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– ¡¡Lozano!! … ¡¡Lozano, Ester!!

Nueve cuarenta y  cinco de la noche de jueves. Agosto salteño, mes en el que se mezclan días infernales de calor con otros de frío injusto, con una sequedad ambiente refractaria a las cremas. En el pasillo de la sala de emergencias, largo, estrecho, sin ventilación ni escape, tal como se estila en los sistemas de salud pública de este lado de las Américas, había seis tandem con cinco sillas cada uno y cuando salí del consultorio para llamar al próximo paciente, no cabía un alfiler y había poco aire de buena calidad. Gente parada, algunas mujeres en la falda de sus compañantes. Unos tosiendo, otros pensando seriamente en vomitar, algunos que se dedicaban a mandar mensajes de texto por los celulares y unos pocos con cara de verdaderos enfermos.  No obstante, se notaba en la mayoría una mirada como perdida que se reorientaba de manera súbita y automática cada vez que alguno de los médicos de guardia abría la puerta del consultorio y vociferaba un nombre como quien anuncia un número de lotería premiado. Merece un párrafo aparte este anacrónico sistema de llamados que debería modificarse, haciéndolo menos artesanal, por así decirlo porque eso de andar gritando nombres en los pasillos como canillitas anunciando la última edición, le quita seriedad y profesionalismo al acto médico y es un elemento más que hace a la Guardia tan parecida a un mercado de pulgas.

La figura pequeña y estándar de Lozano Ester se fue acercando a baja velocidad desde su sitio en el extremo más alejado del pasillo, sorteando personas, piernas, bolsos, mochilas, niños movedizos y cuanto elemento se interponía entre su humanidad y la mía con movimientos de slalom que harían las delicias de los aficionados a los deportes de habilidad. Creo que con la mitad de los quiebres de cintura de la buena de Ester, hasta se le podría hacer un par de tries a los All Blacks. Luego de ese despliegue, de esa ostentación de velocidad, movimientos coordinados y equilibrio que llevados a cabo con una bolsa de súper en una mano y una campera en la otra no es moco de pavo, sino doblemente meritorio. Con todo en contra, Ester llegó al in goal, es decir a la puerta del consultorio, donde yo, con mi carrocería XL bajo el marco de la puerta era el último escollo a sortear, lo que logró con una facilidad pasmosa deslizándose por un pequeño resquicio que yo inadvertidamente había dejado libre entre mi cadera derecha y el marco. Try. Cinco puntos para Ester aunque me imagino que no debía tener la menor idea de rugby.

–  Buenas tardes, señora, tome asiento (pasar ya había pasado, así que la primera fase de la entrevista, o sea la invitación a entrar al consultorio, fue obviada de modo sumario por la acción determinada y unilateral de esta mujer que parecía decidida a adoptar una conducta dominante y por sobre todo, práctica) ¿Qué le anda pasando?

Vista de cerca, parecía mayor que de lejos, más aún después de la exhibición de gimnasia acrobática de la que yo mismo había sido espectador privilegiado. Espié su ficha de consulta. Nacida en el veintinueve. Nada mal para tener ochenta y dos cumplidos. Si yo llegaba así a los sesenta, me tenía que dar por bien servido, pensé mientras recordaba unos cuantos desperfectos que ya acusaba por el uso mi cuerpo de más de cincuenta y que seguramente no tenían reparación posible. Alejé estas ideas autorreferenciales de miseria y deterioro,  afortunadamente con éxito y me dediqué al motivo de consulta, tercer paso de la entrevista médica (el segundo es el saludo que siendo justos, la señora no respondió)

– ¿Qué le está pasando, señora?

– Señorita, doctor ¿Cree que porque soy vieja tengo que ser señora? ¡Señorita y a mucha honra!

– Disculpe … no pensé …

–  Se ve que no pensó, pero está disculpado. Todo el mundo me dice señora, menos mal que a usted no se le ocurrió llamarme abuela porque eso sí que no lo tolero. ¡A nadie! ¿Escuchó? ¡A nadie le permito que me llame abuela!

La vida de un médico está llena de sorpresas. Detrás de esta ancianita de aspecto promedio, agilidad sobresaliente y ojillos vivaces, se escondía una cobra lista para la mordedura letal al primero que se le encantarla, con riesgo considerable para mi integridad física y por qué no para mi vida.

– ¿Qué le anda pasando, señorita?

