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El tiempo es sólo un recipiente que puede tener distintos tamaños, formas, textura o colores. Puede estar hecho de materiales nobles o corrientes, tener la capacidad de resistir las condiciones más adversas sin alterarse o ser extremadamente frágil y ceder ante mínimas presiones, dejando caer su contenido por no tener posibilidades de preservarlo. Se quiebra, se resiente en su estructura y se vuelve inadecuado para su misión, con lo que de a poco o de golpe en otros casos, pierde de modo absoluto su sentido y termina siendo una cáscara vacía que sólo sirve para ocupar un sitio y si hubiera un poco de luz, proyectar sombra.

Puede que este recipiente esté pensado con boca ancha que permite salir a chorros lo que guarda en su interior, como una especie de torrente descontrolado, así que en un instante queda vacío. Los hay de boca estrecha o con gotero que sólo permite extraer una pequeña cantidad a la vez, con paciencia y esfuerzo, pero con un resultado parecido en todos los casos. Se necesita mucha dedicación y en ocasiones ha de ponerse un cuidado extremo para que el contenido salga y en estas circunstancias es muy poco probable que se derrame la más mínima cantidad en vano porque se trata de algo valioso que debe ser consumido sólo en circunstancias especiales.

Hay veces que la tapa del recipiente está cerrada y no hay modo de llenarlo ni tampoco de vaciarlo. Unos no tienen nada y otros guardan materia que se estanca, se corrompe y al final del ciclo queda inerte y sin su esencia. Lo que es más triste, sin haber conocido el exterior, al menos para probar si valía la pena haber sido creada. Esos envases en ocasiones atraviesan épocas de oscuridad confinados en sitios seguros adonde nadie puede llegar a importunar su sueño prolongado. Se añejan en la penumbra y pasan por la historia sólo como formas, sin siquiera tener la posibilidad de caminar por una senda lateral que puede ser menos gloriosa, pero que cumple el cometido de llevar al viajero a donde debe llegar, tarde o temprano.

Existen algunos recipientes bellos, hipnóticos en su perfección y que son exhibidos al mundo por sus dueños con un orgullo que se desliza a muy poca distancia de la soberbia. Verlos provoca una sensación de éxtasis. Vienen de todos lados personas a admirarlos, con el deseo secreto y profundo de poseerlos, cosa que sucede siempre cuando se está frente a lo que uno supone inalcanzable por la razón que fuera. Algunos audaces se acercan a tocarlos, a probar con la punta de los dedos su textura, su piel, el modo en que se ha resuelto su superficie para que pueda provocar la mayor cantidad de sensaciones, para que seduzca, atrape y finalmente capture. A poco de recorrerlos, se siente el frío como si miles de agujas atravesaran la capa cristalina y artificial de brillo y se clavaran hasta el fondo en los pulpejos de los dedos. Frío, desprecio de ese recipiente que nos considera por decisión propia una especie de intrusos que sólo provocan suciedad en la perfección de su máscara externa. Huellas que no deberían interrumpir la perfección radiante de un destello que enceguece. Sólo se necesita tocar esos objetos preciosos para darse cuenta que dentro de ellos no hay ni puede haber absolutamente nada que tenga valor porque ellos no permitirían que se amenace su equilibrio perfecto con cosas que puedan mancharlos o entorpecer su paso impecable por la historia y mucho menos permitir que su interior contenga algo que roce la perfección de sus profundidades. 

Finalmente, de vez en cuando se encuentran por el camino pequeños envases, a veces diminutos, tan insignificantes en apariencia que si uno no se detuviera lo suficiente como para prestarles atención, pasarían inadvertidos. De hecho, la mayoría de las veces los dejamos de lado porque tenemos la idea que la importancia depende de la magnitud. Esos recipientes mínimos que sólo son capaces de  contener una gota o tal vez un poco más, han sido creados precisamente para guardar puntos precisos de la historia de cada uno. Esos instantes, por llamarlos de alguna manera que en su momento hicieron variar el rumbo o dejaron una impronta indeleble en la trama compleja de los recuerdos que a partir de allí, ya no fue la misma. Son las  gotas que viven en esos pequeños envases las que una vez dentro del océano, lo hacen diferente.

