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Nadie puede poner como excusa que es ajeno a la realidad si tiene la intención de conocerla, dispone de las herramientas para hacerlo y es capaz de usarlas de modo racional. Bajo esta premisa, no enterarse es probablemente el modo más vegetativo de irresponsabilidad porque a la vez que no se produce movimiento ni estímulo en el entorno, el interior del ser humano permanece inmutable, lo que equivale a decir que se degrada porque una persona que no se permite la oportunidad de intentar cambios tiene dos posibilidades de justificación, o está gravemente enferma o está muerta.

Por el costado de nuestra vida diaria pasan cosas de manera constante. Algunas llegarán a conmovernos sin despertar por ello ninguna acción como respuesta. Otras, en cambio, producirán indiferencia y el resto, en general la minoría, tal vez y sólo tal vez, será capaz de pasar la barrera de la consternación, de la bronca, de la impotencia y de la pasividad para generar de algún modo un cambio en la conducta que tienda a que la situación no sólo revierta, sino que en lo posible, hasta llegue a mejorar. Alguien que no tiene la vocación de incidir positivamente en el entorno, debería dar muchas explicaciones a la hora del juicio final, asumiendo que crea que ese día va a llegar y si su fe no incluye ese postulado, las explicaciones debería dárselas a sí mismo y a quienes se supone lo rodean y lo legitiman como ser social.

Es probable que cualquier ser humano tenga al menos la potencialidad de ser médico de su entorno y hasta asuma el arduo proceso que incluye diagnosticar el o los trastornos y escoger la mejor manera de manejarlos, con efectividad para lograr que se corrijan y con el menor daño asociado posible. No es de ninguna manera sencillo porque implica en síntesis ser bueno y la bondad no es una virtud inmanente que, al igual que un tatuaje o un estigma, no se degrada con el tiempo, sino muy por el contrario, es una característica dinámica, en cambio constante y que incluye la predisposición a tomar riesgo mientras se hacen cosas buenas porque pese a que suene paradójico, es peligroso hacer el bien, sobre todo porque la tolerancia a las equivocaciones es menor, mientras que es mucho más importancia la frustración ante un eventual fracaso. Los buenos se juegan porque en la mayoría de los casos navegan contra la corriente y se apartan de ciertos mandatos que de algún modo proponen no comprometerse, en el sentido de no pensar en el otro en situación más desfavorable porque ser solidario implica asumir responsabilidades y sin duda resulta mucho más cómodo y económico mirar cerca y evitar en lo posible desviar la vista hacia los costados, por donde, como ya se dijo que pasan las cosas de nuestra vida.

Sería simple y no exento de cierta utilidad práctica tratar de explicar la dinámica del mundo dividiendo a los protagonistas en dos grupos, el de los buenos y el de los malos. El eterno blanco o negro que tanto daño ha hecho a la historia de nuestro querido planeta. Sencillo sí, pero a la vez estrecho de visión e incompleto como modo de acercarnos al interior de las personas que dada su infinidad de matices, resulta virtualmente imposible que posean un comportamiento lineal y previsible que permita a los encargados de la clasificación encasillas a cada uno en el sitio correcto. Se ha tratado entonces de considerar que las personas pueden, a la hora de medir sus actos, consideradas enfermas o sanas y se vio que existía un gran peligro cuando se asimilaban las conductas inaceptables, inmorales o desviadas de las convenciones, como producto de mentes enfermas porque ello implicaba un doble peligro. Por una parte estigmatizar al enfermo como potencial generador de maldad, sobre todo en el caso de adictos y por la otra, liberar por definición a los ‘sanos’ del riesgo de cometer las atrocidades que cometían los enfermos, lamentablemente, sólo por su condición. Tal vez los seres humanos somos menos perfectos de lo que incluso algunas religiones han pretendido hacernos creer. Tal vez lo de la imagen y semejanza es sólo una analogía bíblica, un recurso literario al fin que nosotros en nuestra avidez de figuración nos terminamos creyendo. Tal vez sólo seamos criaturas a veces medio ciegas andando a los tumbos por caminos que no conocemos, tropezando y cayendo, poniéndonos de pie a veces con dignidad y a veces con el resto de fuerza que nos queda, para volver al sendero y correr peligro de derrumbe a cada paso, eligiendo bien la ruta a veces y equivocándonos otras. Tal vez seamos seres buenos por naturaleza que hemos trazado como objetivo de nuestro paso por este mundo evitar el mal, como acción o como sufrimiento o en una de ésas es a la inversa y lo que perseguimos a lo largo de nuestra vida es la posibilidad de consumar aunque más no sea un acto realmente bueno que sea capaz de darnos no sólo trascendencia, sino la paz suficiente como para poder conciliar el sueño y ser capaces de levantar unos instantes la vista sin temor a toparnos con miradas de acusación.

