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‘Hay miles dando hachazos a las ramas del mal por cada uno que ataca las raíces’ (Henry David Thoreau, escritor y pensador norteamericano, 1817-1862)

Con esta cita, el psicólogo norteamericano Carl Goldberg  comienza su  libro de 1996, ‘Conversaciones con el Demonio-Psicología del mal’. Este trabajo aporta conceptos muy interesantes, algunos rescatados de la historia, con vigencia plena en nuestros días y otros que aparecen como una suerte de revelación o punta del ovillo para tratar de comprender, si esto fuera posible, lo que sucede en la mente de las personas que dañan a otra con plena conciencia de sus actos. El texto, altamente recomendable para todo aquel que se interese por el tema, nos entrega citas que merecen más de un momento de reflexión:

‘Cada hombre, por su parte, llama bueno a lo que lo complace o lo deleita y malo a lo que le disgusta’ (Thomas Hobbes, 1588-1679, en su libro ‘La Naturaleza Humana’ de 1650)

‘La indiferencia ante el mal es más insidiosa que el mal en sí mismo; es más universal, más contagiosa, más peligrosa. Una justificación silenciosa, permite que un mal surja como excepción, se convierta en una regla y a su vez sea aceptado’ (Abraham Joshua Heschel, 10907-1972, estudioso de la ética judía)

‘Hijo de hombre, te he designado guardián … pero no has hablado para amonestar al impío … su sangre demandaré de tu mano. Más si has amonestado al impío … morirá por sus propios pecados, pero tú habrás salvado tu vida’ (Ezequiel, 33:9)

Ahora bien, el propio Goldberg postula que la malignidad significa tratar a otras personas sin respeto ni consideración por su condición de seres humanos. El malvado es consciente de lo que hace, de sus consecuencias e implicancias. Las acciones de una persona maléfica se basan en una o ambas de las siguientes creencias:

1. La otra persona es tan débil, estúpida o incompetente que puede ser tratada como un objeto más que como alguien que merece una interacción decente.

2. La otra persona es tan amenazadora para la seguridad física y/o psicológica del malvado que cualquier acción destructiva está justificada.

Además, el autor considera como ‘sustrato psíquico del mal’: Una situación de vergüenza como generadora de odio y germen del desprecio, base para proyectar hacia los otros lo sufrido. Para soportar las acciones que al comienzo pueden ser percibidas como malas, se requiere de un proceso de racionalización para explicarlas. Esta conducta abre una puerta que facilita actos similares en el futuro y puede generar una adicción a estructurar argumentos a favor de conductas crueles e insensibles, adicción perniciosa porque permite una justificación de su comportamiento y considerarlo superior aunque el colectivo social lo vea indecente, despreciable y aberrante. Esta justificación es tan refractaria a una discusión razonable que evidencia la incapacidad de reflexión, la imposibilidad de mirar el interior con actitud autocrítica e impide suspender esta desviación de la conducta, manteniendo la maldad como base del comportamiento.

Ser malo significa es ejercer daño sobre otro, en general más débil, con plena conciencia del acto, sus implicancias y consecuencias, sin motivo racional alguno que justifique el perjuicio y sobre todo, con una crueldad que puede ser en algunos casos inusitada. El mal es inadmisible, pese a esta visión:

‘El mal no es nada más que la sombra que, en este mundo, siempre acompaña al bien. Puedes tener un mundo sin sombras, pero ese es un mundo sin luz, un mundo opaco y crepuscular. Si aumentas la intensidad de la luz, debes conformarte con obtener una oscuridad más intensa y un contorno más preciso y definido, la sombra que la acompaña’ (F.W. Robertson, 1816-1853, pastor anglicano)

Dentro de esta visión de contrastes, bien como luz y mal como sombra, el mal debe conservar su categoría de oscuridad, de negación de la luz y de submundo a evitar. El mal en cuanto a entidad que debe existir, si se quiere abstracta, es una cosa que se puede admitir como necesaria porque de otro modo no se sustentaría la presencia ni la certeza de su contrario. Lo que no se entiende es que sea precisa la existencia de seres malos que nos muestran la verdadera cara de la crueldad y del daño por el daño mismo. El rojo no dejará de ser si se suspende la producción de tomates, frutillas, banderas de remate y camisetas de Gales Que se entienda. No se necesita que se muera alguien para recordar que la muerte existe ni se debería depender de dosis periódicas de dolor para estar pendiente de lo fugaz y transitoria que puede ser la alegría. No veo la necesidad de gente mala. No comprendo qué le aportan al orden cósmico y menos aún a la vida diaria de cada uno de nosotros estos seres que han perfeccionado con el tiempo su habilidad para hacer daño, para lastimar en lo más profundo a todos los seres humanos a través de cada una de sus víctimas.

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