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Tenía las manos pequeñas y las movía como arañas entre los racimos. Iba buscando los mejores, los que estaban a punto. Callado, sin siquiera desviar la mirada de la parra ni hablar con nadie, llenaba la gamela mucho más rápido que el resto y la llevaba a paso firme hasta la báscula, donde jamás nadie le reclamaba nada porque siempre eran uvas a punto, listas para ser vino. El encargado le daba la ficha, él hacía un movimiento de cabeza que no llegaba a ser reverencia, se daba vuelta y con la gamela al hombre, volvía al viñedo. Así, una y otra vez, sin descanso hasta pasado el mediodía. A esa hora se tomaba unos minutos para comer algo y descansar, solo, lejos de todos, se sentaba a la sombra de uno de los algarrobos más viejos que estaban al costado del camino de entrada a la finca. El rito diario de la comida era idéntico. De una bolsa de papel con algunas manchas de grasa, sacaba la mitad de un pan casero, un  pedazo generoso de queso, unas lonjas de charqui y una fruta, ponía las cosas sobre una piedra y empezaba a comer despacio, con la vista clavada en el horizonte, sin prestar atención al sol despiadado del mediodía ni a las risotadas de los cosecheros ni al rumor de agua que corría por la acequia y que sonaba como una especie de música, casi un arrullo que invitaba a la siesta. Comía despacio, masticando cada bocado sin disfrutarlo, aparentemente al menos porque no se le movía un solo músculo de la cara y los ojos mantenían la expresión vacía y húmeda, fija y ausente. Cuando terminaba, se acercaba a la acequia, hacía un hueco con las manos, se lavaba la cara y de paso bebía un par de tragos de esa agua fresca y cristalina que venía de las entrañas de los cerros altos que marcaban el límite del valle y que desde el viñedo a esa hora se veían azules oscuros y como ese día no corría viento, daba la impresión de que se habían acercado y que estaban casi al alcance de la mano.

Medía poco más de uno sesenta y era de los pocos que necesitaba un cajón para llegar a los racimos más altos, pero eso no le daba problemas porque pese a tener que cargarlo junto con la gamela, era el que más rendía y en los últimos veinticinco años, nadie se acordaba de un día en que hubiera faltado por haber estado enfermo y mucho menos borracho. Tenía la piel del mismo color que la tierra húmeda y con arrugas profundas en la frente y las mejillas. Los ojos como de agua que casi nunca miraban y una voz apagada que rara vez se escuchaba. Decían que venía de lejos, escapando porque un día el vino lo había llenado de demonios y le puso un cuchillo en la mano. Se contaba que él sólo quiso defenderse, pero el otro era amigo de los que mandaban y los que mandaban no se iban a conformar con unos años de cárcel. Dicen que su madre le dio un rollito de billetes para que se las arreglara por un tiempo hasta que saliera algún trabajo y que su padre miró hacia un costado, no por bronca o enojo, sino para que no se le notaran las lágrimas. En ese tiempo, la noche en la que se fue de su pueblo para no volver nunca, era apenas un niño grande que recién empezaba con el vino y los amores. No supo manejarlos porque la vida no le había dado tiempo de aprender y a pesar de eso se dio cuenta de que las manos empapadas con la sangre de otro son la prueba de que no hay retorno y que a partir de ese momento, sin importar dónde uno vaya, la condena lo acompaña como un peso en la espalda que tarde o temprano la termina quebrando.

Dicen que caminó sin rumbo fijo unos días y que la policía no lo siguió buscando porque pensó que si había tenido la mala idea de cruzar el río, no quedaban posibilidades de que se hubiera salvado por la creciente. Habían encontrado su campera hecha jirones en la orilla y rastros de pelea que como no había vuelto a llover, estaban intactos. Huellas de puma, ramas quebradas y algunas manchas de sangre en las piedras. Mucha sangre, demasiada como para haber sobrevivido. Los que mandaban se dieron por satisfechos y él, desde la copa de uno de los árboles más altos en un recodo del río que ya no estaba tan bravo, aguzó la mirada y respiró hondo cuando vio que los cuatro o cinco policías, el intendente y los chupamedias que siempre lo acompañaban a todas partes, se subían a las camionetas y ponían rumbo al pueblo mientras gritaban su nombre como si lo estuvieran escupiendo, sacándoselo para siempre de las tripas. El, por última vez en su vida, ensayó una mueca sospechosamente parecida a una sonrisa porque pensó que ellos creía que estaban llamando a un muerto y no sabían que el muerto los escuchaba. Bajó el árbol y se fue río abajo hasta el puente. Tenía pensado llegar esa noche a la ciudad y para eso debía apurarse porque por ese camino no pasaban muchos autos y sólo si había suerte, alguien lo llevaría. Hubo suerte y un camionero se apiadó de su aspecto y lo acercó hasta las afueras de la ciudad y le recomendó que no se hiciera ver mucho, porque parecía sospechoso y en la ciudad la policía no anda con vueltas. Se metió en el baño de una estación de servicio casi abandonada, se lavó los restos de sangre de puma que ya estaban costrosos y se cambió la ropa por una muda limpia, se mojó el pelo y lo peinó como pudo. Se miró en lo que quedaba de espejo y juzgó que su aspecto era aceptable. Salió del baño y buscó un lugar abierto donde comer algo.

Rengueaba levemente al caminar y parecía que la pierna derecha era un tanto más corta que la izquierda o estaba lastimada, vaya uno a saber porque en el viñedo y en la finca donde lo conocían de siempre, ya se habían acostumbrado a su marcha inconfundible, pero como en los pueblitos siempre se anda buscando  material para fabricar historias, ya le habían inventado una bala en la rodilla en la época del proceso o que era sobreviviente de la epidemia de polio de los ’50, pero él ni siquiera se detenía a discutir lo que se decía porque en todos los años que llevaba viviendo en la casilla del fondo, cerca de la toma de agua, jamás se lo escuchó hablar con nadie, salvo con el capataz cuando cobraba la quincena fuera de la vendimia o con el encargado mientras le controlaban la gamela en la cosecha.

No hablaba con nadie porque todas las noches llegaba a su ranchito, iba hasta el aparador de la cocina, sacaba una lata roja de galletitas que adentro tenía una foto y un cuchillo. En la foto había un chico muy parecido, casi idéntico a él, sonriendo con la simpatía desbordante del que no tiene nada que perder, al lado del chico, su madre y su padre. Delante de su padre, él, un poco mayor que su hermano. Serio, con la misma expresión siempre, mezcla de dolor enquistado en un lugar inalcanzable del alma y odio, odio a ese cuchillo,  a esa mano que el vino había utilizado para matar. Por eso él, de la mañana a la noche, en cada uno de los racimos, buscaba los demonios sin encontrarlos, buscaba la furia que se escondía en el jugo de las uvas sin que hasta el momento apareciera y buscaba el perdón de su hermano en el filo del cuchillo. Callado. Solo.

 

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