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Encarcelado en una implacable jaula de carne y hueso, sin más opción que mirar al horizonte a través de la ventana de su cuarto, día a día el mismo paisaje estático sin esperanzas de cambio. Días calcados de aquí en adelante. Quieto el cuerpo y presa el alma. Se da cuenta que hasta el recuerdo del movimiento se le borra de la memoria, se filtra a través de los poros y vuela como si se  evaporara, en un acto de defensa extremo contra la desolación absoluta ante una nueva muerte que en definitiva es como tantas otras que de un tiempo a esta parte le vienen llegando de una en una y ordenadas en fila. Nadie muere de una sola vez. Eso es un mito en el que necesitamos creer para remontar la vida con alguna posibilidad de éxito. Nos viene bien estar convencidos que cuando se pone el punto aparte, es porque todo acaba definitivamente. Nada más lejos de la verdad. En la mayoría de los casos, ese punto es el comienzo de otro ciclo desde un cero a partir del que nada de lo que fue vale lo mismo.

El sentía que de tanto en tanto, todo se repetía, como si lo que alguna vez estuvo y partió, regresara igual que siempre, sin el efecto que el tiempo y la distancia le hacen a todo lo que tocan. Igual y plano  como la superficie sin imperfecciones de un cristal acostado que no permite que nada se arraigue, ni siquiera el polvo. Todo demasiado perfecto para ser cierto, pero a la vez demasiado cierto para ser perfecto. Ciclos que iteran una rutina temporal que viene a ser el reemplazo absurdo de la vida que en un momento dado se fue despavorida poniendo la mayor distancia posible de la silla de ruedas, de la inmovilidad y del siseo exasperante del respirador mecánico que a cambio de una porción medida de aire, le preparaba el terreno a la muerte con infinita y perversa paciencia. El esperaba porque no había opción. Aferrado a la vida, según los del lado de afuera, los que no sabían que para él era imposible siquiera el movimiento mínimo para arrancar de raíz el tubo que lejos de ser heroico, se había vuelto imprescindible. Es bastante diferente estar sepultado en una cáscara inmóvil que aferrado a la vida, como gusta o le es cómodo creer a la gente.   

Se concentraba en la respiración para ir a un lugar seguro donde todo es mecánico, simple y previsible. El aire entra y no tiene otra opción que salir, tarde o temprano. Ahí, en esa realidad pendular e inmutable, se sentía a resguardo de las ideas que le tomaban la mente por asalto y le recordaban como a cachetazos que el final no necesitaba de su presencia para producirse. Sólo bastaba desconectar la máquina y su cuerpo, reducido a una caricatura contrahecha, dejaría de funcionar igual que cesa en su mala imitación del movimiento un mono a cuerda y se queda tieso, con los platillos diminutos a medio camino. Así de simple, con sólo girar una perilla y oprimir una tecla, el telón bajaría para siempre y sería el tiempo de la oscuridad que suponía mejor a esa luz prestada que estaba condenado a mendigarle al día desde el preciso momento en que el oficio y la pericia del enfermero lo colocaban en la silla de ruedas. Con delicadeza, sin movimientos bruscos, con la misma precaución con la que se maneja un bulto frágil que no conviene romper por si acaso a alguien se le ocurre la peregrina idea de reclamar los daños.

Trataba de que la ventana le devolviera otra cosa que un ángulo verde del jardín del fondo, a veces con flores y otras veces sin ellas, pero sólo la figura encorvada e indiferente a la dinámica del cosmos del jardinero que se mimetizaba con las plantas, como un brote más, pasaba como un espectro ordinario y hacía contraste contra el horizonte repetido y estático como una soga a su máxima tensión que no tenía la menor intención de romperse porque eso hubiera significado un cambio, torcer lo que en alguna parte de un libro misterioso debía estar escrito. Se sabía, aunque nadie pudiera afirmar haberlo leído que una forma sublime de castigo para los que tienen el deseo de morir, es alejar el final del camino a medida que pasa el tiempo y mostrar cada amanecer que el punto donde esperaba el descanso ya no estaba a la vista como la noche anterior, cuando fue posible cerrar los ojos y entregarse a los sueños sin miedo a la pesadilla de despertar igual, cosa que inexorablemente, al amanecer, ocurría. No siempre se aprende con el dolor y muchas veces la marca que deja se evapora de la memoria y si hay un instante de calma, aunque fuera una fracción de segundo, es probable que todo se olvide y se renueve la posibilidad de sufrir como si todo fuera inédito porque en cierta forma, cada dolor que quiebra el cuerpo y el alma en dos, se siente como el primero, pero también es cierto que nunca va a ser el último.

