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Estaba en la puerta del bar del hospital con un vaso de café en la mano. Recién terminaba de comer algo con mi hijo mayor, aprovechando que salía tarde del colegio y que yo tenía que cubrir unas horas de más porque uno de los médicos del servicio había dado parte de enfermo. El Hospital le queda de paso a su casa (él vive con su mamá) y nos pareció  buena idea, nos estábamos despidiendo y yo le deslizaba un par de billetes de diez en el bolsillo haciéndome el padre canchero y él en el papel de hijo distraído, se prestaba al juego. Le di un beso, le pedí que se cuidara y que fuera directamente a casa y me quedé mirando por la puerta del bar cómo se iba caminando largo, flaco, desgarbado y tan adolescente. Cuando lo perdí de vista, me di vuelta para regresar a la Emergencia de adultos que ya iba a empezar a ponerse movida.

– Disculpe, doctor ¿Usted es pediatra?

–  No, señora … pero ¿Qué necesita? ¿La puedo ayudar el algo?

Menuda, vestida con lo primero que había encontrado y sin rastros de coquetería a la vista, aunque en la cara y sobre todo en los ojos, había retazos de una belleza que en ese momento y en ese lugar, era más un estigma que una bendición. La guardia de un hospital de niños en hora pico es un desfile permanente de dolor y angustia engarzados en rostros anónimos, sin pasarela ni luces. Un desfile que no cesa. No hay lugar para juegos de superficie cuando los niños enfermos toman por asalto el escenario. En las salas de emergencias de adultos hay enfermedad, dolor, miseria, angustia, impotencia y bronca, pero en la mayoría de los casos en manos de quienes tienen alguna posibilidad de defenderse. Los niños no y los niños enfermos, menos. Esa mamá menudita que me miraba con un bultito muy abrigado, mudo y demasiado quieto, estaba buscando una respuesta. Quién era yo para decirle que había oprimido la tecla equivocada y que los pediatras estaban del otro lado. Una pared fine y unas cuantas puertas los separaban de esa multitud que llenaba los pasillos y la sala de espera de la guardia del hospital de niños a las ocho de la noche, mientras todo el frío del invierno caía a pique sobre la ciudad. Toses, llantos, berrinches y ese murmullo que crece cuando la gente se enoja y se va apoderando de todos los rincones, hasta que un grito, un reclamo, un insulto de algún padre que veía cómo la paciencia se le volaba igual que un globo de gas y estallaba contra la primera silueta que le salía al cruce y que él, con la furia como única brújula, veía como el enemigo.

–  Démelo el chiquito y sígame

Y me puso sin decir palabra el bultito mudo, muy abrigado en los brazos y sí, estaba demasiado quieto para lo que yo recordaba de los niños enfermos que suelen quejarse y moverse, salvo cuando están demasiado enfermos y no había que ser pediatra para darse cuenta que ese niño daba toda la impresión de que estaba complicado. Sentí terror mientras caminaba a las zancadas por el pasillo que da a la entrada de la guardia. No me animaba a descubrirle la carita porque estaba seguro de lo que vería y ya a mi edad, con décadas sin ver niños, desde que era médico en el campo, no me creía capaz de aguantar otro niño muerto y que esa cara nueva se sumara a aquellas dos o tres que de tanto en tanto me disfrazaban los sueños de pesadillas. Me resistía a ver la cara morena, casi negra por la cianosis de ese chiquito de cuatro años al que se le había quedado trabada una bombita de agua en la laringe y llegó demasiado tarde para que pudiéramos hacer algo. Tan tarde como aquel que se quemó cuando se cayó sobre el colchón de goma-espuma una vela que la mamá había dejado el tacho dado vuelta que hacía de mesa de luz. Pasaron más de veinte años y todavía veo su carita deformada, tan diferente a la de un bebé de seis meses, su cuerpito rígido que parecía de plástico y el olor que me entró por la nariz y se quedó a vivir en el centro de la frente más de dos semanas. No quería ver esa cara blanca de cinco años. Pura inocencia, pero con el futuro desmembrado y revolcado en el piso de tierra del rancho porque a la muerte se le ocurrió que un revólver era un buen juguete para hacerse el grande. Mirá como me mato y se reían y disparaban. La primera bala no salió. Mirá, me pego un tiro y de nuevo las carcajadas y la segunda bala tampoco salió. Tantos años el revólver guardado en la caja de madera en la parte de arriba del aparador de la cocina. Miren, miren y la tercera bala sí salió. No quería correrle la mantita porque tenía miedo y podía evitar una visión que seguramente me iba a partir en dos como un hachazo al alma, de esos que no permiten cicatrices.

