Home

Había inventado el ‘astrálago’, nuevo hueso de la articulación el tobillo, escribía ‘umero’, así sin hache ni acento y no había modo de convencerlo que la ‘penisilina’ no había sido descubierta aún y que francamante, las posibilidades de que una modificación molecular resultara en un cambio de ‘c’ a ‘s’ eran remotas. Este anarquista del lenguaje, no por rebelde sino por bruto, eludía sin pudor alguno la tradición médica de la caligrafía ilegible y ostentaba su bestialidad al mundo bajo la forma de una letra clara, redonda, con un cierto dejo infantil e incrustada en el papel por la excesiva presión que le imprimía al bolígrafo. Escribía como sumerio, no porque fuera pionero de la expresión gráfica ni debido a que usara caracteres cuneiformes, sino porque daba la impresión que lo hacía con un cincel sobre una tabla de arcilla, aunque conociéndolo, dudo que supiera ni remotamente qué cosa era un sumerio.

Se podría pensar que el modo en que una persona escribe una palabra y el respeto (o no) por las reglas para hacerlo, es insuficiente como para juzgarla y esa afirmación tendría algo de verdad, dependiendo por supuesto de qué parte se halla en tela de juicio porque hay gente grandiosa con ortografía deplorable y viceversa, pero se supone que un profesional (lo que se discute aquí) que escribe de esta manera, ofrece ciertas dudas sobre varios aspectos de su formación continua, tales como la calidad (y cantidad) de lectura, la asimilación de lo que lee y la capacidad para detectar e inmediatamente corregir un error.

El espécimen en cuestión, allá por fines de los ’70, lucía con orgullo su especialidad de Traumatólogo, reconocida por la Universidad Nacional de Buenos Aires, cosa que constaba en el membrete de su recetario, junto con una sinopsis de su impresionante curriculum, esa sí sin errores de ortografía. Este llamativo hecho tenía su explicación que él se encargaba de brindar a quienes se interesaban por conocer las causas de tan llamativa perfección lingüística y era que ‘de esas cosas se encarga mi secretaria’. ‘Yo soy médico de bisturí y no de lapicera’, pontificada, para coronar con una carcajada el comentario que a decir verdad, le causaba gracia a la mayoría de los que lo escuchaban.

Aparentemente, se reía de sí mismo porque no tenía el menor reparo en reconocer sus limitaciones de expresión, sea cual fuere el modo porque hablaba como escribía. ‘Espetacular’ según su propia valoración y con absoluta economía de lenguaje. Usaba muy pocas palabras, prescindía de los acentos, signos de puntuación, mayúsculas y en líneas generales, de la ortografía, la gramática, la redacción y la sintaxis. Podría pensarse que lo que se expone acerca de este personaje puede ser exagerado, pero a la distancia veo que se le hace justicia en su descripción, sólo limitada a los hechos, uno de ellos no menor y es que como se dijo, tenía el hábito de reírse de sí mismo, con una conducta que no dejaba de ser tramposa y absolutamente intencionada porque puede, a la mayoría de la gente inadvertida, parecerle simpático y hasta cómico un tipo de más de un metro noventa y ciento y pico de kilos se descostille de risa cada vez que se le recordaba alguna de sus animaladas verbales o escritas. Estallaba en carcajadas espasmódicas y terminaba siempre diciendo que la historia no había sido justa con él porque había un tal Cortázar que según se comentaba, había juntado guita a paladas con un librito de morondanga, finito y de tapas blandas que se llamaba ‘Bestiario’ cuando el verdadero bestiario lo estaba escribiendo él. De estúpido, ni un milímetro. Un experto en marketing a fuerza de puro instinto que desviaba la atención de la gente hacia su estudiada brutalidad para que nadie reparara en lo que pasaba de las puertas del quirófano, de la sala o del consultorio hacia adentro, donde se demostraba sin duda alguna que era con el bisturí igual de inepto que con la lapicera.

