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Nuestro país suele ser el paraíso del espasmo, a la vez que una tierra pródiga y generosa donde crece saludable el doble discurso y un reino en el que la bipolaridad ha encontrado su lugar en el mundo. Bendita patria de la luz de giro hacia la izquierda mientras el auto dobla a la derecha, de la creencia popular de que somos los mejores del mundo, mechada con la queja cotidiana que hace pensar que no sólo el planeta, sino toda la galaxia está en contra nuestra. Sentimientos paranoicos aparte, cuesta cerrar la ecuación si el primer término es la megalomanía y la hipertrofia del ego, mientras el segundo es la enumeración de miserias propias proyectadas en un supuesto agresor ajeno, conveniente depositario para poner a buen resguardo nuestras carencias. Fascinante bipolaridad la nuestra, parafraseando a André Malraux, ‘De la agonía al éxtasis’ … y viceversa. Es asombrosa la facilidad que tenemos para ir en un abrir y cerrar de ojos desde la cima del Everest al fondo del más profundo de los abismos marinos. Cuántas veces se ha determinado de un momento a otro que algo es importante, vital para el futuro del país y de inmediato se destinan esfuerzos y recursos a otra cosa que probablemente ni figuraba en la agenda de prioridades. Lo más curioso del caso es que no pasa nada. Todo sigue igual y seguramente la semana próxima habrá uno o más vaivenes por el estilo, como para  no perder la costumbre y de paso conservar el promedio.

Sobran ejemplos en el campo de la medicina y sobre todo en el ámbito de la práctica pública de este tipo de conductas espasmódicas y desconcertantes que por fortuna para la credibilidad del sistema, aún no son de conocimiento masivo y permanecen tras las bambalinas del escenario asistencial, a buen salvo de la vista del gran público, sólo accesibles para los iniciados. No obstante y pese a la precaución de guardar este tipo de secretos bajo más de una llave, la filtración de información existe y de una o de otra manera, la gente se va dando cuenta de cómo viene la mano en algunas cosas y a partir de esta premisa, el pescado podrido es cada vez más complicado de vender. Fresco está el recuerdo del papelón del 2009, el año que embarbijó el país y a la vez se estableció que tener un oseltamivir a mano era poco menos que disponer de una cantimplora llena de agua fresca en el desierto de Gobi a las doce del mediodía. Los hospitales abarrotados de gente que más que a atenderse, iba a contagiar y ser contagiada porque al menos en nuestra experiencia, la enorme mayoría de los supuestos portadores de influenza llegaban a la Guardia sin fiebre o sea sin influenza, con un cuadro de catarro común que de donde yo vengo se soluciona con un par de días en casa un analgésico, mucho líquido y paciencia para aguantar el malestar. A nadie se le ocurrió propalar la simple frase: ‘Si no tiene fiebre, no tiene gripe’, sentencia tajante que con su sola internalización en las masas aterrorizadas por el apocalipsis personificado en la figura de un malévolo virus, hubiera servido para disminuir drásticamente la consulta en la mayoría de los centros de salud del país. Además de prevenir la sobrecarga, seguramente no habría habido tanta oportunidad de desperdigar oseltamivir a manos llenas, como caramelos en Halloween, ni se hubieran cometido tantos errores de interpretación de situaciones clínicas que en algunos casos costaron vidas porque en esos tiempos pareció olvidarse por parte de muchos integrantes de la clase médica en la emergencia que la gente seguía enfermándose de otras cosas que no eran gripe y quien pueda desmentir esto, pues que lo desmienta, pero hubo como una amnesia clínica generalizada y pocos recordaban la existencia del resto de la patología prevalente en la emergencia.

