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Tenían un pacto. No estaba escrito. Latía grabado ahí, donde está lo que no hace falta traer a la memoria de tanto en tanto porque hay cosas que se niegan a ser recuerdo, así como hay otras que nacieron y viven para dejar su huella porque no conocen otro modo de justificar su existencia. Tenían un pacto. Desaparecerían o llegado el caso y si fuera imprescindible, morirían juntos y al mismo tiempo porque sabían perfectamente que ninguno de los dos estaba en condiciones de sobrevivir con la obligación de cargar solo con tanta ausencia, demasiada para una espalda por más fuerte que fuera. Tenían la certeza de que esa ausencia, más que un vacío o la imagen de un hueco sin peso y hasta ingrávido, no era real. No se trataba sólo de la falta de algo, del espacio incompleto o de la sombra que ya no hacía contraluz en el horizonte al ponerse el sol. Era una ausencia sólida, densa, impenetrable en su trama brutal de piedra dura e imposible de partir con mano humana. Pesada en el cuerpo y en el alma apenas se pensaba en ella como posibilidad, nunca como inminencia porque sentirla cerca era sinónimo de un dolor sin pausa y sin adjetivos, absoluto.

Para intentar el próximo tramo del camino, era suficiente sentir que el otro estaba cerca. Muchas veces caminaron senderos paralelos, intuyendo una presencia más allá de lo que eran capaces de ver y con esa percepción alcanzaba, sin que importara demasiado la distancia a superar ni el tamaño de los obstáculos. En alguna encrucijada, por azar o gracias a esa causalidad misteriosa que tienen algunas historias, lo que es más o menos lo mismo, se encontraban y se repasaban, como afirmando lo aprendido uno del otro. Repasaban los nuevos hitos que hacían diferente esa piel tan conocida, retrocedían el tiempo para poner un punto de partida común en un intento de hacer lo más simétrica posible a la memoria y recordaban con la libertad que da la ingravidez del tiempo consumado que ya no puede modificarse por ninguna fuerza conocida. Navegaban a la deriva por lo que fue y de vez en cuando corrían peligro de naufragio en el más peligroso de los mares, el que pudo haber sido. Sorteaban los abismos que alguna vez fueron preguntas, pero de tanto demorar las respuestas, se hicieron surcos en el alma, con el fondo negro e invisible donde habían ido a parar los fantasmas y los miedos que a esta altura del camino, no convenía despertar.

Un trecho después, sin mediar palabras o con ellas como puente, intentaban la tarea imposible de separarse para poner cada uno un punto inicial a su propio día de mañana. Tener la libertad de cercar el presente, amurarlo o parapetarlo o incluso dejarlo abierto en sus cuatro puntos cardinales para dejar que fuera lo que debía ser. Era inútil. Cuando uno decidía elevar un muro en algún confín del mundo, el otro al mismo tiempo ya estaba preparando la mezcla para unir los ladrillos y si por esas cosas la decisión era dejar que pasara quien quisiera, se veían dos presentes sin vallas ni barreras que habían nacido al mismo tiempo. Se conocían tan de memoria que el trabajo de espejo los acompañaba a pesar de lo enormes que fueran las distancias. Uno era el otro y el otro uno. Una fuerza que no eran capaces de controlar los acercaba y hacía que los caminos paralelos encontraran su punto de unión mucho antes de llegar al infinito. Cuando se pierde el dominio del espacio, las dimensiones son relativas y tiene muy poca importancia la presencia porque en ese estado de cosas, es imposible estar fuera del otro.

Algunas veces recordaban el plan de morirse los dos al mismo tiempo, pero resulta que es muy complicado morir cuando la vida es inevitable y eso los hacía fracasar en el objetivo. Lo intentaban. El mundo daba fe de ello. Se dejaban caer. No respiraban o hacían el intento de llegar hasta la sangre, pero era inútil. A nada del final, uno de los dos levantaba la vista y miraba al otro que justamente en ese momento también había apartado los ojos de la herida. Todo volvía al punto cero. Cesaba el torrente rojo y se hacía presente cada una de las cosas que iba a empezar mañana, como en una procesión interminable y los dos se levantaban casi al mismo tiempo, se miraban el vendaje manchado de sangre, se tocaban ahí, donde anidaba la última lastimadura para asegurarse de que el dolor seguía disponible. Por si acaso se necesita, siempre es bueno tener cerca algo que duela porque es la manera más rápida de resucitar cuando la caída libre se escapa de las manos. El ciclo se iniciaba de nuevo y de tanto andar, no había caminos que no fueran familiares, pero no por eso estaba amortiguada la emoción del próximo paso que seguía siendo como el primero y provocaba como al principio ese hueco vibrante en la boca del estómago.

Tenían un pacto. Escrito en el aire que habían aprendido a respirar, saboreando su gusto levemente ácido, como el de la tarde que inclina su frente sobre el pecho oscilante del que descansa después de haber domado el surco a mano. Ese aire que otras veces devoraban como si tuvieran sólo un segundo para calmar el hambre antes de encontrar al otro que se pasaba la mano por la boca mientras disparaba la primera risa de la mañana y le sacaba brillo al día recién nacido para que los dos tuvieran mejor luz en el primer trecho del camino. Por lo menos hasta la próxima encrucijada en la que inevitablemente habrían de bifurcarse los rumbos porque no había lugar para los dos en esa senda demasiado angosta después del cruce.

Hubo muchos ciclos más. Algunos no cabían en las unidades habituales que usan los hombres para medir las cosas, otros se vieron como una sombra fugaz y evanescente que abrigaba la luz como si a la vez la estuviera protegiendo y también hubo de los que extendían como si el tiempo tuviera una textura elástica y no dejaba que la historia llegara al final porque justo en ese momento se retraía y volvía cerca del principio. Cada uno de esos ciclos los encontró juntos y sin tiempo de morir ni de intentarlo porque el primer paso sembraba la esperanza de un camino nuevo capaz de cerrar las heridas, reponer las fuerzas y demostrar una vez más que el final por el momento no era opción ni por asomo.

Hasta que un día, al mismo tiempo y lejos de una encrucijada y más lejos aún del punto donde las sendas paralelas forzaban su encuentro a pesar de las leyes y las teorías. En un sitio exactamente igual, pero de caminos opuestos, uno se sentó al costado a esperar a que llegara el otro que desde hacía un instante también esperaba lo mismo. Pasó el tiempo y ambos seguían, cada uno en su lugar, esperándose. Se hizo noche y volvió el día. Todo estaba igual. La espera intacta, congelada, tan quieta que no hubo más remedio que detenerlo todo y dejar que los dos se derramaran en la tierra para intentar el descanso, mientras se iniciaba un nuevo ciclo, con un pacto diferente.   

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