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La encontré mientras iba camino al bar del hospital a tomarme un café a media mañana. Mucha gente en los pasillos, como de costumbre y entre ese mar de personas que se desplazaba de un lado para otro sin un orden aparente, en esa suerte de caos calculado, ella se destacaba, por lo menos para mí. No tenía nada en particular que la distinguiera del resto, pero yo no podía apartar los ojos de su cara. Morena, menuda, de unos veinte años y con una panza de más o menos cinco meses que se notaba más en su cuerpo magro de niña. Parecía perdida en medio del barullo y de tanto en tanto miraba hacia un lado y hacia el otro, como quien busca un punto de referencia que tarda en aparecer. Cargaba en el hombro un bolso con un estampad de ositos celestes y una caja de cartón atada con hilo de plástico blanco en la mano derecha. Parecían bultos pesados, pero los llevaba con cierta dignidad. A medida que me acercaba a ella, me daba la impresión de que tenía la cara más vieja que el cuerpo y una expresión en los ojos que no pude descifrar del todo, pero que me pareció una mezcla de dolor profundo y de miedo recién estrenado.

–  Buen día, hija. Soy el Doctor Sanchez Domenech. Trabajo en este Hospital ¿Te puedo ayudar?

Me miró con esos ojos como de vaca, húmedos y sufridos, con ese halo rojizo de tanto estar al aire libre que tienen los ojos de la gente del campo. Me miró como si no se animara a hablar o en una de ésas, pensé, como si esperara que yo lo dijera todo y le hiciera más fáciles las cosas. No hay caso. Los que vivimos en la ciudad creemos, nos guste o no que estamos un escalón por arriba de cualquiera que venga del interior. Estamos convencidos que la tenemos clarísima y en la primera de cambio, cuando se nos da la oportunidad, nos ponemos paternalistas y lo hacemos con tal de podernos trepar en la tarima de los que saben de qué modo funciona el mundo y desde allí dar clases.

– Perdón, hija. ¿Necesitás algo?

Me extendió un papel y bajo la vista. Se quedó mirando al piso mientras yo leía la derivación del hospital de Iruya para que la vieran en Obstetricia por un embarazo de alto riesgo. Pocos datos. Apenas se alcanzaba a entender esa letra apretada y diminuta del médico. Hipertensión parecía decir y con cierta dosis de imaginación me arriesgué a creer que en el apartado de diagnóstico había anotado algo así como retraso de crecimiento. Creo que ni un sacerdote sumerio bien entrenado hubiera podido desentrañar esa escritura que parecía haber sido hecha a propósito para que nadie entendiera. Una vez más los hechos me convencieron de que muchos médicos escriben como guardando para ellos el secreto de lo que dicen. El objetivo, si era ese, estaba logrado.

–  Decime. ¿Desde qué hora estás aquí?

–   No sé, doctor hace un rato ya

–   ¿Desayunaste algo?

–   No, doctor, el chofer de la ambulancia me dejó en la puerta y me dijo que buscara el consultorio de no sé qué y ahí me perdí

–    ¿No le preguntaste a nadie para que te indicara?

No había terminado de hacer la pregunta y ya me sentía un perfecto imbécil. La habían dejado poco menos que tirada en la puerta de un edificio monstruoso, tal vez lo más grande que había visto en su vida. La habían depositado sin mayores comentarios y con un par de recomendaciones en un lugar que no conocía y que cada vez se llenaba más de gente que tampoco conocía. Las personas le pasaban por el costado. Algunas se tomaban el trabajo de esquivarla y otras no. Uno que otro la miraba apenas y la mayoría le hacía sentir que no existía. Con qué ánimo iba a preguntar si apenas hablaba porque de donde venía, hablar no es de las cosas que más se hacen porque en esos lugares, las palabras no son tan necesarias. Yo, el señor doctor que se supone que sabe, pretendía que se bastara por sí misma en un ambiente extraño, sola, con sus dos bultos a cuestas y su pancita que seguramente apenas alcanzaba a entender.

– ¿Cuántos años tenés?

–  Quince, doctor

–  ¿Y tu mamá no vino?

