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Video casero. El hombre es joven. Podría ser definido como de aspecto normal.  Un tipo común, de los se ven a cada momento en las calles de la ciudad, en los mostradores de los comercios y en los escritorios de las oficinas. Un fulano sin deformidades chocantes a la vista, sin delgadez extrema u obesidad, que no usa dispositivos de auxilio para respirar o moverse por el mundo y no tiene antecedentes penales, al menos conocidos. Qué puede llevar a una persona que aparece en un video casero con un bebito, relajado y en apariencia feliz, a transformarse en el sospechoso número uno de haber matado a golpes a un chiquito de nueve años. Nadie puede asegurar si esa acusación tan atroz se corresponde con lo que ha pasado, si efectivamente este hombre le quitó la vida a un niño y lo arrojó en un descampado en las afueras de un apacible pueblo de la provincia de Buenos Aires, uno de esos lugares donde hasta hoy, ‘nunca pasaba nada’. Es complicado tratar de entender cuáles son los motivos que subyacen en una persona para que de pronto deje salir al monstruo para que haga daño, su especialidad y razón de ser, por otra parte. No se entiende, pero menos se entiende, si se me permite, por qué no sólo los medios, sino una sociedad potenciada hoy por las redes, arma un tribunal sumario, casi Divino que no sólo condena antes de juzgar, sino que juzga antes de pensar, lo que es parecido a decir que actúa de modo irreflexivo, como las bestias. Paradójico, un supuesto monstruo, un animal, un ser desviado, aberrante, degenerado que se supone ha solucionado un conflicto quitando del medio a un ser incapaz de lastimar, de dos golpes mortales en la cabeza es condenado de manera sumaria y sin posibilidad de error a partir de una reacción que nace como un reflejo primario no siempre bien intencionado cuando ocurren tragedias como estas. Se necesitan culpables en el mismo instante en que se cierra el círculo y de un tiempo a esta parte, da la impresión de que no es tan importante quién lo hizo como quién es acusado, juzgado y condenado primero, de este tríptico fatídico y sumario nadie puede regresar limpio e inocente, en especial si se instala en una sociedad con heridas en carne viva y es atizado por quienes saben por experiencia que detrás del dolor hay un negocio y quien llega primero es el que saca más provecho porque puede tomar el cuchillo con el que se va a cortar la torta.

Además de tratar de entender los motivos de una comunidad, incluso de un país para necesitar de modo tan vital un culpable y no tener el menor escrúpulo en asumir como tal al primer postulante que surge, resulta imprescindible intentar introducirnos en las motivaciones de una persona que la llevan a matar, en especial cuando la víctima es más débil, está indefenso y no puede haber generado mal alguno. No se debe interpretar que matar a alguien fuerte, con posibilidades de defenderse y capaz de dañar sea virtuoso, justificable o comprensible, lo que se intenta decir es que en el primer caso no existe modo de atenuar el horror que causa un crimen, cosa que sí puede existir en el segundo, al menos relativamente. En este caso, el de Tomás, no se puede dudar que se tuvo de entrada la intención de matar y al que lo haya hecho, ni siquiera le interesó ocultarlo porque el cuerpito se encontró rápidamente, en términos de labor policial, no midiendo la angustia de una familia que espera por segundos ver llegar al que se ha perdido, un día y medio es mucho tiempo, lo más parecido a una eternidad que existe. Qué hay en la mente de un ser humano que decide matar a un niño. Horroriza pensar que en cierto modo quien decide hacerle daño a un niño, al menos desde el punto de vista teórico, lleva dentro la posibilidad de matarlo. Todo es cuestión de grado. ‘Todo es veneno, sólo depende de la dosis’, decía Paracelso y en este caso sería bueno reflexionarlo, sobre todo desde la mirada de la asimetría porque entre el criminal y la víctima existe asimetría, de fuerzas, de confianza, de poder, de intensidad de reacción y de experiencia, lo que en cierto modo aumenta la fuerza del primero y disminuye la del segundo, de tal modo que el resultado de un encuentro entre un humano bestial y un niño, dependerá en definitiva de la dosis y el espectro de consecuencias puede variar desde un golpe común sin secuelas físicas aparentes, hasta la muerte. Esto hace totalmente inexcusable la conducta de esta clase de bestias. Un padre común y silvestre que por agotamiento o falta de recursos de persuasión y adopta el cachetazo como manera de dar por finalizado un conflicto, demostrar que detenta el poder y de paso mantener vigente la escala de jerarquías doméstica puede no estar en la misma bolsa que un asesino que le parte el cráneo a un niño sabiendo que eso mata. Es cierto que en principio no pertenecen a la misma categoría, pero para tener claro que siempre es posible cruzar una frontera que se asume prohibida y que dentro nuestro seguramente se esconce al menos el germen de la bestia, antes de ceder a la tentación de la violencia, sería muy bueno recordar a Paracelso.

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