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–  Tiene pacientes en la guardia, doctor

Dicho así, suena intrascendente. Una frase obvia que no merecería el menor análisis porque tener pacientes es un hecho que se repite de manera frecuente e inexorable en la guardia, por lo tanto su puntualización carece de interés, salvo que se contextualice como corresponde porque existen situaciones en apariencia banales que incluidas en un entramado de tiempo, rol, lugar y circunstancias accesorias agravantes, adquieren una relevancia que por sí mismas no tendrían. En ese caso, eran las tres y media de la madrugada (tiempo), yo estaba de guardia como médico único (rol) en un hospital pequeño del interior (lugar), hacía un frío espantoso, ese día había atendido más de cincuenta personas y después de más de veinte horas sin parar, no tenía fuerzas ni para despegar mi humanidad de la cama y quien golpeaba a la puerta de mi habitación como si quisiera derribarla, era Simón, el enfermero más antiguo del hospital que por ser sordo, pensaba que todos los demás compartíamos su discapacidad, así que hablaba a los gritos y golpeaba la puerta como si de ello dependiera su vida .

– ¿Qué pasa, Simón?

No había terminado la frase cuando me di cuenta de la inutilidad de la pregunta porque con él toda pregunta era retórica por definición, ya que las palabras no llegaban a un destino sensorial útil y se perdían en el espacio sin remedio, de manera que cuando él hablaba, había que responder con acción y no con discurso. En el problema que me competía en ese momento, la única opción posible era levantarme de la cama, mojarme un poco la cara con agua helada y dirigirme a la guardia donde como de costumbre, alguien esperaba, con su vida pendiendo de un hilo, al súper-héroe que lo salvaría en el último minuto de las garras de la enfermedad con un par de preguntas, la imposición de las manos en sitios predeterminados y una inyección con poderes proporcionales al dolor que producía su aplicación en una nalga indefensa y a merced de la ciencia médica.

– Ya voy, Simón … ya voy …

–  Positivo, doctor, gracias.

Hipoacusia selectiva, pintoresca y complicada de evaluar la de Simón. Tal vez algunos circuitos de su memoria acústica eran capaces de activarse ante estímulos más rudimentarios y algunas fórmulas verbales funcionaban mejor que otras para evocar respuestas. Este veterano trabajador de la salud, dicho de otro modo, escuchaba sólo lo que le convenía. No me quedaba otra. Me levanté de la cama como pude, cumplí el ritual del agua helada que me pareció más helada que de costumbre, hice el simulacro del peinado y con mi ambo verde en el que no cabía una arruga más, arrastrando los pies como un interno de geriátrico, emprendí el camino, los veinte metros más largos que un ser humano puede caminar. Mientras me acercaba a la puerta vaivén que separaba el pasillo técnico de la sala de emergencias, recordaba una película con Susan Sarandon y Sean Penn, que trata de un condenado a muerte por un delito que sí cometió. Era muy buena. Se llamaba ‘Dead Man Walking’ y esa expresión es la que se usa cuando el reo camina los últimos pasos por el corredor que separa su celda de la cámara donde será sometido a la inyección letal. No sé por qué, siempre que me despertaban en medio de la noche y tenía que ir de mi habitación a la guardia, me daba la sensación de que algo malo me esperaba detrás de la puerta y probablemente no era ni una inyección letal ni la silla eléctrica. En realidad nunca supe a qué le tenía miedo en ese tramo desde el dormitorio al consultorio, pero sí había concluido que la sensación se hacía más angustiante de noche.

–  Buenas noches, señor … ¿Qué necesita?

– … que me vea un médico … ¿Qué más cree que necesito?

Si la cabeza de este cristiano no había rodado por el piso antes de pronunciar esta respuesta, más aún con el tono de prepotencia con que largó la frase, se debe sólo a dos circunstancias que se conjugaron para que la decapitación inminente se abortara. Lo primero es que no tenía un hacha, motosierra o katana disponible como para cortar ese cuello y lo segundo es que el personal de limpieza del hospital reportaba recién a las seis y media de la mañana y nadie se iba a hacer cargo de sacar las manchas de sangre del consultorio. Nada tuvo que ver que se tratara de un delito penal o que cometiéndolo transgredía las reglas básicas de la buena relación médico-paciente, menos aún tuvo que ver la Divina Providencia en la frustración del homicidio. Como ocurre en la mayoría de los casos, las razones por las que no se producen los hechos no son tan misteriosas ni tan trascendentes como algunas religiones pretenden hacernos creer.

