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Pienso. Tomo el silencio por asalto, lo capturo de un golpe y lo congelo hasta que se vuelve lo suficientemente sólido como para usarlo de muro y me escondo del mundo detrás de esa pared que presiento capaz de protegerme, al menos por el momento, hasta que pueda reorganizar la tropa, armarme de nuevo y poder salir a la pelea con alguna chance de victoria. Hoy no podrá ser, habrá que esperar a mañana como mínimo porque en este momento el enemigo es demasiado poderoso o yo estoy todavía muy débil. Da lo mismo porque sea como fuere, el resultado va a ser igual. Mientras tanto, aprovechando la espera, aguzo los oídos por si los muros comienzan a crujir, ya que en ese caso debo escapar antes de que se resquebrajen porque me van a descubrir. Estoy demasiado expuesto al aire libre y fuera de mi fortaleza muda que si bien no hace preguntas, tampoco tiene cómo ofrecerme una respuesta más allá del abrigo temporario y del estanque de tiempo que contiene, conmigo sumergido dentro, a salvo o por le menos no tan en peligro como del otro lado de las paredes.

Caras. Vienen caras a verme y tengo miedo porque no tengo claro cuáles son las que conozco realmente y cuáles son las que creo que he visto alguna vez en un pasado que en este momento no tiene ni siquiera un solo punto de referencia. Miro hacia atrás y se han borrado los datos, he caminado hasta este sitio y no veo las huellas en el sendero. Estoy seguro de la marcha porque sé perfectamente que no se me ha dado la gracia de volar ni la virtud de viajar espacios paralelos con la energía que se supone guarda la mente. Sé que he sentido el suelo, duro a veces y apacible otras, en cada uno de los pasos, por esa razón no me explico cómo no hay rastros de mí atrás en el tiempo. Me conformo pensando en vientos rasantes que se han llevado el polvo del camino y con él, lo poco que aún quedaba de mis pasos. Es suficiente como para que el instante de calma que necesito se apodere del tiempo y lo retrase hasta que el aire vuelva a su cauce y mi ausencia, la certeza de haber quedado afuera del pasado, sea el mal sueño que debe ser.

Voces. Hay voces en el aire. Las palabras revolotean como mariposas y se asientan en mis oídos. Me cuentan historias que no conozco, de sitios que jamás he visitado, donde bravos caballeros pelean por sus damas y triunfan, siempre triunfan y se llevan a sus castillos el tesoro más preciado, por el que están dispuestos a dar la vida y por el que parte de su sangre ha quedado esparcida en el campo de batalla. Estoy fuera de esas historias, veo las peleas desde el punto más alto de la torre de un castillo hecho de muros de silencio con pequeños orificios por donde de tanto en tanto las palabras que revolotean como mariposas se atreven a entrar, aunque saben que lo más posible es que las capture y me quede con ellas para más adelante, porque seguramente en algún momento van a hacerme falta. Puedo capturar las palabras, pero no las voces y entonces tengo que construir de nuevo un camino de regreso hacia el principio, donde espero que estén las semillas de mis pasos que he olvidado sembrar y es por eso que no aparecen den el camino que he transitado por tanto tiempo, deteniéndome sólo cuando era imprescindible. Si hoy siento que no soy o que me falta para ser, creo que la oportunidad de intentar el regreso está dada y depende de mí tomarla o no. El peligro existe, es claro, la posibilidad de quedar a mitad de camino entre hoy y el comienzo de las cosas es un hecho que no puedo ignorar, pero no le veo otra solución a mi vacío de rastros que hacer la prueba y desandar lo recorrido con los ojos fijos en el sendero y la mente alerta por si aparecen indicios de los ladrones de pasos que recién caigo en cuenta deben ser los responsables de que me sienta así, como me siento. Es por ellos, por los que se esconden a los costados de la ruta a esperar que un caminante le quite la vista a los pasos. Es cuestión de un segundo, un movimiento rápido, con la destreza que da el oficio y las huellas desaparecen dentro de la bolsa negra que el ladrón se calza al hombro en el mismo momento en que emprende la marcha y se interna en un bosque de sombras como una sombra más, la más oscura de todas, la que va a ser imposible hallar en medio de tanta tiniebla dando vueltas por el aire.

Espejos. La mejor manera que conozco para recuperar los reflejos perdidos porque los espejos son guardianes de la luz y de las formas que se quedan a vivir dentro de ellos cada vez que alguien mira al que del otro lado está mirando, encuentro único que sirve sobre todo para evitar la soledad extrema de no tener ni siquiera la propia imagen anclada en algún sitio disponible de la memoria. La soledad extrema es la forma primordial de la locura, dicen los que saben, incluso lo he escuchado de algunos pocos que han vuelto desde ese lugar. Cuentan que allí las sombras no tienen dueño y andan libre por ahí, sin reglas y cuentan que la luz es nítida sólo para los que no se han perdido del todo. Ellos, los privilegiados, lo que tienen la gracia de la oportunidad de la puerta de salida, son lo únicos que regresan al mundo, lastimados, débiles y con el miedo como trofeo de guerra, pero en cierto modo, solo en cierto modo, vivos.

Queda claro que hoy no soy y a poco de andar hacia atrás, veo que no he sido jamás, ni en el principio. Ir y volver para mí es relativo porque no tengo distancias ni tiempo. Opto por dormirme. Ya es noche. No queda otra alternativa que sumergirme en los sueños porque es el único lugar adonde aún no me he atrevido a buscar las respuestas. Si no estuvieran, queda la muerte. Pero eso será mañana, tal vez cuando abra los ojos y me dé cuenta que entre estar despierto y seguir dormido no hay demasiada diferencia.

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