte que no estoy de acuerdo en que elegiste la mejor especialidad. Creo que la verdad de la milanesa es que una especialidad maravillosa te eligió a vos porque la pediatría sabe lo que hace. Los que viven en mí nunca pierden el derecho de residencia. Eso también quería contarte. El mejor abrazo y toda la fuerza que haga falta

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