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Aún a riesgo de incurrir en cierto fundamentalismo, se puede sostener que todos los sistemas tienen algo de perversos y que si uno se decide a personalizarlos, obviamente adquirirán las características de sus miembros, los cuales le producen una impronta que los hace únicos y posibles de ser diferenciados unos de otros, aún de lejos. Sólo basta disponer de una agudeza visual estándar. Es así que se puede hablar del sistema educativo o del judicial o del de seguridad y por más superficial que sea la charla de café en la que se suelen debatir temas de tamaña importancia, se detallarán con una fluidez inaudita las características íntimas que definen a cada uno, se podrán delinear sin dificultad delinear los estereotipos de sus personajes más conspicuos, sacar a la luz las falencias, minimizar las virtudes y de paso, si el café de la mesa se ha adobado (o reemplazado) con algún producto de destilación, hasta podrán emerger propuestas de cambio que de revolucionarias tienen tanto como Hitler de tolerante, propuestas que tienden a que el sistema, precisamente, mejore y funcione como debiera. Es interesante el género humano en este sentido porque desde que el mundo es mundo, parece que nada funciona como debiera. Cuesta entender, entonces, cómo es que el planeta ha llegado a estas instancias siendo tan disfuncional como se ha sostenido a lo largo de su historia. Es innegable que el mundo ha ido rodando en cierta dirección desde que se conoce como tal, la discusión de si ha evolucionado o no, es pera otros ámbitos.

Ahora que estamos con los sistemas, los médicos pertenecemos al sistema de salud que a su vez se divide en diferentes sub-sistemas que en nuestro país han tornado la cosa tan complicada que resulta prácticamente imposible para un médico promedio alcanzar una de las competencias clínicas básicas que hoy en día se requieren para ejercer la profesión y que es ‘entender el sistema de salud en el que trabaja’. Salvo que sólo tenga actividad en uno y se dedique un buen tiempo a desenredar su maraña íntima, va a ser complicado que a la hora de asesorar al paciente y ayudar a que su asistencia fluya a través de los diferentes niveles de la estructura, las cosas salgan bien. En la mayoría de los sub-sistemas de salud, enviar a un paciente a gestionar prácticas, prestaciones o medicamentos equivale poco menos que a mandar un mensaje en una botella. Las leyes universales dicen que es muy probable que las mareas y las corrientes alejen el envase de la costa (si se tuvo la previsión de taparlo) y lo depositen en la costa opuesta, pero no se pude precisar ni lugar, ni tiempo de demora del viaje, ni posibilidad de contingencias que cambien su curso, de modo tal que en esta travesía por el océano, todo se va a ver como azaroso, al menos para los ojos no entrenados del lego que no conoce de física, meteorología y oceanografía. Casi resulta obvia la conclusión: El sistema está lleno, sino de perversiones, al menos de imperfecciones que ponen en constante riesgo la seguridad del paciente y por qué no la del médico, por carácter transitivo.

Los clínicos somos parte de esta trama compleja, con alguno que otro elemento perverso en la que se ha ido transformando el sistema de salud como un todo y los sub-sistemas como partes. No somos ni deberíamos ser espectadores del derrumbe del castillo de naipes que si no se cayó es porque la Ley de la Gravedad fue hasta ahora sumamente benigna con él. Sólo una brisa lateral y veremos las cardas desperdigadas por el piso, sin estética, dignidad ni orden. Con este panorama, visto así, la reconstrucción, si es que se intenta, va a resultar complicada, por no decir imposible. ¿Por qué digo que los clínicos no debemos ser espectadores del derrumbe?, sobre todo porque tenemos muchas de las herramientas que se requieren en esta instancia para evitar la caída de un sistema que si bien está malherido, puede tener salvación si se lo trata de manera agresiva, con decisión, sin piedad ni consideraciones absurdas y de una vez por todas. En este tipo de situaciones patológicas críticas y graves, la dilación es la tinta con la que se escriben los certificados de defunción. ¿Cuáles son esas herramientas? Hay más, pero se puede empezar con: Vocación sacerdotal, disponibilidad a bajo costo, visión global de la situación médica que motiva la consulta, razonamiento clínico, método de abordaje del paciente, manejo de alternativas, capacidad de decisión, conocimiento de los conceptos de eficiencia, eficacia y calidad y contaminación humanística.

