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-II-

 

Uno ama lo que ama por lo que es y no por lo que pretende que sea y en el caso de mi amor hacia la medicina, este precepto tiene plena vigencia, más aún porque la conozco y la acepto limitada como lo es toda concepción humana por definición, con muchas debilidades, carencias y huecos por los que suelen filtrarse mitos, conceptos falsos y creencias erróneas que muchas veces confunden tanto al crédulo como al  escéptico y hacen temblar a veces su estructura que se queja, cruje, se resquebraja, pero al final sigue erguida, con lastimaduras y alguno que otro moretón, pero de pie como siempre. No en vano mi amada ha sufrido o ha tenido que dar a lo largo de su riquísima historia más de un golpe de timón para rectificar rumbos que de haber sido mantenidos, conducían directo hacia el fracaso y es probable que fuera alguno de los enamorados que comparten mi sentimiento el que percibió el naufragio inminente, de modo tal que ella salvó su estructura y tuvo mucha mejor suerte que el Titanic. Alguna que otra vez tuvo ella que mirarse a sí misma y ver en lo profundo de su propia esencia el modo de redescubrirse y resultar vencedora, aniquilando las amenazas y el egoísmo.

La amo por pura y honesta, por ser una fuente continua de desafíos y porque está llena de matices que la hacen virtualmente inagotable. Estoy perdido por ella, a pesar de que no siempre responda a mi cortejo con la pasión y la expresividad que yo desearía. No me desanima que de tanto en tanto sea esquiva, ni esa actitud mella mi locura que en relación con ella es invulnerable e imposible de destruir. No obstante, debo reconocer que lo que percibo como frialdad y toma de distancias, se me ocurre que depende mucho más de mis expectativas que a veces son demasiado grandes que de su capacidad de entrega que me ha demostrado con el tiempo que no tiene límites. Esta suerte de discordancia que de vez en cuando me parece que existe y se me pone enfrente como una obsesión que llega a paralizarme, tiene más que ver con mi ansiedad de ser correspondido en el sentimiento, ansiedad que enturbia la visión y no me permite la perspectiva, de modo tal que veo sombras donde no las hay aunque también es cierto que el sentimiento se ha hecho tan profundo que la búsqueda de la luz es permanente a pesar de todo.

Amo la medicina porque me ha conquistado sin someterme, me ha invadido sin anularme, me habita sin quitarme espacio para el vuelo propio y me permite crecer muchas veces a pesar de mis propias deficiencias, las cuales tantas veces ha disimulado con la discreción que la caracteriza, sin juzgarme y mucho menos condenarme, sólo limitándose a una entrega absoluta que no se atenuaba ni en los peores momentos, cuando su presencia era lo que me mantenía a flote, aún en lo peor del temporal. Eran tiempos en los que la inseguridad y la conciencia inevitable de mi alma frágil y vulnerable me llenaban de angustia y me sumían en la desesperanza, hasta que la salvación se materializaba en un diagnóstico oportuno al que llegaba con pocos indicios y mucho esfuerzo o el alivio a alguien cuyo sufrimiento no hubiera alcanzado a comprender si ella, mi amada medicina, no me hubiera guiado por los laberintos del alma sin extraviarme o el encontrarme frente a frente con quien me confió su suerte en un momento trágico de su vida y al que le serví de bastón para que el ascenso por la escarpada ladera de la recuperación fuera menos penoso. Esas cosas funcionaban a la vez como el agua que revive al expedicionario perdido en el desierto, la mano que puesta en el hombro infunde el valor que hace falta para intentar el próximo paso. Funcionaba también como la estrella del atardecer que a la vez que da paz, recuerda que pese a nuestra grandeza y complejidad, seguimos siendo de algún modo insignificantes en comparación con el universo. Ni dioses cuando nos acercamos a la verdad y  hasta llegamos a impactar justo en su centro, ni demonios cuando no podemos sacarnos de encima el error, perseveramos en él y encima no somos capaces de ver la ayuda que llega porque a veces no atinamos a levantar la vista porque nos empecinamos en mirar el sendero sin desviar los ojos de él, creyendo que de ese modo encontraremos la salida, sin darnos cuenta que nos hundimos más en cada paso que damos.  

