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Me siento frente a mi notebook, conectada a internet por Wi-Fi, pongo algo de Mozart que tengo en el disco externo. Hoy se me antojó escuchar sus fenomenales conciertos para violín (el primer movimiento del N°3 es maravilloso). Voy al Fav20, donde tengo agrupados por afinidad mis sitios favoritos para consultar bibliografía médica. En segundos estoy dentro, busco el tema que necesito ver, aparece y seguramente será un artículo o una revisión reciente, de menos de seis meses de data, lo que me garantiza actualidad y como proviene de un sitio de prestigio, tengo seriedad y rigor científico. Lo voy leyendo y marco en el mismo documento las cosas que me parecen más relevantes, resalto, subrayo, inserto notas y llamadas a otras publicaciones que me vienen a la memoria o que en ese momento consulto, le doy una segunda mirada por si acaso se me ha escapado algo y cierro guardando los cambios. Lo único que debo hacer es repetir el procedimiento si es que necesito acercarme a otro tema porque hay algún paciente con un cuadro que no cierra o porque debemos tomar ciertas decisiones de diagnóstico o tratamiento en las que no nos podemos poner de acuerdo. Alguien debe haber escrito algo al respecto que nos ilumine y nos ayude a encontrar las respuestas que necesitamos para resolver el problema. Lo que se impone entonces es buscarlo.

Lo que cuento parece ciencia ficción. Los veteranos como yo empezamos la facultad hace treinta y cinco años y estudiábamos con libros que cuando llegaban a nuestras manos ya eran obsoletos, cosa que era imposible de remediar y que se agudizaba si se usaban los libros traducidos del inglés que en general tardaban un par de años más en salir a la venta. Libros viejos y fotocopias de las clases desgrabadas sin ningún tipo de edición, con letras que apenas se leían y en un fondo manchado de gris. Esos eran los textos de donde tratábamos de extraer la información que necesitábamos. La actualidad de los datos era un tema secundario en ese entonces y eso se veía en todos los terrenos porque sin ir más lejos, los partidos de fútbol se transmitían por televisión uno o dos días después de jugados, ya con el resultado conocido y en blanco y negro, con lo podemos suponer hoy que eran menos emocionantes que ver una partida de damas. No es tan así la historia porque aún recuerdo que me pasaba todo el tiempo que duraba el partido, excepto en los cortes publicitarios, sentado en el borde del sillón sin poder contener la excitación. Igual con los libros y las fotocopias: Era información que se incorporaba a nuestra mente, era material de conocimiento, era aprendizaje y en ese tiempo, no había otras herramientas.

Aprendíamos anatomía sobre preparados cadavéricos que había mirar con un estado de concentración extrema porque después se los debía transportar en la memoria y hacerlos coincidir con los dibujos de los libros en una tarea titánica de traspaso a 3D sin anteojitos. Recuerdo que incluso había temas para los que no existían preparados y uno debía imaginar el trayecto de un nervio y ‘verlo’ sin que nada, salvo un par de esquemas y una ilustración nos diera los puntos de referencia básicos. Quién que tenga cincuenta o más puede olvidarse de lo que significaba estudiar las vías nerviosas del libro de Fracassi. Si hasta hoy, treinta y cinco años después de haber cursado anatomía, cierro los ojos y me acuerdo de unos cuantos de esos maravillosos esquemas que tanto nos enseñaron a fuerza de mirar y dibujar, dibujar y repetir, repetir y cerrar los ojos, como dije, para poder ‘ver’ las vías como si las estuviéramos recorriendo a pie, desde la corteza a la médula y de la médula hasta la corteza. Hoy es tan diferente porque se bajan de internet programas de anatomía virtual directamente en 3D que son capaces de darnos hasta el teléfono y el DNI de los pares craneales con sólo un click de nuestro mouse, sin tener que respirar horas y horas esa baranda a formol que se adhiere al bulbo olfatorio y nos acompaña durante toda la carrera.