Empujé la puerta de entrada de la emergencia con el bultito en brazos y la mamá casi pegada a mí. Callada como su hijito y seguramente con el mismo miedo que yo o más. Le pedí o mejor dicho le grité a un médico jovencito que pasaba por ahí que me diera una mano y fui convincente porque al instante estuvo inclinado obre la camilla examinando al bebé. Yo no me animaba a acercarme para no verle la carita. El médico le puso una máscara de oxígeno y con eso me conformé, estaba vivo y entonces, en un rapto de valor sin precedentes, me acerqué a la camilla y lo vi detrás de la máscara de plástico verde, con los ojitos medio cerrados y respirando muy rápido, con un ruido que yo no había alcanzado a percibir cuando lo llevaba en brazos. Era una especie de ladrido apagado. El médico jovencito tomó el comando, le pidió a una de las enfermeras que se comunique con al terapia y que llamara al Jefe de la guardia. No sé si era idea mía o me pareció que el bebito hacía menos ruido y respiraba un poco más lento. Alcancé a verle gotitas minúsculas de transpiración en la frente y los deditos de las manos morados.

–  ¿Qué tiempo tiene tu bebé, mami? Preguntó el Jefe de la Guardia que acababa de llegar

–  Siete meses casi ocho, doctor

–  ¿Hace cuánto que está así?

–  Despuésde la siesta se puso así, como a las cuatro

–  ¿Y recién lo traés ahora? ¿Qué estabas esperando? ¿Qué se te muriera?

–  No, doctor, ahí nomás que lo vi caidito lo llevé a la salita y ahí me dijeron que no tenía nada y que le diera mucha agua y si hacía fiebre o algo raro, lo llevara de nuevo

Mientras hablaba, se arreglaba el mechón rebelde negro azabache que se empeñaba en ocuparle la frente y miraba a los médicos como esperando las palabras que faltaban. El médico jovencito habló porque el jefe de guardia estaba a unos metros, ocupado ya en otro niño enfermo:

–  Tiene cerrados los bronquios. Bronquiolitis se llama lo que tiene y hay que llevarlo a la terapia porque si no le abrimos los bronquios puede hacerle falta una máquina para ayudarlo a respirar porque está muy cansadito tu bebé, mamá y así cansadito no puede respirar bien ¿entendés lo que te digo, mamá?

–  Sí, doctor, hagan lo que tengan que hacer. Lo dejo en sus manos. Sálvemelo al changuito que es el único que tengo

Yo era una estatua de piedra con el corazón partido en ocho, mirando desde un par de metros la escena, hasta que mis ojos se cruzaron con los de la mamá que ya se aprestaba a salir con su bebé, las enfermeras y el médico joven a la terapia intensiva en el primer piso. El changuito ya se movía un poco y casi no hacía ruido al respirar. Cuando pasaron frente a mí, ella me miró como bendiciéndome y con su mano, al pasar, rozó la mía y me dejó la piel llena de paz.

–  Gracias, doctor, si no hubiera sido por usted …

Los que me cruzaban por el pasillo que va a la sala de emergencias de adultos, no entendían demasiado. Un tipo de casi uno noventa y cien kilos, vestido de ambo verde y con el guardapolvo desabrochado, una sonrisa pequeña en la cara y una lágrima detenida en la mitad de la mejilla derecha, caminando a toda marcha con las manos en los bolsillos y mirando a ninguna parte.

A las cuatro y media de la mañana, la lágrima pudo irse a descansar porque Alejo no había necesitado respirador, estaba queriendo agarrar de nuevo la teta y tenía los deditos de las manos rosados. Me lo contó su mamá que se llegó a la guardia de adultos con un café doble

– Le traje su café, doctor, el otro se enfrió cuando usted lo cuidaba a mi Alejo. Perdone, no me supieron decir en la confitería si usted usa azúcar o edulcorante.

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