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– Doctor … no se descuide … yo sé … ellos están entre nosotros …

–  ¿Quiénes son ellos?

–  Los enemigos, doctor, los enemigos de la luz … los que matan a las mariposas. Les sacan las alas y se las comen. Yo sé porque les queda polvillo brillante en los labios … ellos son … yo los ví ayer por la noche cuando se preparaban para el ataque … iban de negro porque son malos y miraban todos al piso para que las luces de la calle no les arrancaran los ojos … tenían miedo y se notaba por el olor a encierro que había en el aire, doctor, no se podía respirar ¿Usted fuma? …

–  No, dejé hace mucho …

–  … o sea que no tiene cigarrillos …

–   … no, no tengo … pero aquí igual no se puede fumar …

–   ¿No se puede? ¿Por qué no se puede?

–   Porque hay una ley que prohíbe fumar en lugares públicos cerrados y este, mi querido amigo, es un hospital público …

–  ¿Usted es mi amigo? Entonces … ¿Por qué no tiene cigarrillos si es mi amigo?

– Es que está mal fumar … los médicos le vivimos recomendando a la gente que deje el hábito porque hace daño a la salud … enferma los pulmones, el corazón, el cerebro …

–  ¿Usted dejó de fumar porque estaba enfermo en esos lugares, doctor?

–  … No … la verdad es que no sentía nada … pero …

–  A mí mi médico me dijo una vez que si uno no siente nada, igual puede estar muy enfermo y hasta hay gente que se muere así nomás, sin darse cuenta …

–  … tiene razón su médico …

–  Claro que tiene razón, doctor, mi médico es usted ¿No se acuerda? ¿Ya se ha olvidado de mí? … Qué bárbaro, lo que son los médicos … no les importa nada de la gente … se creen Dios … ¿Usted cree en Dios, doctor?

–  … Sí, supongo que sí …

–  ¿Supone o está seguro?

–  … Estoy seguro, creo …

–  … o sea que cree que está seguro …

–  … No, me expresé mal, lo que quise decir es que estoy seguro que creo …

–   Ahhh  … me deja mucho más tranquilo porque los enemigos de la luz son también enemigos de Dios y no creen. Por eso los odio y los busco para matarlos … no se ve, doctor, pero debajo de la campera tengo un cuchillo negro que es lo único que los puede lastimar porque no tienen sangre. Usted debería saberlo porque para eso ha estudiado tanto, doctor …

En el horno. Estaba propiamente en el horno. Yo, un prestigioso profesional de la salud especializado en clínica médica metido en amena charla con un desquiciado a las cuatro y media de la mañana, después de veinte horas de guardia, veinte horas de cólicos biliares, ataques de asma, heridas, golpes, huesos rotos, vómitos y cuanta avería humana se pueda imaginar desfilando por la sala de emergencias de un hospital. En medio de la madrugada, cuando no hay músculo del cuerpo dispuesto a moverse sin ofrecer resistencia, cuando surge el arrepentimiento genuino por haber elegido la medicina en lugar del milenario arte del Bonsai o en su defecto la cría de gusanos de seda. Justo en ese momento, cuando los astros le son propicios, cae quién sabe de dónde este personaje, me encuentra con las defensas bajas, presa fácil de esa tela de araña que teje mientras habla y no hay modo de darme cuenta que me va envolviendo hasta que me deja sin capacidad de maniobra, dando explicaciones para justificar que no tengo cigarrillos y con una culpa atroz por haber dejado de fumar sin pensar que él podía aparecer por el hospital con ganas de un pucho en la madrugada y nosotros, pésimos anfitriones, sin estar preparados para ser hospitalarios como corresponde a gente bien educada. No podía creer lo que estaba pensando. Era indudable que este aparato tenía la capacidad de disparar desde un recoveco oscuro de mi mente, ideas que de algún modo allí estaban y eso le puso una capa de miedo e inquietud a la parte de conciencia que me quedaba más o menos indemne a esta altura de la conversación y de la noche. Estaba en un consultorio a puertas cerradas, con el hospital sumergido en un silencio y desolación absolutos a esa hora de la madrugada. Otra capa de miedo y de inquietud para alguien que ya se había decretado indefenso y evaluaba la posibilidad de enrolarse lo más rápido posible en la tropa de los cobardes. No había posibilidad de fuga. Mi escritorio, más que parapeto de protección, era una barrera para la huída, de tal suerte que desestimé la posibilidad y traté de seguir el hilo de la charla, evitando como fuera ofrecer el menor indicio de que yo podía pertenecer a la tribu de los enemigos de la luz que por suerte, en el consultorio donde estábamos, abundaba.

–  A todo esto, joven … ¿Cómo se llama usted?