Cuando veo un bombero entrar en un edificio que se ha convertido en una bola de fuego para salvar a alguien que no pudo escapar. Cuando veo un policía poner el cuerpo delante de un indefenso y recibir la bala que tenía otro destino. Cuando veo un cura en medio de lugares a donde no iríamos ni por todo el oro del mundo, con la sonrisa a flor de labios y racimos de niños con la expresión de gratitud que sólo tienen los que sólo saben compartir porque llevan demasiado tiempo esperando tener algo no sólo en el estómago, sino en el alma. Cuando veo un médico o un enfermero o cualquier profesional de la salud deteniendo su marcha vertiginosa de fabricante de soluciones para mirar un momento al que sufre y posar su mano en la piel ávida que como por arte de magia adquiere vida de nuevo aunque la curación, en el estricto sentido de la palabra, no esté al alcance de los hombres. Cuando veo una persona común de la calle partiendo en dos un pan, ofreciendo la mitad de su vaso de agua o poniendo una de las dos monedas que le quedan en la palma del que no tiene otra opción que pedir. Cuando veo eso, pienso que somos buenos por naturaleza y que durante nuestra historia tenemos sí dos objetivos. Uno es persistir haciendo el bien, como un modo de asumir la vida y el otro es evitar el mal, como negación de nuestra esencia.

Cuando veo que alguien muere solo porque nadie sabía que estaba enfermo. Cuando veo que hay tantos, pero tantos con tan poco, mucho menos de lo que necesitan y al mismo tiempo me lastima los ojos un puñado que tiene mucho más de lo que puede abarcar incluso con su imaginación. Cuando veo que las promesas en lugar de un valor son una especie de emboscada para hacer caer al incauto en el engaño de un futuro mejor a cambio de un voto. Cuando veo que el mejor ya no es capaz de marcar la diferencia porque se va diluyendo sin remedio en el fluido viscoso y oscuro de la mediocridad. Cuando veo que el futuro es una puerta cerrada incluso para los recién comienzan con su presente y nadie es capaz de arriesgar nada para encontrar aunque más no sea una llave que equivale a una esperanza. Cuando veo que se mira hacia un lado mientras en el otro hay quienes mueren sin oportunidad porque el que tiene el poder de distribuir las opciones ha decidido que es mejor negocio ponerlas en subasta al mejor postor. Cuando veo un niño o un anciano o una mujer que ya no son capaces de confiar ni siquiera en la mano que se supone debería protegerlos porque se ha transformado en un arma que sólo dispara violencia sin que el motivo importe, cuando en realidad no debería siquiera plantearse la posibilidad de que exista una razón que justifique tamaña cercanía con los monstruos. Cuando veo todo eso, pienso que no somos buenos por naturaleza y que el objetivo de nuestras vidas debería ser buscar a como dé lugar el modo de que el mal no gane terreno en nosotros porque debemos tener presente siempre que si nos invade, nos somete y si nos somete, la condena a la esclavitud será definitiva. Que así no sea.

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