Fue hacia atrás en el tiempo y volvió a verse pleno, erguido sobre sus piernas poderosas, sin miedo a nada y con el mundo a su merced. Midiendo sus posibilidades, más como un rito de concentración que otra cosa porque de antemano se sabía triunfador desde se había sacado de encima la piedad y consideraba al vencido poco menos que un obstáculo a sortear sin que importara demasiado el precio. Mientras menos tardara en librarse de las molestias, más pronto cruzaría la línea y detrás de él llagarían los que acostumbraban a pelear por las sobras del banquete. Lejos, lo suficiente como para permitir que el destello de la gloria se disipara solo, sin interferencias, como un artefacto de la más sofisticada pirotecnia que dura el tiempo necesario como para asombrar y cuando cesa, esparce en el aire una sensación rara que hace el mismo ruido al caer que un sueño roto.

La vio contra el pilar de la entrada de su box antes de empezar la carrera. Perfecta, dueña de lo que el mundo deseaba y con la certeza plena de que lo poseía. Bella sin atenuantes y cada vez que elevaba sus párpados para que amanecieran los ojos grises, flotaba un puñal helado, listo para hundirse donde hiciera falta y hasta donde fuera necesario, sin contemplaciones de ningún tipo. Ella lo miró. Para él no había hielo, pero ese día, justamente ese día, los ojos grises dejaron escapar algo distinto que de un modo u otro dio en el blanco y le hizo daño porque le fue creciendo adentro a medida que pasaban las vueltas y los rivales se rendían uno a uno. Primero. Como siempre. El segundo sin posibilidades de inquietarlo. Ojos grises. La pista que se borra por una fracción infame de tiempo y el golpe. La oscuridad que jamás había visto y él a la deriva dentro de una espiral negra que no daba muestras de tener fin. Una eternidad después, abrir los ojos y sentir las lámparas fluorescentes del techo de la unidad de terapia intensiva lastimando una retina desacostumbrada a tanta luz. Mirar hacia el costado. Primero a la derecha y luego a la izquierda. Darse cuenta muchos antes de que la información llegara a la conciencia que los ojos grises no estaban ni iban a estar nunca más. Ordenarle al cuerpo que se moviera y que empezara el rito de la resurrección y saber sin posibilidades de error que la desobediencia de sus manos y de sus piernas no tenía retorno. Hacer el intento de llamar a alguien, a una de las miles y miles de caras que domingo a domingo cruzaban delante de él para saborear una miga de su triunfo, pero que en ese momento no estaba disponible porque seguramente el ganador era otro y esas migas estaban más frescas y eran, por supuesto, más apetitosas.

Arqueó el cuello hacia atrás y se concentró en el trazo verde esmeralda del monitor que describía curvas rítmicas y pintorescas en la pantalla. Dibujos que no entendía y que iban a morir sin remedio en el extremo derecho de la pantalla, para renacer del otro lado sin descanso ni pasión. El monitor le decía a quien quisiera saberlo que seguía vivo y que algunas de sus partes funcionaban a pesar suyo y sin que importara que su deseo fuera detener de una vez por todas la máquina y abandonar.

Volver a casa. Al cuarto de la ventana enorme. A los rincones desde los que acechaba el recuerdo de los ojos grises que lejos de disiparse, había crecido hasta invadir toda la casa como una especie de moho invisible que atajaba el aire e impregnaba las habitaciones con un olor demasiado parecido al perfume de la muerte. Pensar en lo mismo desde el momento en que abría los ojos hasta cuando lo vencía el sueño. La misma idea que como una mosca contra el cristal le golpeteaba la mente sin moverla. El final. Apurar el final aunque eso significara un salto un vacío distinto al que tenía hoy por hoy al alcance de la mano.

No tuvo la opción de saber si realmente fueron los ojos grises y por supuesto ella, perfecta, derramando ese perfume inconfundible, ni supo si esa oscuridad nueva, silenciosa, infinita, sin recuerdos y suave como una almohada de plumas que se le había instalado adentro era la muerte porque al otro día, como siempre y esta vez sin ojos grises, las manos firmes del enfermero lo acomodaban sin la menor molestia, en la silla de ruedas y las mismas manos, conectaban la cánula del circuito del respirador.

La única diferencia, es que ahora está oscuro.

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