–  Yo no tengo nombre, doctor, usted debería saberlo porque para eso ha estudiado tanto … habrase visto, tener que explicarle todo ¿No me estará queriendo engañar para que me distraiga? ¿No tendrá la idea de aprovecharse de mí y sacarme el cuchillo negro? ¿No será usted también uno de los enemigos de la luz? A mí, mi jefe me advirtió que se esconden detrás de cualquiera y por eso tenía que andar con cuidado para que no me sorprendieran …

–   Por favor, quédese tranquilo, yo adoro la luz, no puedo vivir sin luz. Desde pequeño me acuerdo que le tenía miedo a la oscuridad …

–  … Justamente. Los enemigos de la luz le tienen miedo a la oscuridad y entonces no les queda otro camino que obedecer sus órdenes … ¿Ve lo que le digo? … perdone, doctor, pero usted me parece cada vez más sospechoso. Lo voy a tener bien vigilado porque no quiero sorpresas

Corte de pelo tipo ‘Marine’ norteamericano, con el jopito tipo pompón y el resto casi rapado. Uno noventa o un poco más de altura y una cara que impresionaba porque tenía rasgos casi perfectos y un par de ojos celestes muy claros y absolutamente vacíos. Vestido todo de negro con ropa ordinaria y zapatillas rotas, sin cordones y también negras. Hablaba con voz monótona y sin interrupciones. No entonaba ni le ponía puntos a las frases y pronunciaba cada palabra con una dicción perfecta, como la de un locutor. Prácticamente no miraba a los ojos, sino al piso. De vez en cuando elevaba la vista y hacía silencio por un par de segundos. Esas pausas metían miedo, eran capas de miedo que se iban superponiendo hasta aplastarme contra la silla y quitarme el aire. De golpe era como si volviera a la normalidad y comenzaba a hablar como una persona común, pero sin mirarme, pero ese cambio era suficiente como para que yo recuperase la respiración, aprovechando el momento para volver a pensar el mejor modo de salir de ahí.

–  Mi padre me mandó … usted sabe bien quién es mi padre porque para eso ha estudiado tanto … yo no quería venir porque me habían comentado que usted era buen médico pero a veces asustaba a la gente y a mí no me gusta que me asusten porque me pongo nervioso y pierdo la cabeza … Ultimamente, doctor, a propósito, pierdo la cabeza cada vez con más facilidad. Antes con sólo matar uno o dos enemigos de la luz andaba tranquilo casi una semana completa. No veía cosas raras ni escuchaba a nadie hablándome desde adentro y pidiéndome que hiciera lo que yo no quería. Sólo se oía la voz de mi padre y yo me sentía bien. Un poco cansado al atardecer y sin ganas de darme una ducha o afeitarme, pero fuera de eso, bien … me sentía bien, pero ahora, de un tiempo a esta parte, como le decía, doctor … ¿Usted toma vino?

–  … Y … a veces … con los amigos … en un asado

–  ¿Y por qué si dice que yo soy su amigo nunca tomó vino conmigo? … Yo no me acuerdo de algunas cosas, pero de eso no me hubiera olvidado … el doctor y yo tomando vino juntos … como amigos …

–  En una de ésas arreglamos para el fin de semana … lo invito a comer …

– Claro … y me envenena la comida … y como a mí nadie me va a buscar porque no tengo a nadie porque los enemigos de la luz son así … buscan personas como yo que andan solas y los engañan … los invitan a comer y a tomar vino un fin de semana y ahí les preparan la emboscada ¿Cree que soy estúpido, doctor? … No habré estudiado tanto como usted, pero me doy cuenta de las cosas porque mi padre se preocupó en enseñarme bien a reconocer a los enemigos … desde chico me enseñó … él y mi madre … mañana, tarde y noche … él, mi madre y mis hermanos … todos los días me enseñaron hasta cansarme, hasta que al final me obligaron a matarlos. Uno por uno. No, no usé el cuchillo negro porque no hacía falta. Les rompí el cuello mientras dormían. Creo que no les dolió … en serio … a ninguno de los cinco les dolió … ni a mi madrina, ni a la señora que ayudaba en la casa … no se preocupe, doctor … a usted tampoco le va a doler … se lo prometo.

Se levantó de la silla apoyando las palmas en el escritorio y con la vista clavada en el piso. Parecía aún más enorme de lo que realmente era. Se enderezó y elevó la mirada. Tenía la boca entreabierta, en una especie de mueca que se quedaba a mitad de camino de la sonrisa, metió la mano derecha en el bolsillo de adentro de la campera y sacó un cuchillo de hoja negra, con sierra en el lomo y mango de madera. Empezó a fabricar una sonrisa solamente con la boca porque los ojos seguían vacíos y dio el primer paso hacia mí que estaba petrificado en la silla, sin atinar a nada mientras sentía que la transpiración se deslizaba, la boca se me secaba y un nudo en el estómago pretendía detener el vómito que maduraba en mis entrañas. Estaba muerto. Era cuestión de tiempo. Segundos. Lo que él decidiera tardar en recorrer el par de metros que nos separaban y hundirme la hoja enorme en el pecho

–    Doctor … Doctor … Doctor…

Me desperté con Azucena, la Jefa de Enfermeras de la noche, sacudiéndome y gritándome al oído. Sentía el cuerpo agarrotado, entumecido y la boca seca, con gusto ácido, como a vómito. Tenía el ambo empapado y del pelo caían gotitas de sudor al piso.

–  Doctor … está todo mojado … Por Dios … ¿Qué le pasó?

–  Creo que tuve una pesadilla, Susy … ¿Hay algo urgente o me puedo ir a dar una ducha?

–  Vaya doctor … yo lo desperté porque estaba hablando a los gritos y me preocupé, pero no hay gente en la sala de espera … está todo tranquilo … no pasa nada

Salí del consultorio entre aliviado y deshecho por el dolor de cuerpo, la sed espantosa que tenía y la sensación de asco en el estómago. Iba caminado por el pasillo cuando escuché la voz de Susy que me llamaba. Me di vuelta…

–  Doctor … ¿Es suyo este cuchillo negro que está en el escritorio?

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