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Navidad. Uno de los días claves en el año que ha trascendido el espíritu de la celebración del Nacimiento por parte de los que profesan la fe católica y se ha convertido en una suerte de punto de convergencia donde acuden a la cita invitados disímiles con intereses diferentes. Algunos vienen motivados por el espíritu de unión y reflexión que se relaciona con uno de los nacimientos que sin duda cambió el mundo, otros llegan a la mesa convencidos de que lo más importante es el éxito comercial de una fiesta donde es protagonista un señor con barba y traje rojo y blanco, invento de la Coca-Cola en 1931 para mejorar la ventas, cuando quien importa es el niño venido al mundo en un humilde pesebre allá en el Medio Oriente, hace unos dos mil y pico de años. Lo que une la Navidad, comercio y espíritu, consumo y reflexión.

Qué cosa esta Navidad con nieve cuando Jesús seguramente tenía calor en sus primeras horas de vida. Navidad con pinos que no abundan en Belén o con renos en vez de camellos, tan típicos de la región que vio al Mesías por primera vez. Navidad en la que son tan importantes cosas que no deberían serlo. El momento de derrochar dinero y tentar al peligro con la pirotecnia, la hora de la comida que no tiene relación con nuestro clima ni nuestra idiosincrasia porque no cabe en la mente de alguien sensato que lo piense dos veces, atracarse con carne de cerdo, frutas secas, salsa de atún y mayonesa, turrones y garrapiñadas, regados con abundante alcohol en el verano subtropical que invitaría más una dieta más liviana. El momento en que se supone que Papá Noel hace su pasaje express por las casas y deja parvas y parvas de regalos (sólo en algunas porque otras tienen el árbol vacío) y se puede disfrutar por un instante de la cara de felicidad de los más pequeños que mantienen la ilusión de que ese y otros seres míticos existen, ilusión que seguramente será condimentada con una dosis de alegría proporcional al grado de respeto que Papá Noel tuvo con el pedido que el niño formuló oportunamente y por escrito. No seamos ingenuos y esperemos una explosión de dicha de un pequeño de menos de siete años que esperaba una Play Station® y recibe a cambio un set de autitos que ni siquiera son Hot-Wheels®.

Son más importantes los momentos de artificio, gula y consumismo que otros que deberían acompañar estrechamente a esta fiesta, como son la reflexión, la reinvención y en cierto modo la resurrección de cada uno de nosotros a través de nuestros proyectos y metas para el futuro, incentivados por la dicha de celebrar semejante Nacimiento y en consonancia con un sentimiento de alegría puro y pleno.

Conste y que quede claro que hace mucho, pero mucho tiempo me alejé, plenamente convencido, de la fe católica y del rito. El dogma siempre me pareció un tanto absurdo aunque al comienzo lo toleraba bastante bien. Dejo sentado que tampoco hago leña del árbol caído con las últimas actuaciones de algunos ‘representantes del clero’ o ‘dignatarios de la Iglesia’ porque estimo que deberían ser la sociedad, la justicia y la Iglesia quienes deberían arreglar y transparentar los desbarajustes cometidos por esta gente. No soy católico, pero sí lo fui y no reniego de ello, ni doy el perfil para que alguien salga a decir que ‘no hay nadie más fanático que un converso’. Simplemente creo que este tipo de fiestas son una de las pocas anclas que nos quedan para que nos aferremos a ella mientras ejercemos la complicada tarea de mirar hacia adentro para ver con cuidado qué debemos mejorar, qué es importante mantener y de qué hemos de sentirnos orgullosos. Mirar para adentro y también mirar para afuera y pensar por un momento qué bueno sería que ese dinero que gastamos en pirotecnia y en comidas y regalos que no necesitamos se derramara sin ofensa a la dignidad en las mesas de los que sí necesitan esas cosas. Una vez. Una sola vez en el año. En esta fiesta. Ponernos en el lugar del otro, del que tiene que cuidar su único par de zapatos, su única muda de ropa o del pequeño que vela con su vida para que no se le dañen esos poquitos juguetes con los que marca el territorio de la infancia y la hace más hospitalaria, incluso cuando hay un poco de hambre. Qué bueno sería que todos esos recursos que se desperdician iluminando los centros de compras, las calles y los miles de arbolitos (como si con uno más o menos grande no alcanzara), se usaran para asegurarle a los que nacieron con pocas oportunidades un mejor comienzo del año que ya se ve a la vuelta de la esquina.

Qué bueno sería con ese montón de dinero arreglar más escuelitas pobres, hacer que techos de casas humildes no filtren agua, lograr que a través de las paredes no irrumpa el frío a puñaladas en el invierno o que la comida caliente no sea un deseo que a veces se cumple y otras veces no. Qué fantástico sería que en esta fiesta, de las pocas que quedan en las que la paz es un deseo casi unánime, nos dedicáramos al otro con más empeño que de costumbre y así, de a poco adquirir el hábito de tender la mano porque seguramente del otro lado habrá una mano que la estreche y ese momento será único para dos que habrán logrado aunque sea por un instante, ahuyentar la soledad y saber que alguien está pendiente. Qué maravilla sería que nos decidiéramos a ser mejores para que los que tienen menos pudieran contar con nosotros y así habría menos chicos limpiando vidrios en los semáforos, más adolescentes leyendo y creando que navegando a la deriva sin metas ni proyectos, menos mujeres masacradas a golpes por sus amos y señores que no entienden otro código que el de la violencia. Qué grandioso sería que nuestros viejos pudieran sentirse lo suficientemente tranquilos como para estar orgullosos de ser viejos y no percibir que son una carga indeseable que debe ser gestionada de la manera más indolora posible para que no estorbe. Qué bueno, pero qué bueno sería que los mejores sean los mejores y tengan la grandeza y la madurez suficiente como para convocar a los que aún no lo logran y enseñarles algunos trucos al menos para encontrar el camino que vale la pena transitar.

Qué cosa esta fiesta del Nacimiento, con el gordo simpaticón y muy abrigado para esta época de año como estrella absoluta de la celebración, animador de Shoppings y anzuelo del consumo, mientras el Niño, sólo con su pañalcito, mamá, papá, el burro, el buey, los pastores y los reyes Magos, espera que la estrella de la sensatez nos ilumine y podamos darnos cuenta, dos mil once años después, de lo poco que hemos aprendido en este tiempo, pese a la cantidad de lecciones que venimos recibiendo.   

Feliz Navidad y que lo mejor de cada uno de nosotros ilumine la mesa que nos toque compartir

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