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No había salida. Era una época de vivir acorralado y con los nervios de punta. Dábamos vuelta la cabeza cada tanto para ver si nos seguían y nunca estábamos del todo seguros de que ese señor que se había detenido en el poste de la parada de colectivos no era un policía de civil que andaba de pesca por la zona. A esa hora, más o menos a las ocho de la noche, había muchos cardúmenes en movimiento. Las calles del centro hervían y se sabe que los peces pierden capacidad de maniobra cuando se aglomeran, lo que no es cuestión de estupidez, sino de espacio. Ese es el momento justo para tirar el anzuelo porque seguro se atrapará unos cuantos, lo que justifica el esfuerzo y la molestia. Respirábamos aliviados cuando el hombre se subía al colectivo y disfrutábamos de unos minutos de paz hasta que otro semblante sospechoso se insinuaba frente  a un quiosco de revistas, sentado en la mesa de un bar o mirando los titulares en la vidriera del diario La Gaceta. Detrás de cualquiera podía esconderse ese que nos estaba vigilando y esperaba la oportunidad para caer sobre nosotros. Esa era la sensación en la calle, sobre todo para los que íbamos a la Universidad que en ese tiempo nos habíamos vuelto objetivos de los depredadores. Cada salida a comprar pan o cigarrillos era una expedición y más si había oscurecido. Estos perros de presa eran mucho más eficaces al amparo de las sombras porque la noche volvía ciegos a todos los que en ese momento no estaban en la mira. Por la noche no pasaba nada, nadie veía nada y al otro día la ciudad se desperezaba más temprano que su gente, el diario tapaba las ausencias con noticias de poca monta y la mayoría de la gente arrancaba la jornada convencida de que realmente no pasaba nada y que todo era inventado. Se hablaba de campañas. Se hablaba de esos atorrantes que se habían escapados como ratas y desde Europa o México se daban el lujo de hablar mal de su país, donde por primera vez en años se notaba que había llegado el orden, después del desastre que habían hecho los peronistas con la nación y el gobierno, abriendo las cárceles, sacando a la calle a los presos políticos del brazo de delincuentes de toda clase que como la libertad estaba de oferta y sin demasiadas preguntas para conseguirla, aprovecharon la volada y volvieron en banda a las calles con una mezcla de alegría enferma y necesidad de revancha.

Orden. Había orden en la ciudad. Grupos de soldados con su uniforme verde oliva a los que se les había reservado, en el radio urbano misiones casi suicidas, como pedir documentos a los estudiantes secundarios, revisar las bolsas de mercado a todas esas amenazantes señoras de más de sesenta que a la mañana salían a hacer la compra y palpar de armas a los que tenían pinta de universitarios, pero de primero o segundo año, los más temibles. Era patético. De un lado conscriptos de dieciocho años, con el uniforme impecable y fusiles largos que parecían incomodarlos. Del otro lado, chicos de la misma edad con libros y carpetas, los fusiles, los libros y las carpetas les quedaban demasiado grandes y a todos los unía la misma cara tachonada de acné, la expresión de terror genuino y el hábito de calmar la angustia a fuerza de chicle. Se veían las sendas peatonales pintadas. En todos los edificios públicos ondeaba la Enseña Patria y blanca con el sol en el campo blanco, la de guerra y muchos la miraban alelados, con ese patriotismo que aparece en ataques, calienta la sangre, inflama los sentimientos de lucha y nos da la ilusión de que nos hemos vuelto invencibles y que efectivamente, somos los mejores del mundo, el centro del mundo. Nosotros somos, cuando nos invade el éxtasis nacionalista, el mundo mismo. Lo sentimos cuando se nos da por hacernos los gallos, desplegando las plumas, sacando pecho y cantándole al sol, como si eso ahuyentara a los verdaderos enemigos que sólo necesitan tomarnos del cuello y hundir el cuchillo hasta el mango sin escándalo, para que toda la sangre inflamada de sentimientos de lucha, quede ahí, coagulándose, en una lata de dulce de batata de cinco kilos y el resto, al horno, a la parilla o a la olla, según la calidad de la carne.

La ciudad se había vuelto segura. Uno podía caminar protegido por el Ejército Argentino y la Policía de la Provincia que velaba por la integridad de los ciudadanos de bien que eran libres de transitar por las calles sin peligro alguno. Los requisitos que tenía que cumplir un ciudadano para ser considerados ‘de bien’ nunca estuvieron del todo claros y visto el tema a la distancia, me parece que hubo demasiada discrecionalidad en el asunto. Esa era la historia que se contaba y la que la mayoría de la gente creía y adoptaba como real porque a decir verdad, estos improvisados guardianes del orden tenían una enorme capacidad de mantener la discreción y de que nada se notara demasiado. No se había difundido aún la expresión ‘bajo perfil’, pero ellos la cultivaban con una eficiencia notable. Se habían hecho expertos en asegurar la tapa de la olla y eliminar todo vestigio de filtración del líquido hirviente que abajo seguía levantando presión, como ocurre con todo fluido que a volumen constante, es sometido a temperatura creciente, lo que se conoce como la Segunda Ley de Gay-Lussac que grafica de un modo neto lo que ocurría en ese tiempo en Tucumán. Una superficie plana, sin aristas, pintada, pulida y limpia, asentada sobre un caldo en ebullición que a la larga, la mediana o la corta, haría volar la tapa al demonio y salpicaría a todos los habitantes de la provincia con ese magma. Es lógico concluir que pocos tucumanos se salvarían de una marca indeleble y podrían exhibir una piel sana y sin marcas de quemaduras a quien deseara mirarla, pero eso era un problema para ver más adelante, era un tema que debería resolver la memoria y por ello no preocupaba demasiado en ese entonces. Ya se sabía que la memoria no era uno de nuestros puntos fuertes.

