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Cabía la posibilidad de que él en ese momento, cuando las lágrimas le llegaron a los ojos, la estuviera extrañando más que de costumbre y por ello no pudo evitar que esa humedad tibia le devolviera la conciencia de dolor que hasta ese instante había estado, por así decirlo, adormecida. Recordó, a fuerza de sentir que los ojos se habían vuelto ajenos y respondían a sus propias decisiones que ella siempre se estaba yendo, vivía partiendo sin previo aviso y cambiando el horizonte de fuga, de modo que salir tras su huella era imposible y a la vez inútil porque nunca repetía el camino de salida. Lo sabía, pero no podía evitar que lo tentara la ansiedad de mirar por la ventana por si acaso una sombra familiar se deslizaba por el sendero y así saber por lo menos que todavía ella no estaba tan lejos y que existía, por mínima que fuera, la posibilidad de tenerla de vuelta pronto, cuando se cansara de cargar con la certeza de haber dejado su ausencia en las manos de alguien que no hacía otra cosa que extrañarla. Así sucedía y los ciclos, de modo casi perfecto, se repetían con la exactitud extrema de lo inevitable.

Era probable que coincidiera la ráfaga de dolor que le surcaba el pecho como una mezcla de fuego y garra metálica con la sensación de que ese regreso se estaba demorando más que de costumbre y los puntos de referencia se borraban favoreciendo el desorden y la muerte lenta del rumbo a manos de incertidumbre y de las preguntas sin respuesta. La soledad tan temida ganaba terreno y capturaba recuerdos para ejecutarlos porque nunca tuvo la costumbre de tomar prisioneros. Dejaba a su paso tierra estéril sin espacio para la resurrección porque no había humedad posible penetrando la cáscara reseca y gruesa que se resquebrajaba para engañar al ingenuo que confundía heridas con resquicios por donde la vida podía tener la oportunidad de deslizarse en forma de agua al compás de una próxima lluvia o por lo menos, como para empezar, escondida en una bandada de lágrimas en caída libre. Era evidente que por el momento estaban vedados los sueños por peligrosos, por capaces de despertar historias perdidas que podían funcionar como flechas mensajeras volando hasta donde ella solía refugiarse, por no decir esconderse.

Tal vez era puro azar el hecho de que cada vez que se le desbordaban los diques del alma, sacara a relucir sus espadas más filosas, sus peores golpes y sus palabras más letales que se estrellaban en los oídos de él que trataba de pensar en alguna música remota y que guardara algún dejo de armonía para poder neutralizar el veneno e ilusionarse a la vez con un paso fugaz de esa tormenta despiadada que arrancaba sin contemplaciones las raíces nuevas que peleaban por anclar lo que iba creciendo desde adentro y con razón temía desplegarse sin tener una base segura que pudiera evitar su derrumbe y su destino definitivo de leña seca e irredimible. Cuando ella se armaba para una pelea en la que nadie más participaba. Ella contra un espejo imaginario e incapaz de reflejar otra cosa más que lo que a ella le recordaba el dolor primordial que se siente cuando la espera se transforma en angustia y la llegada no sirve sino para que la certeza del abandono sea total y sin posibilidades de modificarse, por más fuerzas que se convoquen, por más plegarias que se intenten, el abandono y la humillación no curan con presencia y dejan impronta en el más cruel de los espejos, el que vive dentro de uno.

En una de ésas se trataba solamente de un espejismo y todo lo escrito, toda la historia construida a pesar de los enemigos empecinados en traer de regalo una derrota y todo el futuro pendiente que esperaba en algún rincón del tiempo, esperando la orden para ser real de una vez por todas. Todo eso podría haber sido una ilusión fabricada por sentidos condenados que no tenían nada que perder y decidieron jugar la última carta en una apuesta demencial a todo o nada. Una imagen. Eso. Una imagen irreal y sólo presente detrás de los ojos, allí donde se deciden los modos de ver lejos al que no se tiene, al que se ha ido y no vuelve o al que nunca estuvo. Allí se fabrican las imágenes y se ponen a disposición de los sueños que dirán si las toman o las dejan. Da igual. Lo mismo en algún punto adquieren vida propia, son capaces de latir en el centro del alma y acompañan la espera de la parte real de lo que representan y que siempre queda fuera, en un territorio ajeno y paralelo, donde se habla un lenguaje diferente y no existen las preguntas sin respuestas como de este lado, donde la mayoría de las horas se sombrean de miedo y de vez en cuando, no siempre, una lágrima trae a la conciencia la única certeza que existe que es la de la espera.

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