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Sentada en la escalinata de lo que supo ser el edificio del Banco del Noroeste, una reliquia más entre tantas  que la ciudad ha ido acumulando con el paso del tiempo y que se pueden mirar de varias formas, así como son varios los modos que tenemos de sentirlas porque significan para algunos un recuerdo cálido y necesario de algo que pasó, pero en cierto modo sigue vigente, mientras que para otros representan una estructura que persiste en mantenerse de pie para repicar el fracaso de un proyecto o de un manojo de sueños que no pudieron ser. Las reliquias de la ciudad pueden ser monumentos o lápidas.

Hurgaba en una bolsa de plástico blanca con la paciencia de un cirujano y la ansiedad contenida del que busca algo que sabe que está precisamente ahí, aunque no alcance a verlo. Movía las manos dentro de la bolsa y de tanto en tanto levantaba la mirada celeste que apenas se alcanzaba a adivinar detrás de la línea de sombra que la visera de la gorra le dibujaba en la cara. Era una mirada celeste de otra parte, de las que en la ciudad no se ven a menudo y que alumbran distinto o por lo menos da la impresión de que es así si uno se detiene a recibir esos ojos y supera el primer empujón de luz manteniéndose de pie y con la mirada firme. Pasado el embate, pasada la primera impresión, seguramente llega con cierta demora la historia que en la mayoría de los casos no es tan celeste, no es tan luminosa ni es tan diferente a tantas historias que sí se ven a menudo en las calles de esta ciudad que Dios bendice de a ratos o de a pedazos, no sé si porque le falta tiempo o porque también El tiene su límite y nosotros, desde abajo, conseguimos superarlo.   

Sacó un mono de peluche pequeño, de un color remotamente marrón y con pelos claros como penacho en la cabeza. La cola se veía descosida en la base y asomaba el relleno sin pudor alguno. Creo que se me representó la imagen más nítida y cruda de lo que es el fondo de un abismo individual que sólo quien lo habita, lo conoce en su real dimensión. Lo percibe como un peso insoportable que le quiebra la espalda y al final, pese al esfuerzo de mantenerse erguido, lo vence. El relleno asomando por la cola descosida de un mono como paradigma del derrumbe. Es complicado, me parece, encontrar una metáfora más patética. La mirada celeste, la bolsa llena de cosas indescifrables, el carrito de supermercado y el muñeco de peluche herido de muerte. Era demasiada carga para unas escalinatas comunes que supieron conocer tiempos de prosperidad y esplendor unos años atrás y hoy se oscurecen de manera inexorable a fuerza de tiempo y olvido, envejeciendo sin dignidad, como casi todo.

En la peatonal Caseros a esa hora de la mañana de domingo, había más bien poca gente, pese a que en julio el turismo en Salta explota, pero en este día las cosas, al menos en esa cuadra de la ciudad, obedecían a otras leyes y se regían por distintas medidas de tiempo gracias a ella que seguía sentada allí con su bolsa blanca y sus otras cosas acomodadas escrupulosamente en un carrito de supermercado con la rueda delantera derecha floja y con ganas de soltarse. Había de todo. Bolsos, un paraguas negro con mango de madera que en general distingue a cierto tipo de gente que reniega de la invasión de esos sucedáneos de Taiwan con mango retráctil. Hay personas con clase que prefieren las cosas bien hechas, antes que una baratija coyuntural que si bien ataja el agua más que aceptablemente, se nota ordinaria y falta de estilo. Sin embargo, viendo ese paraguas erguido sobre uno de los ángulos del carrito, con la estampa intacta pese al mango rayado y opaco, la imagen del derrumbe se hacía más patente por el contraste. En este país, poca gente se da cuenta que hay quienes se arrastran en la miseria conservando, además de los ojos celestes, un paraguas con mango de madera que en otro tiempo supo estar lustroso y sin un solo rayón visible.

