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Me gustaría por un momento ser el soplo fresco que calma el ardor de la piel, como después de una tarde de soleada sin control y que ese alivio, más tierno tal vez que efectivo, se quede dentro tuyo para que sirva en todas tus lastimaduras, a la vez que intentaría dar sentido del algún modo  a lo que te ha tocado en suerte para que de una vez por todas puedas remontar la pena como si fuera un barrilete de colores y pintar así ese pedacito de cielo que te corresponde, para que todos lo veamos y sepamos que estás de vuelta, íntegra y prácticamente perfecta hasta en tus aristas más ásperas y menos apacibles.

Me gustaría contarte historias que sean capaces de llevarte en viajes sin escalas por el aire, el mar o la tierra, con sólo cerrar los ojos y al mismo tiempo abrir el alma, para que por esas compuertas de un dique que por fin se bajan, entre un torrente de agua nueva que lave el dolor y que lo arrase, lo desmenuce, lo convierta en pedazos miserables que terminen arrastrados corriente abajo, chocando contra las piedras y muriendo de tan insignificantes, dejándote más limpia, más nueva y más transparente que nunca, pero con el espacio suficiente como para que el reflejo plateado de la noche acune tu día y le regale el descanso.

Me gustaría saber de qué modo se arrancan de raíz los miedos, cuando apenas son brotes, cuando su crecimiento es todavía insospechado, como es imprevisible el tamaño que pueden alcanzar si se los deja librados a su impulso, sin nada que se interponga en su objetivo de apoderarse tanto de la realidad como de los sueños y finalmente convertirnos en una tierra árida en la que jamás podrá sembrarse nada porque cuando el miedo crece, se lleva la savia y ese es el modo que tiene de matar o sea muriendo él mismo porque deja todo en esa carrera demencial que no admite treguas y tiene como único objetivo, como única meta, una cáscara de piel vacía por dentro que no es capaz de mirar porque le aterra lo que capturan sus ojos.

Me gustaría entender lo que se siente cuando la puñalada inútil dibuja el dolor en las entrañas y más aún, cuando por agotamiento o por clemencia del tiempo, llega la calma. Comprender cómo atenaza la garganta esa espera hasta la próxima estocada, hasta el próximo instante en que ese síntoma brutal estalla y calcina sin el menor resabio de piedad, hasta que rendirse parece la mejor alternativa en el horizonte. Darse por vencido, entregar las armas y dejar que el heroísmo lo cultiven otros que están más preparados para cargar el valor en su espalda sin que se les quiebre en un ángulo fatal e irreversible del que no se regresa sin cicatrices y sin que se note desde lejos lo mucho que se ha perdido en la batalla.

Me gustaría o tener que volver a hablarte del dolor que sé que está en alguna parte, dentro tuyo, escondido con la eficiencia del francotirador que tiene todo el tiempo del mundo para preparar cada uno de sus disparos porque su misión es acertar en el cien por ciento de los casos. Por eso no avisa, hace silencio y se mueve lentamente como una mancha de petróleo en el océano, preparando el terreno para que entre el estampido y el proyectil en el blanco no haya tiempo para nada. Sólo percibir muy adentro de la mente el chasquido de esa especie de arma que el dolor ha construido para hacernos daño y luego el impacto bestial más allá de la piel y más allá de la carne, en el centro mismo, donde las manos y el alivio no llegan.

Me gustaría atravesar los muros que se levantan para proteger lo que queda del después del paso triunfal del invasor. Esas fortificaciones patéticas y endebles que no resisten el menor embate y se derrumban apenas una fuerza sostenida las empuja con la convicción de triunfo en cada uno de sus músculos. Caen y levantan polvo. Le dan un aspecto más ruinoso todavía a lo que sigue ahí a pesar del dolor, de pie con la dignidad inútil de un sobreviviente al que no le alcanza la presencia para ser historia. Las murallas ya no existen, el paisaje es un páramo lleno de grietas de donde el último vestigio de humedad ha sido asesinado y el dolor persiste, concibiéndose de nuevo a partir de sí mismo, como lo único válido.

Me gustaría suponer que pueden existir días en los que uno puede caminar por el mundo sin ocuparse de mirar hacia atrás o a los costados, por si acaso el enemigo ha decidido que justamente éste puede ser un buen momento para el ataque porque la sorpresa juega a su favor y él no sabe de pactos o de armisticios. Caminar así, con la libertad de saber que a la vuelta de la esquina no se agazapan los fantasmas ni corren peligro nuestras esperanzas de que al atardecer, se conciba un paisaje distinto, donde no quepa nada que no sea necesario para mantener la armonía y darnos un poco de paz, donde podamos estar seguros que la luz es luz y no sombra disfrazada que ha montado una conspiración para engañarnos los ojos.

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