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Saltó del avión. Tantas veces lo había hecho que era casi un hábito la sensación de ingravidez que percibía en la boca del estómago en el primer instante de la caída. Tomaba velocidad y ese nudo, lejos de desatarse, se hacía intenso y a eso no había modo de acostumbrarse, así como siempre era nueva la velocidad y los golpes de viento que le cacheteaban la cara mientras la tierra se acercaba como si en los ojos alguien le hubiera puesto un zoom.

Al principio, cuando todo se iniciaba, eran formas imprecisas, indefinidas, manchas verdes aquí y allá, alguno que otro espejo de agua. La aguja plateada de un camino pavimentado que se alcanzaba a distinguir por contraste y la silueta borrosa de los límites de la ciudad que día a día le ganaba espacio al campo. No era sencillo distinguir cada una de las cosas desde la altura máxima y a medida que la caída libre alcanzaba su máxima velocidad el propio movimiento del cuerpo y la turbulencia del aire entre las gafas y los ojos montaban un velo brumoso y húmedo de lágrimas que de paso ahuyentaba el miedo aunque a veces era necesario gritar a todo pulmón porque a pesar de que saltaba casi todos los días, era imposible evitar una cierta sensación de que el de hoy podía ser el último, sensación que sólo desaparecía al tocar tierra y era reemplazada por un presentimiento más atenuado. Tal vez mañana, en una de ésas mañana va a ser el último.   

Se vio muy niño, camino a encontrar su memoria. Caras que vagamente se le presentaban. Voces más o menos conocidas que evocaban esos rostros y algunas melodías simples que aún en ese momento, en plena caída libre, se seguían pareciendo la más exquisita de las músicas, nunca olvidada y mucho menos superada a lo largo de su historia, así como la fragancia de quienes se acercaban a su lugar a verlo, a llamarlo por su nombre que en ese entonces aún no reconocía, pero que desde el fondo de alguno de los sitios primordiales de la conciencia, seguramente lo iba asociando con alguien que cada día le resultaba más familiar. Así se fue conociendo, primero a través de sus manos, que exploraban su cara y la iban dibujando adentro, donde se mantiene viva la sustancia de los recuerdos para cuando son necesarios, después de las manos, inevitablemente llegaron los espejos y a él le pareció bien, al principio no tenía opinión de lo que veía, pero con el tiempo se le fue haciendo habitual y hasta agradable el rostro que cada mañana le sonreía del otro lado y lo acompañaba en el comienzo del día.

Se vio solo en el banco de una plaza sin nombre de una ciudad desconocida a una hora indefinida donde la mitad de la luz era oscura y la otra mitad no alcanzaba para que los ojos funcionaran bien y esforzaba la vista para distinguir puntos de referencia mientras el tiempo se deslizaba por los costados y se iba alejando como un tren invisible y continuo que no daba ni pedía tregua. Detrás de ese tiempo vio a quienes hasta hacía poco estuvieron con él, los vio llevarse las voces y las palabras compartidas, sin dar vuelta la cabeza para mirar atrás como si estuvieran dejando para siempre un campo arrasado por la sequía o la guerra y se vía hacia adentro vaciándose a medida que cada palabra perdía su significado y cambiaba de manos, que cada segmento de historia se plegaba en miles y miles de dobleces hasta hacerse un punto y desaparecer sin dejar huellas, hasta que sintió que se iban sin despedirse los perfumes que después de tantos años ya eran fragancias que vivían de su piel hacia adentro, igual que algunas imágenes que eran más grandes que sus ojos  y lo ayudaban a que el horizonte fuera siempre su aliado en esos día donde nada parecía valer demasiado la pena. Voces, segmentos, imágenes, fragancias y algunos destellos de la música infantil. Todas esas cosas que lo habían hecho crecer a salvo del derrumbe, junto con las caras y las siluetas de quienes fueron él tantas veces. Todos de alguna manera habían sido él y él era porque ellos fueron, sobre todo esa figura, esos contornos, esa majestad que en nombre de la comunión sin límites se había apropiado de las sensaciones, encabezaba el éxodo y dejaba a su paso un aire movedizo que se negaba al reposo y a la vez asfixiaba el dolor hasta adormecerlo.

Se vio él sin ellos. Se vio solo. Se vio vacío, un espacio sin límites donde burbujeaban las tinieblas y se incubaba el dolor persistente del día a día sin sentido, con un tiempo viscoso, lento, inútil. Sintió nuevamente las ráfagas de viento sacudiéndole la cara, en un despertar bestial y sin atenuantes. Vio las formas claras de las casas en el límite donde la ciudad se iba apoderando lentamente del campo, autos por los caminos grises. Aquí y allá las figuras pequeñitas, como maravillosos juguetes hechos por un genial artesano, casi, desde esa altura, parecían hasta tener vida propia. Tiró del cordón porque ya era tiempo y no hubo cambio, no sucedió la sacudida que lo arrojaba hacia las alturas de nuevo al abrirse el paracaídas. Estaba mucho más cerca y veía mucho más claro. En un momento, la vio, se le despertó la última sonrisa en el último salto de ese último día mientras la tierra abría los brazos y le prometía el descanso que venía buscando desde hacía tanto tiempo.

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