– ¿Para qué necesita un médico, señor?

– Para que me atienda … ¿Para qué más ha de ser?

– Bueno, a ver si me dice que le está pasando …

– ¿Usted tan jovencito ya es médico?

–  Y … sí … hace más de cinco años que soy médico …

– Mire usted… yo lo conocía de nombre nada más … debe ser porque vengo poco por el hospital

–  Yo tampoco lo conocía, así que aprovecho para presentarme, Doctor Ernesto Ruiz … mayor gusto, señor … señor …

–  … Osvaldo Pedroza … Trabajo en la finca de los Iriarte desde hace una punta de años. Desde antes de que usted naciera, seguro, doctorcito. Soy el hombre de confianza de don Manuel …

Qué jugador Don Manuel. Tan importante en el pueblo que ni necesitaba el apellido. No cualquiera tenía derecho a nombrarlo y este tipo que esteba en mi consultorio a las tres de la mañana se despacha con que es hombre de confianza del tipo con más chapa del pueblo y sus alrededores. Interesante. Un gaucho del valle con actitud paternalista que toma de juguete al joven médico, lo provoca, trata de acorralarlo para que reaccione. Hábil este rústico representante del campesinado norteño que como quien no quiere la cosa, llega a la hora que se le da la gana, me hace llamar y encima se da el lujo de chapear con el patrón, pensando que eso a mí me iba a poner nervioso. La verdad es que sí. Me puso nervioso porque el tipo no parecía enfermo. De hecho, estaba más sano que yo (que dicho de paso no soy un buen referente) y no me cerraba qué hacía a esa hora en la guardia, acomodado en la silla del consultorio como si fuera el dueño y tratándome como a un estúpido o como a un chico, como a un chico estúpido, se entiende. Lo estaba logrando. Me sentía exactamente así, como un estúpido y sin capacidad de reacción. Ni siquiera estaba caliente, sólo me dejaba arrastrar a su juego como si me hubiera hipnotizado.

–  … y Don Manuel le manda decir que no debería andar metiéndose en los asentamientos … no es gente de acá, doctorcito … vienen a la vendimia … por un tiempo y se van … qué tiene que andar avivándolos con eso de que están en negro … con los vales para la proveeduría y los certificados de salud … da igual … si los certificados se los dan ustedes en el hospital … qué les cuesta poner que están sanos y que pueden trabajar … si es lo único que pide la municipalidad para darnos el permiso … doctor, las cosas por aquí no funcionan así … déjeme que le explique …

– … oiga … esto es una guardia … no es lugar para que usted venga a decirme estas cosas …

– … sí, doctorcito, ya sé que esta es una guardia y que es el único lugar donde se lo encuentra seguro porque la gente dice que usted vive en el hospital … la gente lo quiere, ¿sabe? … lo quiere y lo respeta porque usted los trata bien … habla y piensa como si fuera de acá … no nos parece bien que se tome las cosas tan en serio … por aquí los que decimos quién es quién, somos nosotros, doctor … ¿Quedó claro? Ah … de paso y por ser usted, le cuento que Don Manuel opina que como médico es de lo mejor que tuvo el pueblo en muchos años y que le gustaría que se dedique a su profesión … le recomiendo que lo haga, doctor y le garantizo que no le va a faltar nada.