Amo la medicina porque siempre me permite volver al origen. A mi propio principio y al inicio mismo de las cosas, cuando iban apareciendo una a una las palabras porque siento la medicina como el alivio del ser humano lastimado, cuya historia es ciertamente la historia completa de nuestro mundo que transita por todos los estados posibles mientras fluye el tiempo. Desde el dolor que rodea la enfermedad al éxtasis del alivio, desde la tristeza extrema por saberse débil y vulnerable, hasta la alegría sin límites cuando se ha cruzado el puente y el sufrimiento se quedó por lo pronto aislado e impotente en la otra orilla. La medicina, mi amada medicina, está presente en todos esos momentos, acompañando cada una de esas sensaciones que no sólo son únicas e irrepetibles, sino que suelen ser absolutas y no admiten comparación ni medidas relativas porque cada uno las vive desde su propia perspectiva y allí reside una porción crucial del arte de hacer medicina que es tomar del que sufre sus experiencias, para unirlas con nuestro conocimiento, juicio y experiencia y de ese modo edificar una estructura sólida y efectiva para el alivio, evitando por sobre todas las cosas producir más daño que el que ya está hecho.

Afortunado del que comprende el mensaje del dolor y no puede ser indiferente ante él, sabio el que lo trata como un adversario, no como un enemigo y consigue encontrar el sentido de su existencia. La medicina, entre otras cosas, me ha enseñado con paciencia y a través de todos estos años a dominar el miedo y usarlo como herramienta de combate, a descubrir el mundo invisible que palpita mientras las enfermedad gana terreno, mundo invisible que no cuenta con palabras para expresarse, de donde uno tiene el deber de acercarse al otro en un encuentro sentido a sentido porque es la única manera de llegar a esa especie de fragua donde se forja el sufrimiento y se une en una aleación indivisible con las emociones y los afectos. No se trata de impedir que este nuevo elemento se forme porque ese don no es humano, pero sí debemos hacer el máximo esfuerzo desde nuestro rol de médicos para identificar en qué proporción se encuentran los componentes cada vez que nos enfrentamos con una situación de enfermedad. En ese momento es imperativo conocer cuánto de sufrimiento, cuánto de emoción y cuánto de afecto tiene cada uno de los síntomas que emergen.

Me enorgullece reconocer que todos los días encuentro motivos para renovar mis votos de amor por la medicina, amor que siempre es nuevo, diferente y que en su crecimiento supera con creces lo máximo que yo en algún punto de mi vida, hace más de treinta años, imaginé sentir. Podemos llamarlo vocación, no está mal como término porque en cierto modo sí me siento llamado a ser lo que soy y hacer lo que hago para seguir siéndolo porque actuar de modo contrario sería traicionar mi esencia y ensuciarla. Me siento llamado a imprimirle pasión a lo que hago, pasión que a veces me juega malas pasadas porque genera sentimientos extremos, tanto positivos como negativos, pero como se trata de una pasión honesta y transparente, así como los encuentros producen plenitud, los desencuentros generan aprendizaje, crecimiento, comunión cuando son resueltos y jamás dejan secuelas. Así como puedo acordar que vocación es una palabra adecuada para definir parte de lo que siento por la medicina, también debo asumir que me une a ella una relación casi sensual, del piel y sentidos, de necesidad en cuerpo y alma de estar en ella porque a través de esa unión no sólo crezco, sino que soy mejor, hasta incluso capaz de tomar el riesgo sublime y extremo que implica intentar la bondad porque hacer cosas buenas es una actitud de compromiso activo y profundo, como lo es la medicina. Sin generosidad, entrega, empatía, humanidad y amor, ella termina reducida a una mera reparación de cuerpos averiados.

Amo la medicina también porque me permite mirar las almas, en ocasiones detenerme en su luminosidad y no pocas veces aprender de ellas, en especial de las que son más grandes que la mía porque han encontrado en la adversidad que implica el sufrimiento, un puente hacia la perfección y no una excusa para sumirse en la ciénaga oscura de la derrota que entumece, luego paraliza, con el tiempo embota los sentidos y anula de tal manera la voluntad que le termina abriendo de par en par las puertas a la muerte. Quién fuera capaz de enseñar ese camino que es probablemente el que conduce a la verdadera curación.  

Amo abrazarla aunque siempre fracaso en el intento porque es inabarcable, así como amo describirla aunque nunca lo logro porque es indescriptible y en esa búsqueda por definirla, comprenderla, aprenderla se basa uno de los pilares más importantes de mi plenitud porque cada día que termina, sé dentro mío que tengo algo nuevo que dar para el día de mañana y sé también que ella de algún modo es la que o me lo ha entregado o me ha dado las pistas necesarias como para conseguirlo, a la vez que me ha ayudado a subir un par de escalones más para llegar al punto donde se percibe netamente la diferencia entre trabajar de médico y serlo.

 

Ilustración de Milo Manara

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