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La vi pasar. No era una figura más de las que se deslizaban del otro lado del virio de la ventana del bar esa tarde. Abrazaba los libros como si en ello le fuera la vida y miraba una por una las baldosas de la vereda buscando algo o al menos eso parecía. De tanto en tanto se detenía y elevaba la vista hacia un cielo que se insinuaba entre los edificios igual que una cinta celeste colgada de broches invisibles. Se quedaba así en medio de la vereda, mientras la correntada de gente le pasaba por el costado como si fuera una piedra en el centro de un arroyo de montaña. Parecía un planeta con su propia atmósfera y así la imaginaba desde mi observatorio mientras apuraba las últimas gotas de un café que a esa altura de la tarde era sólo borra fría y restos de azúcar. Ella se había convertido en mi punto de referencia o de partida, según como se mire y yo no podía dejar de preguntarle con los ojos excavando el aire que me separaba de su contorno a contraluz de un atardecer que se clavaba como un puñal sacándole sangre al cielo. Sabía que mis preguntas estaban condenadas a muerte, pero igual persistía en el intento de llegarle con mi poca experiencia de invasor y mi torpeza evidente que arrebataba las palabras, las desordenaba y las devolvía absurdas en su pronunciación y en su sentido como jirones de lo que por un momento había tenido la audacia de pretender rozar la poesía.

Salí a la vereda esperando el cachetazo de frío que presentía estaba agazapado detrás del pilar de la entrada. Falsa alarma. Un aire tibio y fuera de estación me acompañó hasta la esquina y me convenció que ella había desaparecido. Miré para todos lados y no estaba. Ni siquiera su rastro pendular de ángel de a pie. Ese contorno difuso de abrigo negro con gorro de lana de colores no estaba y yo sí, lo que era totalmente injusto porque hacía un momento yo había establecido que había lugar suficiente para los dos y no era necesario que se fuera. Tal vez no tomé la previsión de
avisarle que la estaba esperando desde siempre y ella seguramente no se dio cuenta porque ni siquiera por un instante dirigió la mirada a la ventana del bar donde yo empezaba a convertirme en una sombra. Daba igual. No tenía modo de decirle que sobraba espacio. Frené de golpe en la vereda y el torrente me arrasó sin compasión. Yo sacaba la cabeza de la correntada como si me estuviera ahogando y la buscaba con los ojos, con las manos y desgarrando en el retazo de memoria donde estaba anclada su figura, hundía mis cinco sentidos en el núcleo del recuerdo y salía ahogado y con las manos vacías mientras su contorno seguramente ya había conseguido otros ojos y yo me volvía una sombra inútil y ciega porque miraba hacia adentro y no veía nada.

Caminé por la ciudad como un papel librado a su suerte una tarde de viento, a la deriva y buscando. Alerta la mirada de mis ojos cerrados para todo lo que no fuera ese trazo familiarmente extraño que al mismo tiempo que la dibujaba, me perseguía desde siempre. Atentos mis oídos sordos a cualquier música o sonido que no fuera el frote sutil de la tela de su abrigo contra el aire, despellejando la brisa. Despierto cada centímetro cuadrado de mi piel, insensible para todas las sensaciones que no vinieran de su piel directo al centro de mi sangre como el disparo final de la última batalla que
alcanza y derriba al último soldado. Nada. Ni el perfume conocido que flotaba en el hueco de su ausencia cada vez que la extrañaba que eran todas las veces. Ni siquiera el dejo a fruta fresca que mi imaginación pretendía anidar en su boca esperando la mía. Nada. Calles y más calles, gente que se disolvía en las primeras ráfagas de noche que barrían la luz de los rincones. Nada. Su contorno en mi memoria como una cicatriz palpitante que me recordaba la herida y de tanto en tanto la avivaba como atizando el dolor y los recuerdos que la evocaban que eran todos los recuerdos y cada uno de ellos, atemporales y presentes, habitándome. Nada y de pronto las líneas esperadas. Soñada en ese trazo neto de su figura contra el resplandor de la ciudad de tantas luces y yo pequeño, insignificante frente a tanta belleza. Ciego y encandilado al mismo tiempo. Sordo y arrasado por la música. Así, con el cuerpo tenso y las manos abiertas a lo que pasara esperé aliado al silencio como quien sabe que nada queda pendiente. De a poco como derritiendo su propia sombra en miles y miles de gotas, se fue insinuando así como era y se construyó para mí. Inédita. Fui entonces el último soldado de la última batalla que recibe el disparo final, pero no cae, o acaso sueña que permanece de pie como si estuviera vivo y se imagina intacto con el tiempo a favor y sin amenazas. Sueña hasta que el reloj da un pequeño salto, se detiene durante un instante para tomar impulso y justo ahí, en ese momento, con la sincronización perfecta de lo inevitable, se despierta, se toca la herida en el pecho y definitivamente cae.

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