– No, ella va a llegar más a la tarde en el ómnibus porque en la ambulancia no cabía. Va a venir con mi hermanito más chico que va para los dos años

–  ¿Así que estás sola?

–   Sí, doctor

Ganador por voto unánime del jurado del premio a la pregunta imbécil. No, no estaba sola, la acompañaba toda la comitiva que suele desplazarse con los miembros de la realeza cuando van de gira por la comarca. Lo que sucedía es que sirvientes y soldados se hallaban en plena tarea de levantar las tiendas de campaña y de avivar los fuegos para que la princesa pudiera desayunar, antes de tomarse un descanso. Qué pedazo de nabo. Sola de toda soledad estaba ese pobre angelito, muerta de miedo y de hambre. Como contra el miedo no tenía antídoto disponible, decidí que por lo pronto me iba a ocupar de su sustento y para ello me acerqué al mostrador del bar y pedí que le llevaran un desayuno completo a la mesa y me hicieran el vale a mi cuenta. Ventajas del descuento por planillas que permite ser dadivoso aún con la billetera flaca. Me senté en una mesa un poco alejada de la suya y me dediqué a verla comer. Parecía un condenado a muerte ante su última cena. Daba la impresión de que era la primera vez en la vida que comía. Todo le llamaba la atención. El café con leche, las facturas, la manteca y el dulce. Estaba como hipnotizada con los sobrecitos de azúcar, tanto que le puso seis al café con leche. Pensé por un momento que había algunas cosas que hacer con esta niña. Primero, ir a Servicio Social para que le consiguieran un albergue por si acaso debía quedarse y no la internaban, después, hablar con un obstetra para que la viera. Ese trámite me tenía un poco preocupado porque en nuestro hospital materno-infantil uno no encontraba fácilmente un obstetra que se comprometiera con una paciente y había que andar aguijoneándolos para que tomen una decisión y si por ventura había algo aunque fuera mínimo que estuviera localizado más allá del útero grávido, de inmediato esa embarazada pasaba a ser propiedad médica de otro servicio, en general el mío, Medicina Interna, de tal suerte que si en el mundo, todos los caminos conducen a Roma, en nuestro hospital, conducen a Medicina Interna ni bien se pronuncian las palabras mágicas: ‘Que la vean los clínicos’.

No me veía muy bien perfilado en las tareas a emprender porque encima era viernes y se venía un fin de semana largo, así que opté por hacer las cosas por izquierda. La dejé terminar su desayuno y le pedí que me acompañara a la guardia. La revisé con una enfermera presente y detecté que había tenido algún problemita para orinar días antes. Una epifanía. Ahí estaba la sospecha de infección urinaria que en una embarazada del interior, sola su alma, era suficiente razón como para internarla en Medicina Interna y que fuera un obstetra de la guardia a evaluarla. Zafaba del trámite del albergue. Astuto como un comanche, puse a la paciente donde debía estar, con sus indicaciones y el pedido de interconsulta con obstetricia. Pensé por un momento que la gente que llega a los hospitales muchas veces depende sólo del azar y según quién la reciba, tendrá más o menos posibilidades de que la atiendan como corresponde porque de un tiempo a esta parte, ya no me trago el verso de que todos los médicos salvan vidas, hacen lo mejor para el paciente y trabajan en los hospitales por vocación. No es otra cosa que comprobación científica de la realidad con demasiadas pruebas como para que haya dudas de lo que siento. Es evidente que a nadie le interesan las cosas que debieran importarle y hay indicios de que la situación pinta para empeorar porque no veo muchos médicos a los que le preocupe que la gente dependa de un golpe de suerte y de la voluntad de alguno que se sigue tomando la profesión en serio y pone lo que hay que poner cuando asume la atención de una persona.

La vi al otro día en el segundo piso. Parecía más pequeña de lo que realmente era. Tenía la carita triste. Se me pasó por la cabeza que sabía algo que yo no sabía, pero que no se animaba a decir. No le insistí que hablara y me distraje un instante mirando su hoja de indicaciones. Feto muerto y retenido decía el diagnóstico de obstetricia y que la infección urinaria la sigan los clínicos, me pareció escuchar por el parlante de la sala, no muy claramente porque sonaba una canción de Arjona y el volumen no estaba muy alto.

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