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Si tomamos en cuenta que hay …

Oferta de cursos en muchos casos gratuitos y en otros con aranceles accesibles que abarcan un amplísimo espectro temático y que ni siquiera requieren traslado, adecuación a horarios o sacrificio de horas lucrativas en la atención privada.

Acceso sencillo a sitios médicos, sinopsis, revisiones, bases de datos y publicaciones periódicas de primera línea, con todo lo que ello significa, entre otras cosas la posibilidad de tener información de primera calidad de manera simultánea con los países centrales.

Bibliotecas virtuales que pueden transportarse incluso en la memoria de algunos celulares y que nos dan una mano enorme a la hora de consultar un tema determinado al lado del paciente y nos evita el viejo truco de decirle ‘vaya haciéndose estos análisis y después venga a verme’ cuando no tenemos la más remota idea de lo que le pasa a ese cristiano.

Sistemas electrónicos de ayuda a la toma de decisiones que son capaces de alertar cuando se comete un error, antes de que esa equivocación ocasione daño al paciente.

Sistemas de telemedicina con los que se puede obtener una segunda opinión acerca de un caso que nos preocupa, formulada por un equipo profesional de un centro de referencia, segunda opinión que no sólo puede significar la diferencia entre una decisión adecuada y una inadecuada, sino que constituye una de las mejores maneras de aprender.

Desarrollo, incipiente aún, de las interfases cerebro/PC que en el futuro permitirán eventualmente que el ordenador se transforme en un ‘disco externo’ que puede conectarse cuando se estime necesario a nuestro cerebro que ya no necesitará almacenar datos en su memoria, sino sólo sistemáticas de búsqueda

¿Qué pasa con los médicos?

Porque se ve que …

Las inscripciones a los cursos pueden ser incluso masivas, pero las tasas asistencia (cuando son presenciales) y de participación (cuando son virtuales) son mucho más bajas de los que podría esperarse, sobre todo si se infiere que se trata de una población con necesidad crítica de conocimiento a la que he visto ‘compartir tareas’, eufemismo apropiado cuando se trata de describir a gente adulta que copia sus exámenes. Lo hacían sin vergüenza alguna, convencidos de que era un signo más de inteligencia en un contexto general de adhesión a la ley del menor esfuerzo. He escuchado racionalizaciones como ‘igual leí los fascículos’, como si eso fuera suficiente, lo que suena que  saber que uno tiene una deuda equivale a pagarla en efectivo. He participado como asistente, docente y organizador de este tipo de cursos y cada vez que recuerdo el nivel de aprovechamiento del enorme caudal de información y posibilidades de aprendizaje, opto por pensar en otra cosa y aprovechar los beneficios de la amnesia.

La proporción de profesionales que recurren de manera habitual a sitios médicos, bases de datos, sinopsis, y publicaciones periódicas de primer nivel, al menos en el ámbito en el que me desempeño, es baja. Se dispone de una inagotable fuente de información que no se utiliza de manera plena. Tomémonos un momento para recordar que la información sirve para ser transformada en el conocimiento en base al que se toman las decisiones en el para resolver problemas que en definitiva es nuestra misión pura y dura, resolver problemas de la manera más segura y eficiente, evitando en la medida de lo posible el ‘parche coyuntural’ que en nuestra profesión es el tratamiento sintomático o ‘las perdigonadas’ que consisten en tirar al bulto con varios proyectiles al mismo tiempo para ver si alguno da en el blanco. Una de las peores cosas que tiene esta última modalidad es que nunca se sabe cuál de las balas es la que ha acertado y más aún, tampoco se puede estar seguro si el resultado hubiera sido el mismo (o mejor incluso), si no se hubiera tirado con tanta liberalidad y en una actitud temeraria y a veces irresponsable del gatillo de la escopeta terapéutica. Los tratamientos médicos están escritos y en gran medida fácilmente accesibles, pero para saber encontrar, hay que aprender a buscar y para aprender a buscar hay que sentir necesidad, en este caso, de conocimiento y lo grave es que ese sentimiento de carencia no se percibe en el ambiente.

Hablo de nuestro hospital. Disponemos de una biblioteca virtual de acceso libre para todos los que trabajamos allí el celular. Sitio muy poco visitado y sólo mantenido por la colaboración voluntaria de algunos que creemos que es una herramienta óptima para adquirir información. Tan poca gente acude a esta biblioteca virtual que si fuera real, seguramente tendría los volúmenes sepultados por el polvo, cuando no comidos por las ratas o las cucarachas. No en vano, cuando expiró la suscripción de una de las sinopsis de actualización más serias y sólidas que existen, sólo un puñado de profesionales del hospital tomaron nota del asunto que pasó inadvertido para el resto del plantel, básicamente porque casi nadie lo consultaba.

En cuanto a los sistemas informáticos de ayuda para la toma de decisiones clínicas disponibles que incluyen la prescripción electrónica, los sistemas de apoyo diagnóstico, las bases de datos con consignación de etiología ajustada en su prevalencia a edad, género y situación particular del paciente y en cierto modo la historia clínica informatizada han sido rechazados por un buen número de profesionales del hospital que esgrimieron dudosos argumentos seudolegales que suenan más a excusas en este momento. Como resultado de esta posición de difícil defensa desde lo racional,  la institución se encuentra en la peor de las situaciones documentales porque conviven disarmónicamente la historia clínica en sistema informático, los registros en papel y los consolidados escaneados de manera periódica.

También en nuestro hospital tenemos a disposición un sistema de telemedicina aceitado, muy sencillo de operar y con referentes dispuestos a responder sobre situaciones conflictivas en infectología. Se sabe que en un hospital, los problemas asociados con enfermedades infecciosas son prevalentes y las modalidades de tratamiento en muchos casos son controvertidas, en especial en lo atinente a las infecciones nosocomiales. Dicho con toda claridad, en una institución como la nuestra en la que se asisten por año decenas de miles de personas, que cuenta con tres unidades de terapia intensiva, que es el centro de referencia perinatal de la provincia y extraoficialmente de la región, las consultas de segunda opinión en infectología se pueden contar con los dedos de las manos y no se trata de un modo de decir sino de una expresión concreta porque es rarísimo que se realicen más de seis o siete consultas por mes.

No vale la pena a esta altura de los acontecimientos referirnos a la interfase cerebro-PC porque sería lo mismo que hablar de platos gourmet en Etiopía.

Existe un mundo que ofrece amplio acceso a la información en forma de cursos, bibliotecas virtuales, y publicaciones, existe un mundo en el que se hallan a disposición de quien desee emplearlos los sistemas electrónicos de ayuda en la toma de decisiones clínicas que incluyen la prescripción electrónica y la historia clínica informatizada y existe un mundo en el que se puede recurrir a centros de referencia para una segunda opinión. De ese mundo, al menos nuestro hospital, poco y nada aprovecha y eso hace que a veces me pregunto: ¿Qué tal si un día los pacientes se enteran de todo lo que podemos hacer por ellos y no somos capaces de hacer? Porque en definitiva, el peor pecado que un médico puede cometer es olvidar el sentido de su profesión que es ayudar al paciente.

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