Se levantó de la silla, inclinó la cabeza tocándose apenas el ala del sombrero que tuvo todo el tiempo puesto y salió del consultorio. Clarísimo. Me había quedado clarísimo. Había sido el alumno privilegiado de una clase particular de ciencias políticas y relaciones humanas. Respiré hondo y lo miré a Simón que estaba flotando en el mar plácido de su sordera y me sonrió asintiendo como si me diera la razón vaya a saber uno de qué cosa. Salí a la vereda a fumar un cigarrillo. Tenía la boca seca y sentía que el corazón galopaba a un par de milímetros del cuello. Temblaba y no era para menos porque nunca me habían apurado de esa forma y pensar que me pasé toda la dictadura estudiando en Tucumán, pero en esos tiempos las cosas eran diferentes. Nadie te avisaba antes de bajarte de un tiro. No venía un tipo con facha de mafioso del tercer mundo a recordamos que las cosas no funcionan como nosotros pensamos y encima la iba de profesorJirafales y se la daba de maestro. Tenía medo, lo confieso y más porque el tipo estaba muy tranquilo, sabía que no iba a entrar nadie y tuvo todo el tiempo del mundo para refregarme el discurso en la cara. No sabía qué hacer. En caliente, pensé en armar el bolso esa misma noche y salir de ese pueblo roñoso de una vez por todas, pero no había colectivo hasta las diez de la mañana y yo no tenía auto, así que la huída heroica fue abortada por falta de recursos. Me hice un café enorme para despejar un poco la cabeza y poder pensar mejor las cosas. No podía evitar meterme. No podía evitar decirle a la gente que se los estaba explotando y aprovechaba el consultorio, las visitas a los puestos sanitarios y las rondas de atención primaria para tratar de que entendieran que podían vivir mejor. La respuesta era siempre la misma. Don Manuel daba y quitaba los trabajos, Don Manuel decía por quién se votaba y Don Manuel hacía las reglas del pueblo y de las fincas de los alrededores. Esa era la muralla contra la que chocaban mis argumentos y se convertían en palabras sueltas sin significado alguno. Era poco adversario para alguien tan poderoso, pero por otra parte era el único trabajo que tenía y si me iba del pueblo en caliente, seguro que Don Manuel movería los hilos y yo en la provincia no conseguía un puesto ni con una recomendación del Señor del Milagro. Decidí ponerle paños fríos por el momento a mi vocación de salvador del mundo y defensor de los oprimidos y hacer lo que según el Profesor Osvaldo Pedroza sabía hacer muy bien que era atender pacientes y mejorar su salud con las pocas cosas que había en el hospital, pero con un compromiso de aquellos con la gente. No hablé más con los cosecheros, ni con los albañiles, ni con los contratados de la Municipalidad. Con nadie hablé de derechos laborales o de política. Hasta empecé a ir a Misa los domingos, con lo que logré que Don Manuel me aflojara un poco el lazo que sutilmente me había colocado alrededor del cuello. El tiempo pasó con la placidez con la que las cosas ocurren en los pueblos pequeños cuando se respetan las reglas del juego, se entiende el reparto de poderes y se tiene perfectamente claro quién manda. No podía olvidarme lo sucedido en la guardia, pero la vivía como algo lejano en el tiempo e incapaz de producirme inquietud o temor. Ya era un soldado. Firme defensor de la soberanía de Manuelandia y de la investidura de su majestad, Manuel I y eso no lo podía discutir nadie. Todas las cosas que escribía por la noche a escondidas y mandaba a la capital con la ambulancia, todas las charlas que teníamos con el grupo de música en los ensayos tres veces por semana, no eran lo suficientemente importantes como para que la Corte se ocupara de ellas y esa fue la razón por la que siguieron sucediendo. Gracias a lo escrito y a lo discutido en charlas eternas, respirábamos y manteníamos viva la ilusión de que un día nos iba a tocar jugar las cartas a nosotros.

– Doctor, tiene un paciente en la guardia … es urgente … parece un ataque al corazón

Raro. Muy raro, Simón jamás usaba la palabra ‘urgente’, así que salí a toda velocidad, casi corriendo, a la sala de guardia y apenas empujé la puerta vaivén, me di cuenta que había más gente que de costumbre, pero no me detuve a pensar por qué. Entré a la sala de reanimación y ahí estaba. Pálido, respirando con dificultad, con una máscara de oxígeno colocada y una vía venosa. El electrocardiograma no admitía dudas. Era un infarto. Lo miré en silencio mientras le decía a Simón lo que tenía que hacer. En menos de quince minutos estaba estable, sin dolor y con signos vitales aceptables. Me acerqué a la camilla y lo miré de nuevo:

– Don Manuel … no nos conocemos personalmente, pero su empleado le debe haber contado la charla que tuvimos hace unas tres o cuatro semanas … escúcheme con atención … los caminos están cortados y a la pista no le hicieron los arreglos que aviación civil pidió hace dos años, así que usted se tiene que quedar en el hospital hasta que podamos trasladarlo … para mí y el equipo de salud va a ser un honor y un privilegio asistirlo … no trate de hablar, Don Manuel, escuche… escuche con atención … porque alguien de muy arriba me pidió que cuando tuviera oportunidad, le comentara cómo funcionan las cosas y quién es quién en esta tierra … ¿me va siguiendo, Don Manuel?

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