–  Vengo a que me vea unos análisis que le pedí al médico de cabecera del PAMI. Le dije: Doctor, quiero que me haga todo para ver cómo estoy y no me venga con las autorizaciones, auditores y todas esas macanas que no son nada más que excusas. Usted hágame el pedido que yo voy al PAMI y lo hago visar en dos minutos. Le pedí que me hiciera ecografía, ecocardiograma, análisis completos, densitometría, radiografía de los pulmones y fondo de ojo porque ando con problemas para ver de cerca. Aquí está todo para que me lo vea, doctorcito, usted que tiene cara de bueno seguro que me va a hacer la atención de mirar los estudios porque mi médico de cabecera está de vacaciones hasta la semana que viene y mire si tengo algo malo yo. Con estas cosas no se puede esperar.

Mente fría. Me sentía un monje Shaolín concentrándome para la prueba de caminar sobre el papel de arroz y en el interín trataba de desprenderme de las ideas homicidas que esta buena señora, perdón, señorita, había despertado en mí. Pensé por un momento en Barreda, en Charles Manson, en Robledo Puch y para no desmerecer a colegas, también en el Doctor Josef Mengele como referentes de lo que iba naciendo como pulsión y que debía frenar antes de operativizarla porque de lo contrario sería homicidio calificado. En milésimas de segundo que era el tiempo que esta mujer permitía al adversario para rearmar su defensa, me hice una composición de lugar con tres alternativas:

Plan A: Explicarle en detalle, mediante argumentos lógicos y técnicamente solventes, con expresión compungida que una guardia está para muchas cosas, pero lamentablemente lo que ella necesitaba no estaba incluido en ese amplio abanico de oferta. Acto seguido, debía  levantarme de la silla y con un gesto sutil, invitarla a salir por la misma puerta por la que había entrado

Plan B: Puntualizar la falta de ética que significaría inmiscuirme en la atención de un paciente que estaba en manos de tan prestigioso colega omo lo era su médico de cabecera que entre paréntesis no tenía idea de quién se trataba. Este parlamento se combina con una cara que debe oscilar sutilmente entre el asombro y la comprensión ante las circunstancias que obligan a una persona a obviar los valores éticos en busca de su propio bien. El acto seguido es el mismo que para el plan A.

Plan C: Tomar los estudios, darles un vistazo, mirar si entre los datos disponibles se oculta alguna amenaza con letalidad próxima u otro tipo de calamidad que pudiera efectivamente enfermar a esta anciana de algo que valiera la pena ser atendido (a esta altura, yo estaba cerca de creer que lo único que podría ponerla en peligro era la Kryptonita Verde). No debe por ningún motivo omitirse para esta opción una cara circunspecta de preocupación y seriedad profesional. El acto seguido tendría que esperar y debe ser decorado con algunas recomendaciones a modo de despedida, evitando caer en la tentación de las frases de cortesía tales como ‘espero verla de nuevo por aquí’ o ‘por favor no se pierda’.

Juzgué que las posibilidades de éxito de las dos primeras opciones eran menos que ínfimas, de tal suerte que me encomendé a Hipócrates y asociados y decidí que el plan C era lo indicado para enfrentar a esta anciana de vitalidad obscena que encima parecía haberse atornillado a su silla. Tomé los estudios, acomodé la musculatura facial en la posición circunspecta de preocupación y seriedad profesional que la situación demandaba sin hacer el menor esfuerzo para ello, mientras me ponía los anteojos de leer

– Vamos a ver …

– Usted será el que va a ver y después me explica. Yo no tengo ni idea de estas cosas

Asomaba en el horizonte un plan D que descarté por sus implicancias sádicas, su crueldad excesiva y el hecho de que para una cremación hay que hacer un chorro así de trámites.

–  Bueno, abuela …

–  ¡Le dije que a nadie le permitía que me llamara abuela! ¡Insolente! ¡Irrespetuoso! ¡Por eso la salud pública está como está, por médicos como usted que no escuchan a los pacientes! ¡No les importa nada! ¡Deme ya los estudios que me voy a ver ahora mismo un médico en serio y no un aprendiz como usted que por algo trabaja a su edad en un hospital!

El portazo me sonó a música y a triunfo resonante del plan E

Según mi opinión, de lo mejor que se hizo sobre el tema Emergencias

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2 pensamientos en “Guardia

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