Home

 (Cinco minutos antes del final)

– No tenía veinte años. No es justo, doctor. Cuando lo encontré, tenía este papel en la mano. A él le gustaba escribir. Se pasaba el día escribiendo. Su papá no lo entendía y yo le decía que estaba preocupada que se fuera a quedar corto de vista porque lo único que hacía era leer y escribir. No le mostraba a nadie, pero yo sé dónde escondía las cosas, pero hasta ahora, desde lo que pasó, no tengo el coraje de ir y sacar los cuadernos. Nunca, ni cuando él estaba, se me ocurrió leer algo suyo a escondidas. Me daba pudor no sé, o sería miedo ¿Importa ahora?  

Aquí falta lugar y sobra espacio

hay demasiado blanco en la pared

apenas dos hebras de sol frenan la marcha se congelan contra el aire

y buscan un lugar para alumbrar

Aquí faltan un par más de esos recuerdos

y sobra esa memoria traicionera de rincones lejanos

de trampas y de acechos que al final son emboscadas

de ecos que se clavan en el centro de la trama sutil de la razón

o acaso se amparan en el extremo más remoto de las cosas

a veces dentro de mí o tan del otro lado algunas veces

que ni sé  en qué cara del espejo está la luz

Menuda y más pequeña aún en apariencia porque estaba como plegada sobre sí misma, vencida y a punto de resignar el alma, como quien entrega la bandera al final de una batalla al vencedor y después de eso queda completamente vacío.

Aquí falta raíz y sobran hojas

que aprisionan los vientos

aunque nunca logren detenerlos

se desbocan en el aire como manos en tropel

como alas descarriadas e incompletas que salen a volar como a morir

–           No tenía veinte años, doctor, los cumplía la semana que viene. ¿Le parece justo? Por primera vez con el papá nos pusimos de acuerdo para hacerle una fiesta sorpresa y regalarle la computadora que tanto quería. Pobre. No sospechaba nada, él siempre tan en su mundo. Usted ya sabe cómo son estos chicos.

Aquí falta la verdad y sobran dudas

existe lo que está y también lo que no es

la realidad se da por vencida en cada sueño

y se burla de mí con la ironía oscura, extensa y plana de la noche

que azota con un látigo de sombras cada uno de los puntos de mi piel

–          Yo sé que a veces nos equivocamos, pero todo los hacemos por el bien de ellos. Si hasta yo le aguantaba la noviecita esa última que trajo a la casa, la de los aritos en la ceja y el tatuaje. No le decía nada ni de ella ni de los amigos raros que tenía. Nunca le dije nada y el papá tampoco porque teníamos miedo que se molestara. Era sensible, doctor, reconozco que lo afectaban muchas cosas a las que la gente no le da importancia, pero así es él, perdón, era. No me acostumbro, doctor, ¿Qué quiere que haga? Pero pienso que por lo menos yo vengo a verlo, en cambio, el papá ni eso.

A veces soy igual que otras veces

me despierto para ver y veo bien

las estatuas congeladas que se quiebran y no mueren del todo

no alcanzan a caerse aunque estén heridas por el frío de la tarde

con filos de hielo como espadas que se hunden

y me clavan al horror una vez más

sin piedad me dejan con el miedo helado entre las manos

me dejan

me dejan y se van

Pero a veces duele más que otras veces

a veces veo mal él está y yo no estoy

me acecha escondido en su lado del espejo

mirando si yo miro

espera con la paciencia estancada de los muertos

o la helada inmovilidad del asesino

que yo decida disparar de una vez la eternidad

Terminé de leerlo y volví atrás un par de veces con puntos que me habían producido una sensación extraña que no era capaz de definir con claridad. Era una mezcla de miedo profundo y no sé exactamente cómo decirlo, de identificación, de percibir con claridad que yo podría haber escrito cada una de las palabras o peor aún que las venía escribiendo desde hacía mucho. Consciente o no de las páginas que llenaba a lo largo de mi tiempo, lo que acababa de leer, en cierto modo me pertenecía. Un escalofrío me devolvió al mundo y miré a la mujer que esperaba una respuesta que definitivamente yo no estaba en condiciones de darle. Traté, juro que traté de explicarle que nadie podía decirle qué se hace con tanto dolor y usé todas las recetas que conocía como para intentar que entendiera que ella no tenía la culpa y que la culpa es una cosa muy diferente. Le pedí serenidad, calma. Le traté de explicar que hay cosas que sólo pueden verse un tanto más claras después de que pasa algo de tiempo y mientras más le decía, más estúpido me sentía, más inútil. Todo lo que había aprendido en estos años no servía para nada. Me veía sobrepasado por alguien que sólo necesitaba alivio y yo no era ni siquiera capaz de mirarla a la cara. Hice el ademán de ponerme de pie, cosa que casi nunca falla y afortunadamente para mí (¿será?) esta vez también funcionó. La acompañé hasta la salida del consultorio y la despedí pidiéndole que se cuide (yo era incapaz de cuidarla). Cerré la puerta y volví a mi escritorio. Sin pensarlo, por un impulso que no sentía desde mucho tiempo antes, empecé a escribir

 Aquí falta lugar y sobra espacio, hay demasiado blanco en la pared …

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s