De esto se trata, de lo que vive en los recipientes porque quien guarda puede ser engañoso en su apariencia, exteriormente deslumbrante y hueco por dentro o sencillos, pero pleno en su interior. Lo realmente importante es la materia con la que edificamos día a día nuestro tiempo y lo hacemos trascendente. Importa cómo tratamos ese tiempo y el equilibrio y la madurez que tenemos para saber cuándo es conveniente consumirlo joven e impetuoso y cuándo merece un tiempo de guarda y añejamiento. Encontrar el punto justo es posiblemente uno de los desafíos más sublimes que puede enfrentar un ser humano.

No tiene demasiada relevancia el volumen del objeto que lo contiene porque así como hay grandes cantidades de tiempo sin sustancia que ocupan espacio y no tienen otro sentido que el de la persistencia por el sólo hecho de estar, hay, por así decirlo, moléculas de tiempo que a veces no llegan a ser un instante, pero que tienen una capacidad ilimitada de marcar la diferencia. De lo que está hecho el tiempo es lo que vale, así como también vale lo que nosotros somos capaces de hacer con él y se sabe que desde que el mundo es mundo, hay tres tipos de personas en relación con esta circunstancia. Están quienes derraman las vasijas sin importarles dónde cae y a quiénes mojará su contenido, desperdiciando la mayoría cuando no todo, para quedar secos cuando aún no llegan a la mitad del camino que les ha sido propuesto. Están los que sellan con corcho, lacre y plomo fundido las tapas de los recipientes para que nada de lo exterior entre y menos salga lo que con avaricia sin límites esconden de los demás porque los domina el miedo a que el líquido se estropee o simplemente a quedarse sin él, de modo que deciden aislarlo, impedir que se lo roce y que ni siquiera pueda alguien acercarse a mirar de qué se trata porque ellos no aman el tiempo, sí la idea de poseerlo. Lo trágico es que de tanto estar estancado, el contenido al final se degrada, se fermenta y termina pudriéndose sin haber tenido la oportunidad de ser bebido por nadie. Finalmente están los que a veces por prisa, ansiedad, exceso de alegría o simple temor hacia las cosas que suceden, dejan caer al piso una que otra gota, otras veces se cuidan mucho cuando sirven lo que poseen en las copas que se les ofrecen y otras veces toman riesgo y dejan caer una buena cantidad porque perciben que es justo ahí donde hay sed que sólo se puede calmar con lo que hay en sus recipientes. Estos últimos, los que otras veces tienen la paciencia de esperar hasta que el espíritu del fluido se corporice, los elementos menos deseables sedimenten y la verdadera esencia se haga palpable, para recién abrir el recipiente y dejar que todos aquellos que llegan a él, beban cuanto les plazca mientras el dueño que en realidad es sólo un modesto custodio, sonríe pleno y se entrega a la sensación irrepetible y única que llega al alma cuando se es feliz.                 

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2 pensamientos en “Recipiente

  1. Muy pero muy bueno!
    Recorriendo los caminos de la vida, no todos gozan del arte de vivir , pero aquellos que se permiten destapar el corcho cuando el contenido no esté a tanta presión ,son los que empiezan a dar las primeras pinceladas que los hace sentirse vivos.
    saludos Olivia

    • La vida es una sola y no tiene repuesto, así como no tiene repuesto quien la vive. Se trata de una serie de encrucijadas, un flujograma que puede ser en ocasiones plácido y en otras demencial o alienante, pero es lo que hay y lo que nos toca, sumado a lo que provocamos. Como decía Litto Nebbia en una de sus mejores canciones: ‘Sólo se trata de vivir, esa es la historia’ o como sostenía (más o menos) Jean Paul Sartre: ‘Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros’.
      Gracias por el comentario y la compañía invalorable al blog

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