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Esta sensación tengo hoy, sin ninguna implicancia romántica que haga referencia a amores perdidos o a uno de los sabores dominantes de lo que nosotros conocemos en el país como comida china. La sensación es más profunda y no pasa por lo sentimental ni lo gustativo, sino por el universo de las expectativas no cumplidas, de las carencias evidentes, tanto que ya no pueden ser ignoradas y mucho menos disfrazadas con otros nombres. Esta sensación pasa por una vocación prácticamente intacta que se ve amenazada por enemigos internos y externos que no se han planteado otro objetivo que hundirla para que termine su tiempo en el fondo del mar y no queden rastros de ella. Pasa por ver a mi alrededor como se construyen día a día estructuras de ineficiencia, se adoptan conductas que tienden a homogeneizar la mediocridad y se legitiman personajes que no sólo han hecho daño comprobable y documentado, sino que no tienen otra capacidad que seguirlo haciendo porque lo único que necesitan es su porción de poder como sustrato.

De esto se trata. De amar con pasión la medicina, de haberme dado cuenta de nuevo que este amor, después de encuentros y desencuentros, de alejamientos y vueltas, de negaciones y reafirmaciones sigue de pie y percibo que más fuerte que nunca. Siempre quise ser médico y por más que en estos últimos tiempos dudé de mi vocación más de una vez, no hubo modo de que pudiera extirparla, así que depuse armas y dejé de resistirme, lo que fue un dulce reencuentro con un viejo amor que siempre rondó mi vida, la habitó y la hizo más rica y mejor y promete seguir con ese modo de invadirme, a lo que no me pienso resistir.

Lo malo es que no puedo disfrutar de lo dulce con toda la intensidad que quisiera porque lo agrio, lo ácido, lo repugnantemente abrasivo me acosa y no encuentro forma de evadir el asedio. Estoy rodeado de gente que no entiende valores básicos, tales como que no debe morderse la mano que dio de comer, no deben tomarse actitudes corporativas del tipo todos somos uno (porque de ese modo nadie es individuo y por ende no se le puede responsabilizar de nada), no se debe maltratar al débil (en cierto modo el paciente se halla en una situación de debilidad) y no se debe pensar en uno como poseedor o custodio de la verdad establecida. Esos valores, según se respeten o no, son divisorios de agua y veo en el medio donde me muevo que no hay demasiada vocación como para tomarlos como precepto de vida y práctica, así como no parece interesar a muchos de los que tienen mi mismo título (me resisto a llamarlo colegas) que realizar adecuadamente una valoración clínica, gestionar el propio conocimiento, comprender el sistema en el que se trabaja, tener habilidades de comunicación, tomar decisiones y resolver problemas en beneficio del paciente hace a un médico realmente médico y no meramente ‘doctor’.

Hoy tengo que contar la sensación. Mañana, si es posible, trataré que lo dulce triunfe como veo que va a suceder, pero hoy déjenme sacarme este gusto espantoso de la boca antes de hablar como corresponde de lo agrio porque es un tema lo suficientemente serio como para que se tome a la ligera

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