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(La Nación, 10 de julio de 2011) Ezequiel Agrest tenía 26 años. Estudiaba cine. Anteayer, con unos compañeros se preparaba para filmar un corto. Pero sus sueños se desvanecieron en cuestión de segundos, cuando fue asesinado de dos balazos al intentar defender a una amiga de un ladrón armado. Así lo informaron a La Nacion familiares de la víctima, que era hijo de Diana Cohen Agrest, doctora en filosofía, especializada en temas de ética.

 Hoy no hubiera querido que me caigan las fichas, así la realidad pasaba lejos, lo más lejos posible y a toda velocidad por su propia autopista, con los acontecimientos sucediéndose como ráfagas de ametralladora, así como pasan las cosas todos los días, de un tiempo a esta parte, sin darnos respiro, una detrás de otra. La vida cotidiana se ha vuelto una máquina de triturar que destroza todo lo que le entra por la boca, sin medir ni hacer cuestionamientos o juicios de valor. La ecuación es simple, lo que llega se come y no hay discusión posible. Todos y cada uno de nosotros forma parte del último eslabón de esta despiadada cadena alimenticia.

Hoy nada parece ser personal y hasta se puede pensar que nada merece serlo porque ponerle nombres a la historia diaria es como pisar el freno o soltar las anclas y detener el vértigo hasta hacerlo viscoso. Si se baja la velocidad, inexorablemente aparecen los espejos y las preguntas, esas que no conviene evocar porque de algún modo habrá que responderlas y a partir de ese punto, habremos de hacernos cargo por haber dejado que los valores se perdieran a lo largo de este camino repleto de agujeros donde todo se hunde sin remedio.

Hoy mataron a un chico que recién arrancaba y en cierto modo estaba tanteando este oficio de llegar a la noche después de vivir un día en que cada paso es una expedición, con el enemigo escondido o evidente, da igual porque cuando se acaba el día, nadie es capaz de conocer la diferencia y no hace falta que se oculte para poder atacar tranquilo, a esa hora donde las luces cambian, el agotamiento y la sensación de derrota nos vuelve vulnerables e incapaces de proponer una tregua. Del otro lado, donde vive el demonio, no hay espacio para banderas blancas. No hay razón de valor para matar y se mata por nada y ese par de balas que clausuran un cuerpo en pleno despertar se vuelven semillas que en algún momento van a lograr que germine el odio, si es que eso no ocurrió ya y está ahí, un tanto apocado por la maleza, pero esperando la estación propicia para estallar en un verde sucio de deja en el aire un olor permanente a sangre seca.     

Hoy alguien decidió que arrancar de cuajo un par de alas no tenía demasiada importancia y como siempre, después de esta tragedia numéricamente mínima pero infinita en sí misma, se ponen en funcionamiento los engranajes de los sistemas que nos defienden, siempre después del ataque, de este y del que viene, nunca anticipando el golpe y poniendo a salvo al próximo que tenga la mala idea de cruzarse delante de las balas que en la mayor parte de los casos eran para otro porque es así, una trampa se construye en una fracción de tiempo y en cualquier lugar. Ya ni siquiera la luz del sol está en condiciones de dar garantías.

Hoy te mataron, hermano y no puedo dejar de pensar en vos aunque no nos conocimos y si no fuera por esto tan oscuro y asqueroso, tal vez ni enteraba de tu existencia y los dos hubiéramos andado lo que nos tocara en rieles paralelos buscando lo que estoy seguro que buscabas. Lo mismo que yo, marcar la diferencia y valer la pena. No sé cómo fuiste, pero te intuyo a través de lo absurdo de tu muerte, elevada hasta el heroísmo por el gesto, pero igual de irremediable aunque las pocas migajas de consuelo que da saber que fuiste humano hasta en el último gesto no alcancen para tapar el enorme hueco que se empezó a cavar en el alma de los que te vieron irte, en el mismo momento en que te ibas. No te conocí, pero desde donde estoy, en esta noche de invierno salteño, cálida después del cuchillazo helado de los primeros días de julio, quiero que sepas que por lo menos en lo que a mí se refiere, marcaste la diferencia y dejaste una huella que va más allá de las imágenes que tienen tu impronta, de las cosas buenas que pudiste terminar y de las que estaban en camino, de los errores que te fueron esculpiendo el carácter, de las derrotas que te enseñaron que el suelo nunca es tan duro ni tan despiadado como la cima y de los triunfos, pequeños y grandes que te seguramente no te regaló nadie y te ayudaban a mantenerte erguido porque puntales, necesitamos todos.

Chau, hermano, hasta siempre y que a partir de no tenerte, empecemos de una vez por todas a ser mejores.

 Con todo respeto y afecto a la Dra. Diana Cohen Agrest, maestra siempre y hoy más que nunca madre, para que sea capaz de transformar el inmenso hueco de ausencia en un lugar donde se encuentren apaciblemente los recuerdos y se construya un futuro sin miedos. 

   

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