No se perdía un solo congreso de la especialidad y de hecho, los laboratorios libraban verdaderas batallas campales para contarlo entre sus auspiciados (el eufemismo es ‘becados’) porque no había evento en el que no presentara un trabajo ‘novedoso’, ‘original’ y por sobre todas las cosas, funcional a los intereses de la industria que en su caso significaban cantidades monstruosas de dinero por elegir uno u otro dispositivo, obviamente descalificando a la competencia con argumentos que menos de evidencia médica y rigor científico como Hitler de tolerancia. Los fabricantes fascinados con tamaña defensa de sus productos, le renovaban su amor periódicamente con cheques de varias cifras que él usaba para derramar bendiciones sustanciosas entre los miembros de su tropa porque hay pocas manera más efectivas de fabricar y mantener incondicionales que la famosa ‘mordaza monetaria’ que no sólo garantiza lealtad, sino silencio. El puede no haber tenido en claro la diferencia que existe entre una cefalosporina de tercera generación y un hongo Portobello, pero sí manejaba ese sector del mundo donde se estila hablar mucho más sinuoso que en otras partes y se emplean palabras cosméticas para definir lo que en mi barrio se llamaba coima.

Escuché a distinguidos colegas ensayar una defensa de este personaje en algún encuentro casual en el que coincidimos. Unos decían que por lo menos él ya no operaba, sino que le dejaba la responsabilidad a los más jóvenes que estaban bien formados y por eso, pese a que la primera cara que salía del quirófano, el delantal más ensangrentado y la expresión más solemne eran suyas, otros habían sido los encargados de reparar lo mejor posible lo roto y dejar la zona lo más parecido a como la encontraron. Otros opinaban que en esta jungla no había otro modo de sobrevivir y que no era cuestión de rasgarse las vestiduras en un paroxismo de moral y ética porque eran contados los que podían enorgullecerse de tener las manos limpias y sólo necesitar el lavado por bioseguridad y no por otra cosa. Otro grupo sostenía que este tipo era de la guardia vieja y que en esa época las cosas se hacían distinto y que el mundo había cambiado tan vertiginosamente que hoy él parecía más apropiado para Jurassic Park que como Jefe de Servicio de uno de los Sanatorios más importantes de la ciudad, después de haberse jubilado del Hospital con la misma categoría. Sea como fuera, ‘responsable y autocrítico’ por dejarle a los que saben las responsabilidades médicas más importantes, ‘pragmático’ porque había aprendido a leer la realidad y adaptarse a sus reglas de juego o ‘venerable’ por haber nacido unas cuantas décadas más temprano que los otros, era a su modo un modelo. No a imitar, por supuesto, sino a reconocer como emergente de un paradigma que dice que la Corporación la mayoría de las veces aplica la doctrina de los tres monitos cuando un colega debería ser cuestionado: Silencio a toda costa, suspensión de la mirada y oclusión de oídos, conducta que conviene si la depuración no es un objetivo, la ética se mantiene anestesiada y el paciente es un objeto, no quien nos da sentido.

Hace uno días lo vi caminando por el centro y me tomé la molestia de seguirlo a una distancia prudencial, como observador, casi con una curiosidad primordial, como quien cree hallarse frente a una nueva especie. Vi que muchos lo saludaban, algunos con mucho afecto, varios le hacían el gesto de invitarlo a sentarse a sus mesas y compartir un café o lo que fuera. Vi que otros lo miraban pasar y comentaban entre ellos con voz respetuosa y baja, como la que se usa en los velorios. Con los ojos llenos de todo eso, se me ocurrió, vaya idea, compararme con él en las reacciones de la gente. Me daba cuenta que nadie me saludaba, un par de ‘arbolitos’ me ofrecieron cambiar dólares, tuve que pagarme mi café y escuché clarito como dos lustras me trataron de piojoso en voz alta, clara y desafiante, como la que se usa en la cancha, cuando les dije que no me lustraran los zapatos. Lo único que faltó es que el mendigo de las escaleras de la Catedral tapara con la mano la latita para que yo no le pusiera unas monedas.

Un gangster es un criminal de carrera que en cierto momento se convierte casi invariablemente en miembro de una organización criminal violenta y persistente, lo que en inglés, se conoce como 'gang' (banda)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s