Me quedé en la vereda de enfrente tratando de que no se diera cuenta que invadía su pequeño mundo, vedado sin atenuantes a todo aquel que ha sido alcanzado con la bendición de una oportunidad de levantar la cabeza del barro. Miraba las guitarras de la casa de música que está a pocos metros de las escalinatas y buscaba localizar sus movimientos en el reflejo de la vidriera. Vi que cambiaba de bolsa y la emprendía con una cartera que se adivinaba negra y volvía a la ceremonia de la búsqueda, sumergía la mirada celeste en lo más profundo de los bolsillos y en los ángulos menos transitados de los compartimientos donde se escondían misterios resistentes a la luz y a las revelaciones. Tal vez quedaban algunos retazos de un tiempo más amable que el presente de escalinatas y recuerdos que cabían en un carrito de supermercado, este hoy que le volvía turbia la mirada celeste y le cuajaba el aire alrededor hasta hacerlo sólido e irrespirable.

Se paró lentamente como si se estuviera desplegando y vi que era más alta de lo que parecía. Mucho más alta y mucho más distinguida, con ese porte que se trae desde el nacimiento y tiene el mismo destino que un estigma que es morir con la piel del que lo lleva. Se acomodó la gorra con un gesto que tenía ese dejo desdeñoso que la nobleza reserva para las actividades humanas comunes y empezó e empujar el carrito por la vereda despareja de la peatonal, sin hacerle caso al sol de la mañana que ya calentaba el ambiente y barría las sobras del invierno que suelen quedarse a dormir en los rincones de los edificios del centro. Caminaba despacio y erguida, con la frente apuntando al horizonte y los ojos perforando la sombra de la visera de la gorra, como una lanza de luz que le sacaba chispas a todo lo que se le ponía delante. Yo me quedé en la vidriera de la casa de música esperando que se alejara porque tenía temor de incomodarla. No se le hace eso a una reina. Me había proclamado su caballero andante y protegería con mi vida su tránsito por esta parte desprolija del mundo. Desarmado y todo, me tenía fe en la misión que este raro sortilegio interior me había encomendado y decidí aceptar el desafío y seguirla. Esperé a que doblara la esquina hacia el sur de la ciudad, donde las cosas funcionan de manera diferente y apuré el paso para mantenerla a una distancia suficiente como para poder velar por ella sin que se diera cuenta que un ángel de la guarda artesanal e improvisado se hacía cargo de su suerte o al menos de parte de ella.

Llegué a la esquina, enfilé hacia el sur por la calle Florida y no la veía por ninguna parte. No escuchaba el ruido del carrito con la rueda floja y no aparecían las chispas celestes que había confiado que me guiaran en la marcha como las migas de pan de Pulgarcito. No estaba. Había desaparecido y yo seguía buscando donde me llevaba el instinto, sin dirección, sin método, como una mosca que pretende perforar el vidrio a puro golpe, sin darse cuenta que la hoja de al lado está completamente abierta. La buscaba excavando a mano limpia las paredes de los edificios y perforando los recodos de la memoria para hallar una pista y así llegar al sitio donde ella había decidido refugiarse. Fue imposible. La busqué hasta agotarme en el intento y tuve que darme por vencido cuando las luces de la tarde emprendieron la retirada y las calles del centro empezaron a llenarse con otra gente, distinta y renovada.

La busco. Hoy la sigo buscando y el tiempo que llevo tratando de encontrarla ya no tiene ni medida ni importancia. Estoy seguro de ello. El tiempo vale si me permite seguir en el intento. Lo pienso, tomo un respiro y sigo, empujando lentamente mi carrito de supermercado donde mis cosas, las pocas cosas que no me abandonaron, están acomodadas con mucho cuidado, dejando el espacio justo donde quepa el paraguas con mango de madera que me falta y necesito porque se acerca el tiempo de las lluvias.

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Un pensamiento en “Reliquias

  1. Thank you for reading my tale. I’m surprised but Iknow about the great power of the Internet. Keep in touch, please. I write omly for the readers. Without them, I don’t exist. Greetings from Salta, Argentina

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