Qué cosa, pasó el 2009, por supuesto sin satisfacer las expectativas de los profetas de catástrofes y nunca más vimos la profusión de barbijos que aparecieron quién sabe de dónde para desaparecer con la misma velocidad. Consultando la bibliografía, la gripe estacional del 2010 también se contagiaba por vía aérea, como la del 2011 y la de 1918. En 2009 los barbijos eran una especie de símbolo de la preocupación estatal por la epidemia y así como podía interpretarse de igual modo la compra irracional de medicamentos que la evidencia médica no consagraba efectivos para curar, sino sólo para producir alivio y disminuir en el mejor  de los casos un día promedio la duración de las manifestaciones clínicas. De esta propiedad del oseltamivir, la única probada realmente por la evidencia, nadie decía nada, así como tampoco había demasiada preocupación por los efectos secundarios. Sí, es cierto, hubo quienes sacaron a la luz la más refinada de las paranoias y postularon que los países del norte probaban los medicamentos en los incautos y desprotegidos humanos del hemisferio sur. De esa treoría se habló bastante, debo decir, al menos en los circuitos extraoficiales. De todos modos, salvo complicaciones, la enfermedad en total duraba de 7 a 10 días, exactamente el mismo tiempo promedio que antes de que aparezca el oseltamivir. Poco se dijo del olor a negocio lucrativo que perfumaba la epidemia porque hubo gente que hizo una muy buena diferencia. No hablo del perejil que se hizo un par de mangos con una partida de alcohol en gel en un barrio perdido del interior ni del que vendía los barbijos como si fueran hechos por Armani ni del que cobraba el paracetamol a precio de oro. De esos hubo varios, pero son las ratas de siempre, las que están enquistadas en cualquier sociedad, las que no se pueden erradicar ni con un regimiento de flautistas de Hamelin. Esos no son los que hicieron las grandes diferencias, pero justamente eran los que más aparecían en los noticieros. La plata grande que generó la epidemia hay que buscarla en los más altos niveles, allí donde convergen las tres premisas básicas para hacer grandes negocios, el acceso privilegiado a la información con poder para cambiar su contenido según la conveniencia, la capacidad prácticamente ilimitada de presión y el beneficio de la protección absoluta que coloca a esta gente fuera del alcance de la ley, por más largo que sea su brazo. En latín diríamos ‘Intelligenti, pauca’, lo que vendría a significar que a buen entendedor, pocas palabras.

De la gripe al dengue, del dengue a los incidentes de tránsito, de los incidentes de tránsito a la desnutrición, de la desnutrición a la diarrea y así vamos, saltando de piedra en piedra a través de un torrente bastante  ancho al parecer porque desde que tengo uso de razón, lo venimos cruzando. Ese modo de andar a los brincos por los problemas, tocando el timbre y escapando para que se haga cargo el gordito que corre más lento o el que se distrajo y quedó rezagado. El mundo real no admite reflejos lentos. Está hecho para astutos y de paso se sabe que la astucia es la más animal de las formas de inteligencia. Se actúa desde el estado, en salud al menos, sin ni siquiera tomarse la molestia de aparentar que se tienen claros los objetivos básicos con una línea directriz que conduce a un determinado punto y que los conductores, precisamente, tienen al día su registro, los papeles del vehículo en orden y conocen mínimamente la ruta como para no llevarse puesto el primer obstáculo que se les cruce delante. No se necesita ser Premio Nobel de sentido común para darse cuenta que en este país que se ufana de tener cobertura universal, las cosas no funcionan como se pretende hacernos creer desde las más altas esferas de la conducción política y no funcionan porque los errores y las omisiones se han infiltrado de tal modo en la estructura, han penetrado hasta una profundidad tal que forman parte integrante del sistema. Suena un tanto apocalíptico, pero no lo es porque nadie está en condiciones de negar que por lo menos en la mayoría de los centros de salud pública del país, ocurren diariamente más de una de las siguientes situaciones:

* Se suspenden cirugías que en el sector privado se realizarían sin contratiempo alguno

* Se dilatan los procesos y llega a suceder que pacientes con un cáncer detectado en una etapa con grandes chances de curación, sea intervenido tanto tiempo después que la oportunidad de oro ya ha pasado y además no queda otra alternativa que hacer un procedimiento más riesgoso con menos éxito en relación a la curación

* Se deben soportar situaciones humillantes de esperas eternas, sólo porque nadie toma la decisión de gestionar el funcionamiento de un servicio

* Se abarrotan las salas de emergencias de los hospitales complejos con pacientes que deberían ser resueltos con éxito en el primer nivel de atención. Esta saturación de demanda desvirtúa la misión de un hospital y lo convierte en un enorme centro de salud

Suena paradójico que en un país en el que se proclama que todos y cada uno de los ciudadanos tiene derecho a la salud, acceder a una atención confiable, eficiente y eficaz sea tan complicado. Así, del mismo modo que la Santa Iglesia Católica, especialista en ahuyentar a sus propios fieles no tiene derecho a quejarse por el avance de los Cristianos Evangélicos, así nosotros, profesionales de la salud pública estamos a punto de perder la autoridad moral para poner el grito en el cielo ante la profusión de curanderos, terapias  alternativas, remedios mágicos, automedicación y farmacología mediática porque tampoco nosotros estamos haciendo el mínimo esfuerzo para mantener leales a nuestros feligreses. Amén.

 

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