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                Solía usar los días grises para organizar la nostalgia, limpiando la biblioteca de la memoria para acomodar mejor los recuerdos, cada uno en su estante, según un orden establecido de dolor o de alegría que variaba según fuera tiempo de siembra o de cosecha. Los iba acariciando con un paño suave y los depositaba uno por uno en su lugar, como se deja un beso en la piel amada al despedirse.

Arriba, en los estantes más altos, colocaba aquellos que aún dolían, esos que despertaban las lágrimas de solo rozarlos y a los que pese a todo era inevitable volver porque latían al compás del presente y corrían por dentro con un rumor grave, como de río subterráneo. Abajo, al alcance de la mano, los que llevaban puesta la alegría, pequeños pedazos de historia que le devolvían la sonrisa aún en los peores momentos, cuando la soledad arreciaba como una tormenta y hacían más falta que nunca las mínimas chispas de luz para poder caminar a través de lo desconocido sin perder de vista el sendero y así no extraviar el rumbo.

                Aprovechaba los días grises para navegar en el mar apacible de la penumbra, segura de la paz porque la oscuridad prematura de esas tardes la ponía a salvo de resplandores indeseables. Se sentía plena en esa travesía a ninguna parte, casi a la deriva en un espejo celeste vacío de olas, donde ni la lluvia se atrevía a perturbar la paz de las horas quietas. Podía viajar sin límites y a donde quisiera, sin depender de vientos favorables o de corrientes submarinas. En esos días las cosas tenían la costumbre de suceder sin razones especiales. Pasaban y se iban, sin dejar demasiada huella. No había ataduras ni anclas, ni puntos de referencia ni deudas. Todo fluía sin pausa y sin preguntas, dejando cada duda fuera del alcance de cualquier intento de razón, del mismo modo que se abolían las certezas. Se trataba de construir un mundo efímero de una sola dimensión donde nada fuera ni superficial ni profundo y los amos del juicio y los valores quedaran sin trabajo durante el tiempo que durara esa ilusión tangible de un planeta donde nada de lo existente se hacía ilusiones de domesticar el tiempo.  

                Buscaba la mejor excusa en los días grises para escapar del mundo y procurar que apareciera en el trayecto su universo paralelo donde se protegía de aquello que después de tantos años seguía abriéndole surcos en el alma y provocaba que la sangre se mezclara con el aire en una comunión impensada. El dolor estaba controlado porque nadie tiene el poder de lastimar en el mundo real de los sueños. Dejaba que la imaginación hiciera su parte y le concediera la gracia de transportarla hacia donde siempre había querido ir y cuando llegaba, cada rincón le resultaba familiar y a partir de allí, reclutaba todos los sentidos como quien sale de cacería a capturar un paisaje mientras atardece, el aroma del pan recién horneado, la textura inigualable de la arena tibia, un retazo de música tocada por primera vez o el dejo salvaje del vino joven cuando abandona la boca en su travesía al centro del cuerpo y se despide sembrando con la generosidad del que sabe lo que tiene, sabores inéditos y permanentes.

                Buscaba los días grises para afinar el silencio porque de tanto en tanto le notaba disonancias y no podía permitirlo porque amaba la armonía. La amaba tanto o más que a los espacios que se labran entre dos notas y que nunca deben ocuparse porque forman parte de un territorio sagrado, inconquistable. Exploraba las sensaciones que persisten después de quitarle el sonido a las palabras hasta el punto de dejarlas prácticamente huecas de sentido. Imaginaba cada letra como un ente inmaterial y vedado al conocimiento de los hombres. Por un momento se dejaba llevar por la idea de que decir no siempre es suficiente porque las palabras encierran más de lo que liberan. Por eso cerraba los ojos para perder todo contacto con lo que se supone real y así caminar completamente desnuda el camino abierto del aire, con pasos que eran casi vuelo al ras de las distancias que eran devoradas con el hambre del que no está dispuesto a resignar la intensidad a ningún precio.

                Amaba los días grises porque en gris se disolvía mejor su deseo de volver a su punto de inicio, de arribar definitivamente allí, de donde había partido un día muy lejano, para iniciar un ciclo que aún permanecía inconcluso porque el ansia no asegura la llegada. En esos días grises veía mejor las cosas conocidas de un modo que iba más allá de los sentidos y se sentía pura, sin ningún tipo de doblez ni mancha que distorsionaran su estética perfecta de ser sobrenatural preso en un cuerpo egoísta y limitado por las miserias insignificantes de lo humano. Un cuerpo que era a la vez cárcel y refugio cuando el gris de los días plenos desaparecía a golpes de claridad por la prepotencia de la luz que abarca todo y no deja rincón sin invadir. Cuerpo, cárcel, capullo de la crisálida que en los días grises jugaba a los contrastes agitando las alas en un vuelo de arco fugaz que se agotaba mucho más cerca de la partida que de la llegada. Igual no resignaba el intento y cada metamorfosis la sorprendía desplegando el prodigio de colores de sus alas, consciente de la fugacidad y de la extrema belleza que contiene.

                Los días grises le servían para encontrarse en el espejo, reconocerse, habituarse a la visión, limar las aristas hostiles y suavizar los contornos de la imagen, revisar la tarea, cerrar los ojos, respirar hondo y sin mediar palabra, despedirse.

Solía usar los días grises para organizar la nostalgia ...

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