La cosa es que finalmente había vuelto el orden. En la plaza principal de la ciudad no se veían lustrabotas, mendigos o vendedores ambulantes. Los automovilistas cedían el paso a los peatones y se había renovado el valor de la luz roja de los semáforos. Esos datos de la realidad eran suficientes como para que los pequeños contratiempos, tales como la necesidad de andar con documentos, bajarse a la calle cuando se pasaba frente a las seccionales o a los destacamentos militares, aguantar controles del ejército o de la policía donde había que abrir al baúl del auto, los bolsos y las piernas para que los custodios de la seguridad nos palparan de armas. Estos inconvenientes eran menores porque lo importante era sacarse de encima esa horda de ignorantes y delincuentes que nos gobernaban y por eso la gente miró fijo para el lado de los cuarteles donde se suponía que esperaban los encargados de poner las cosas en su lugar. El llamado se produjo y ellos salieron a acomodar la patria porque esa era su misión suprema. Nadie sequejaba con demasiado ímpetu porque tácitamente se aceptaba que ordenar tal desbarajuste traía sin duda inconvenientes.

Nosotros éramos muy jóvenes. La ley nos proclamaba adultos por el hecho de haber cumplido los dieciocho y a otra cosa. De golpe y porrazo teníamos que tomar decisiones, asumir responsabilidades, estar dispuestos a matar o morir por la patria y eventualmente a elegir a quienes nos gobernarían (eso estaba un tanto verde en ese tiempo, se sobreentiende). Nos mirábamos por si acaso uno tenía el teléfono del que enseñaba en algún curso acelerado a hacer todas esas cosas, pero no había caso, nadie tenía el dato y la conclusión era obvia. Cada uno se tenía que arreglar lo mejor posible por su lado, sin manual de instrucciones, sin mapa y sin la menor pista de cómo se suponía que funcionaban las cosas en nuestro país pasada la mitad de los setenta. Había en ese entonces entre nosotros un manojo de comportamientos estereotipados que más o menos definía esa tribu de niños en transición y en cierto modo podía servir de punto de referencia para saber lo que les esperaba en el futuro. Estaban los que por ideología, por apellido o por billetera se mantenían al margen de la correntada y llevaban una vida normal, gracias a que no usaban colectivos, no necesitaban fotocopias de los apuntes de clase, ni tenían por qué comer fuera de casa. Eran los menos aunque el paso de los años quiere hacernos creer que la mayoría no tenía la menor idea de lo que estaba pasando. Otros, los más, sentían de vez en cuando silbar una bala más o menos cerca, escuchaban con claridad los gritos de los policías o de los milicos en los allanamientos. Ordenes, insultos que rajaban el silencio como un hachazo en medio de la noche más cerrada. Golpes en la puerta en la madrugada. Despertar sin poder orientarse, empapado de transpiración, con el corazón saltando del pecho y latiendo a una velocidad demencial, sin saber qué hacer porque no era tan sencillo. A veces abrir la puerta era la única opción de salvar el pellejo, mientras que otras veces era el pasaporte directo a una celda o a la muerte, si se ponía nervioso un conscripto o un policía y se le daba por tirar del gatillo. La mayoría sabía perfectamente cómo venía la mano, pero vivía la rutina diaria como si no pasara nada, usando el ‘algo habrán hecho’, ‘en algo raro andarán’ como si fuera el sorbo de agua necesario para tragar una pastilla enorme, áspera y amarga que se niega a atravesar la garganta por más esfuerzo que uno haga.

En Tucumán en el ’76 por lo menos, era imposible no saber qué estaba pasando. Tanta sirena, tanta capucha, tantos cambios en las listas de alumnos, tanta deserción de las facultades con gente que de un día para el otro no aparecía más. Era extraña la falta de rastros, las caras crispadas de los profesores que bajaban la cabeza cada vez que una patrulla verde oliva interrumpía la clase, el que parecía ser el jefe se acercaba y le decía unas palabras al oído al profesor que salía como arrastrándose por la puerta del aula dejándonos a merced de estos tipos que nos veían como el enemigo y esperaban con la paciencia de un ajedrecista que alguno hiciera el menor movimiento en falso para caer sobre él y atraparlo. Ratones,  éramos ratones que dependíamos del humor pendular de una banda de gatos que asolaba la ciudad y buscaba sus presas hasta en el último rincón. Eramos ratones y a los ratones se los busca en sus madrigueras. Era la consigna, perseguir, encontrar, capturar y exterminar. Era imposible no saber lo que pasaba porque la mayoría se pasaba la vida tratando de quedar fuera del alcance de los gatos. Se hacía invisible, silenciosa, anónima, pero consciente de que en una vía paralela, la muerte estaba de fiesta y nohabía noche en la que se fuera a dormir con la panza vacía.

Hoy nadie supo lo que pasaba. Hoy hay quienes juran haber estado de un lado cuando trabajaban para el otro. Hoy hay mucha menos claridad que confusión. Mucha más verdad a medias que certezas, pero quedan los muertos, lo que no debieron haberse ido tan temprano, paro se fueron y da la sensación de que por nada. De un lado y del otro la identidad de la muerte prematura e inútil es la misma. Muchos ya no están ni siquiera en la memoria. En nombre de ellos, de los que no tienen la posibilidad de volver, remontemos el recuerdo corriente arriba y encontremos el lugar donde nace el agua y cuando por fin lleguemos allí, por ellos, por todos los que faltan, hagamos silencio de una vez por todas.

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Un pensamiento en “1976

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