Conocí las copias hechas en mimeógrafo, el papel stencil, la máquina de escribir mecánica (una Olivetti de carro angosto que de vez en cuando extraño), el proyector de diapositivas y el retroproyector cuando eran lo último en tecnología de avanzada. Recuerdo haber presenciado la catástrofe que podía ocasionar sobre una presentación académica una lámpara quemada y los diminutos papelones que pasaban los profesores cuando colocaban las diapositivas al revés (entre paréntesis, yo era un especialista en hacer ese tipo de cosas y nunca entendí cómo se colocaban). Supe, como muchos, lo que es estar fuera de fase con el mundo porque vengo de una época en la que para hablar por larga distancia, había que comunicarse a una central, marcando el 02 y de ahí una operadora tomaba el pedido y nos indicaba la demora para la comunicación que podía ser de minutos o incluso horas. Puede parecer mentira, pero hace cincuenta años, para hablar de Salta a Jujuy podía uno tener que esperar hasta un par de horas o más. Si se poseía un teléfono en casa, era más cómodo aguardar, ya que de lo contrario, el punto de convergencia obligado para la vigilia era la ‘telefónica’ que entre paréntesis ni bar tenía y vaya si eran incómodas las sillas.

Ya en la universidad, las comunicaciones se fueron haciendo bastante más sencillas. No obstante y aunque algunos no puedan creerlo, en ese tiempo nadie tenía una computadora personal y de internet ni noticias. Más aún, me recibí de médico con muy pocas tomografías y ecografías vistas y no por eso los pacientes se nos morían como moscas como más uno podría pensar, extrapolando la falta de tecnología en la década del ’80 comparándola a la edad oscura del Medioevo en relación con lo que vemos en estos primeros años del tercer milenio. A nosotros, los de la época de oro de la fotocopia y del libro usado, los que aprendimos a usar una computadora ya bastante entraditos en años (más de treinta largos para ser exactos) y nos fuimos haciendo más o menos avispados frente a una ecografía, una tomografía o una resonancia más a los ponchazos que por método. A nosotros el mundo no tuvo la decencia de advertirnos que iba a pegar una acelerada impresionante y sólo pudimos alcanzar el tren después de correrlo bastantes metros y  viajamos al principio colgados del furgón de cola. Algunos pudimos recomponernos y empezamos a buscar la forma de llegar a la primera clase con éxito variable, pero lamentablemente muchos quedaron en el andén o se cayeron de los vagones y nadie supo de ellos. Así como cambió el modo de estudiar y por ende de aprender, así son diferentes los métodos para acercarnos a las respuestas y son diferentes las respuestas mismas.    Hoy todo es tan inmediato y el ‘tiempo real’ es tan real que da miedo. Es como si lo que no se hace ya, no vale la pena. Esto es peligroso porque en el reino de la fugacidad, los valores también suelen ser efímeros, extremadamente variables y sobre todo relativos, sujetos a interpretaciones personales que a veces pueden ser antojadizas y arbitrarias y lo más grave del caso, es que esos valores pueden ser negociables, dando lugar a esta especie de ‘ética elástica’ que se percibe en el ambiente, donde a fuerza de contextualizar todo, se han abandonado, haciendo gala de una displicencia llamativa, algunas conceptos y sobre todo valores que deberían seguir siendo absolutos porque no admiten discusión. Valores como el compromiso hacia el paciente, la lealtad, la vocación de entrega, el hambre y la sed de conocimiento, la honestidad intelectual, la conciencia de los propios límites, la ecuanimidad, el comportamiento ético entre otros tantos, no dependen del contexto sino que tienen plena entidad en sí mismos. Admitir que se pueden relativizar, sólo conduce a confusión, pérdida del sentido de la medicina como profesión y facilita el triunfo de los mediocres que entre otras cosas son fundamentalistas defensores del precepto ‘a igual trabajo, igual remuneración’ y no cuentan la otra pata de la historia que es la que dice que trabajo es la integración de actividad, calidad, eficiencia, eficacia, respeto por los valores, empatía y sobre todo humanidad. Dos profesionales que igualen los componentes de esta ecuación por supuesto que deben recibir la misma paga.

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