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Ese duende con vocación de componer cosas, solía quedarse despierto hasta cualquier hora de la noche e  incluso a veces lo sorprendían las primeras luces del amanecer buscando qué arreglar en un mundo lleno de historias averiadas, recuerdos incompletos, sueños interrumpidos y promesas a medio camino que no encontraban el rumbo. Había cada vez más cosas por hacer y cada vez menos manos dispuestas al trabajo, era un hecho. La mayoría de la gente caminaba por la vida con más de una lastimadura que se empecinaba en mantenerse abierta y de tanto en tanto esas heridas se trepaban en la conciencia y recordaban que existían disparando ráfagas de agujas que atravesaban la piel como aguijones y dejaban el dolor clavado adentro, vivo y convertido de ahí en adelante en una especie de amenaza permanente.

Tantos llevaban en el alma más de un círculo abierto por donde se iba colando la tristeza para hacer su negocio y corromper los recuerdos hasta dejarlos vacíos, con un olor penetrante a humedad y moho, el olor que impregna las cosas viejas cuando están guardadas mucho tiempo en un lugar cerrado y oscuro. Así, en esa realidad viscosa, los recuerdos se volvían sólidos y pesaban dentro como enormes cadenas de esclavo. Era ahí donde el duende trataba de encontrar las llaves para liberar los candados antes de que cada uno de los recuerdos empezara a desmoronarse en un camino sin regreso que terminaba inexorablemente en la muerte de la memoria, sin resurrección posible. A veces llegaba a tiempo, pero otras veces, pese a que se esforzaba, no había modo de evitar el peso de los recuerdos repletos de tristeza y rezumando melancolía hasta licuarse en un agujero negro donde las sensaciones se mezclaban por completo y una a una iban desapareciendo, devoradas por una noche sin límites.

Se levantaba temprano en la mañana, sin rastros de sueño en los ojos, con todas las ganas de desarmar jaulas para que los pájaros tuvieran oportunidad de ensayar el vuelo, tomar riesgo, atravesar las fronteras de lo desconocido y sentir el viento haciendo vibrar todas y cada una de sus plumas en un abrazo vivo que les estremecía el alma. Una vez que terminaba el primer trabajo del día, buscaba un lugar donde sentarse, sacaba del bolsillo trasero de su pantalón un pañuelo diminuto con el que secaba las gotitas de sudor que le ponían la frente brillosa. Buscaba después en su cajita metálica conde llevaba las pequeñas herramientas, una botellita de agua, desenroscaba la tapita, le daba un par de sorbos como para humedecerse los labios y ya estaba listo para hacer que los relojes se pusieran de acuerdo, dejaran de lado las diferencias y entre todos empezaran la construcción de puentes de tiempo para que fuera más sencillo cruzar de hoy hasta mañana, sin correr peligro de quedarse a mitad del camino.

Así son los duendes, piensan en todo porque todo el día están pensando y no son capaces de quedarse quietos ni por un instante. Tienen que estar permanentemente haciendo cosas porque saben que el mundo necesita su ayuda aunque no siempre sea capaz de pedirla. Es conocido que el mundo es demasiado orgulloso como para dejar que alguien tan pequeñito se dé cuenta que hay cosas que no puede hacer. El mundo calla, baja la vista y espera porque está seguro que los duendes saben que le da un poquito de vergüenza no ser tan hábil como ellos arreglando cosas, ni tan vital andando de aquí para allá como hormigas cuando se va acercando el invierno y se hace necesario llevar las últimas hojas que quedan verdes al hormiguero porque esa será la diferencia entre un invierno tibio con la panza llena o el ruido de las tripas marcándole el ritmo al hambre hasta que el cansancio triunfa y llega el premio de una noche en paz.

Así se mueven los duendes, como si el minuto que corre fuera el último y después de ese viniera la nada o vaya uno a saber qué, pero por si acaso es mejor mantenerse activos para no ser presa fácil de los depredadores y para que cuando algo pase, eso que pasa no los tome por sorpresa porque están alerta, pendientes de los cambios antes de que los cambios se noten. Cuando por casualidad o por las razones que sean, encuentran una historia averiada que no puede continuar porque le faltan partes, no descansan hasta encontrar las piezas que se necesitan y que están en el lugar de la tierra donde reina la memoria, trozos de historias que se han quedado en el camino y luego de un tiempo hacen falta, agujeros  ocultos o evidentes, pero de todos modos imprescindibles para que el tiempo marche de nuevo y decida quedarse a acompañar el curso de las cosas hasta que sea lo que tiene que ser y de ahí en adelante a empezar de nuevo.

De eso se encargan los duendes, de encender el interruptor que alguien con intenciones de hacer daño apagó alguna vez para dejar un sueño interrumpido y pendiente. El duende sirve de guía a ese sueño inseguro que titubeas en la marcha, entumecido después de tanto tiempo quieto, le hace más llano el camino y le aparta los obstáculos para que fluya en paz y se derrame como una caricia líquida en la piel, tibia y fragante, con el aroma que sale de los sueños y que sirve para reconocerlos y por qué no para extrañarlos si  deciden optar por hacerse realidad. En ese caso, siempre quedará la esperanza de que aparezca algún duende porque los duendes son los únicos que pueden componer esta tragedia y resucitar la magia. Ellos tienen ese poder porque son los artesanos de lo imposible en este mundo chato y lleno de cosas posibles.

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