Vocación sacerdotal: Incluso antes de entrar a la Facultad, se instila en los aspirantes a médicos, gota a gota a través de los huesos del cráneo, un discurso estructurado hasta en el último detalle que pretende convencernos que nacimos con destino de sacerdotes, seres para los que lo material no tiene importancia, ni peso, ni valor. Estamos predestinados a ser una especie de monje Shaolin occidental que no usa túnica naranja, sino guardapolvo blanco y tiene más bien poca idea de las artes marciales. No es capaz de caminar sobre el papel de arroz sin desmenuzarlo, pero sí se desliza como pez en el agua por las crispadas aguas del sistema de salud, en la mayoría de los casos sin que se perciba su presencia. Volviendo al tema: Créase o no, este discurso funciona y hace impacto sobre todo en la sub-especie médica de los clínicos y  a muchos de nosotros nos convenció en su momento. Seamos sinceros. Nos la creímos. Nos vendieron que éramos la encarnación de la medicina bajo el axioma de que ‘La clínica es soberana’. Fenómeno el adiestramiento psicológico que nos prepara para una vida de ascetas, austera y lejos de las tentaciones terrenales, con el ideal de darlo todo por los demás tatuado en algún rincón de nuestro sistema nervioso. Incondicionales servidores públicos que en algunos casos son tratados como sirvientes por el mismo sistema que los produce y legitima. Lo curioso es que no pocos son los que se prenden en esta estrategia intermedia entre el lavado de cerebros y el encantamiento de serpientes. El problema es que nadie se ocupa de empadronar a los fieles como beneficiarios de la Divina Providencia (pre-paga picante, si las hay), así que cuando salimos del templo al mundo real y necesitamos que algo concreto se provea, perteneciente a rubros tan mundanos como comida o indumentaria, debemos emprender una gestión personal para conseguirlo como cualquier hijo de vecino porque sólo accederemos a ese bien o servicio que necesitamos como lo hace todo el mundo no médico, a cambio de dinero contante y sonante (en algunos lugares reciben tarjeta de crédito sin recargo). Esta dicotomía permanente entre materia y espíritu que tiene a veces un sospechoso parecido con la esquizofrenia porque conviven en el mismo ambiente dos seres distintos, el sacerdote que no porta billetera y no tiene necesidades porque pasa su vida entregado a los otros ‘y todo lo demás se le dará por añadidura’ y el tipo de la calle al que le pasa lo que a todos los tipos de la calle. Esta realidad que vive un clínico, sobre todo el que adhiere al discurso sacerdotal, distrae de los objetivos, dificulta la orientación y hace complicado ser médico, sobre todo si se dedica a una especialidad incluida dentro del top ten de las menos rentables porque a las penurias de un sacerdote viviendo en un mundo material (como decía George Harrison), hay que sumarle la escasa remuneración en cuanto a los números absolutos y el reconocimiento monetario relativo en comparación con otras ramas de le medicina que es un reflejo, al menos así parece, de lo que la sociedad piensa de las especialidades poco seductoras desde lo económico, entre las cuales se destaca la clínica médica. La disyuntiva sería o nos calzamos la sotana y aprendemos a caminar sobre el papel de arroz o nos buscamos una especialidad alternativa y más rendidora, en lo posible dependiente de 200 voltios de corriente alterna para su funcionamiento.

La verdad, creo que la disyuntiva es otra que mira más hacia adentro nuestra propia elección y no cae en la tentación de compararla con otras, buscando las fortalezas de esta vocación sacerdotal y empleándolas de manera positiva y realista para el crecimiento no sólo de cada uno de nosotros, sino de la especialidad que pese a todo y por todo, amamos aún. Esas fortalezas son básicamente:

* Pensar en el otro, en quien confía en nosotros, como el que le da el verdadero sentido a lo que hacemos como médicos

* Establecer como eje de nuestra práctica a la persona enferma, convencidos de que el tiempo que se vuelca en el paciente es una inversión en  todo sentido

* Priorizar el bienestar de nuestro pacientes por sobre cualquier otro interés

* Basar nuestras acciones en la ética, el conocimiento médico y la comprensión de la realidad en cuanto al funcionamiento de los sistemas de salud

 Quede claro que estas ‘fortalezas sacerdotales’ son imprescindibles a la hora de construir el clínico que debemos ser.

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