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                Podría volcar el rey y entregarlo antes de que mi oponente encuentre la manera de llegar al jaque mate, pero por el momento sigo. Me veo buenas posibilidades en esta partida. Estoy en una posición expectante, sin decidirme a lanzar el ataque por temor a que me adivine uno de los movimientos cruciales y me desmorone la estrategia con un par de jugadas. Sin embargo, no me siento perdido, pese que lo sé más fuerte, más experimentado, más frío y más paciente que yo, con muchos torneos ganados y una vitrina atestada de trofeos. Si nos guiamos por las estadísticas, no tengo la menor posibilidad, ni siquiera de tablas, pero aquí estoy, jugando como si el triunfo fuera el designio que hoy los dioses reservaron para mí.

                Lo miro. Trato de imaginar que hay dentro de esa mente intrincada y en qué lugar suele esconder sus mejores movidas. Necesito anticiparme porque de otro modo estoy como caminando por la tabla, rumbo al extremo y una vez allí, directo al mar plagado de tiburones cebados que ya recibieron parte de su ración de carne y esperan más. Si no logro capturar un indicio, la punta del más pequeño de los ovillos o por lo menos un cambio imperceptible en su expresión, en la próxima jugada una pieza importante va a terminar en la caja y las pocas oportunidades que tengo van a ser menos todavía. No consigo descifrarlo. Tiene los músculos de la cara tallados en piedra y los ojos son un par de huecos negros con una luz penetrante que le nace en el fondo. No hay modo de cavar en sus pensamientos ni de impedir que deje de apuntarme al centro de la frente. Transpiro helado, tengo náuseas y siento un vacío en la boca del estómago. Ya pasará, debe ser el juego que me tiene nervioso.

                Contra todos los pronósticos, la partida se está extendiendo demasiado. Más de lo que yo mismo pensaba. Mueve y respondo. Es una evolución permanente en círculos en el que a veces me persiguen y otras veces el que persigue soy yo. Retrocede y avanzo, avanza y retrocedo. Me duele cada pieza que pierdo. Me veo más indefenso y vulnerable cada vez que un peón, un caballo, una torre o un alfil van a dar a la caja y terminan su ciclo con un ruido seco de madera contra madera, sin una pizca de gloria. Sin que pueda evitarlo, me acorrala contra una esquina de tablero y de algún modo que no alcanzo a comprender, logro salir, más con astucia que con inteligencia. Lastimado, con dificultad para respirar, las manos rígidas, pálido de miedo, pero vivo y planeando la movida siguiente que me coloque de nuevo cerca del centro del tablero para tener algún margen de maniobra cuando ataque de nuevo.

                Le ofrezco tablas y despreciando los códigos de caballerosidad del juego, no me contesta, mueve el alfil y pone a mi rey en jaque. Son unas cuantas jugadas seguidas en las que la presión se hace difícil de sostener. Huyo porque no tengo alternativas y asumo el rol de ratón en este juego. Me escabullo de sus ataques sin el menor rasgo de dignidad y dilapidando cobardía lloro por dentro, maldigo, aprieto los dientes y crispo los puños como si fuera a dar un golpe final al tablero para que las pocas piezas que quedan en pie salten por el aire y se termine de una vez por todas este juego perverso porque a esta altura de la partida, no me quedan fuerzas ni siquiera para mover una pieza. Me mira con una especie de interés zoológico, se acaricia el mentón y veo cómo le brilla el fondo de sus huecos negros mientras disfruta de su victoria personal inminente. Jaque. La torre, mi antepenúltima pieza, termina su actuación muriendo por su rey que si no fuera por un caballo y un alfil leales, estaría completamente solo. Un ataque de tos me distrae y lleva mi mente a la puntada en el costado del pecho que respirando hondo un par de veces y vaya uno a saber por qué conjuro mágico, desaparece con la misma velocidad con la que había llegado, sin dejar siquiera un recuerdo del dolor. Sólo queda una sensación de presencia que se hace patente cada vez que respiro.

                Intuyo una posibilidad que parece casi una salida. Transitoria, para reponer fuerzas y encontrar un modo de penetrar sus defensas y aniquilarlo porque en este momento se han perdido todas las consideraciones y el asunto es a vida o muerte. El o yo. Simple. A partir de este momento no hay lugar para los dos. Me veo como un piloto suicida apuntando al centro del portaaviones con la vincha ritual del sol naciente ajustada en la cabeza y la convicción de que voy a hacer historia que se mezcla con la certeza triste de que no voy a estar para verlo. El no parece inmutarse y despliega sus fuerzas con la displicencia y la seguridad del que conoce el final de la película y controla del proyector. No sé si es idea mía, pero percibo que estira hasta el límite de la disgregación cada una de las escenas que se van sucediendo a un ritmo viscoso de una serpiente adormecida que se arrastra por el desierto en plena siesta. Jaque y el caballo a la caja. El ruido seco de la madera contra la madera. Mi alfil y mi rey contra sus cinco piezas. La batalla ya es una masacre de final tan anunciado que no impresiona ni interesa a nadie. Se me nubla la vista. Siento vértigos y me parece que en cualquier momento pierdo el equilibrio y el control de mi cuerpo, en este momento ajeno y desconocido, como si de repente hubiera olvidado las referencias que me lo hacían familiar y lo hubiera entregado al enemigo sin darme cuenta junto con las piezas de madera. Miro de reojo la caja y todavía no estoy.          

                Es el alfil o el rey. No hay elección y el rey se queda solo en el centro del tablero, a merced de los depredadores que bailan alrededor para celebrar su caída, mientras el alfil se une con sus compañeros. Jaque. Muevo. Jaque. Muevo y así se va cerrando el cerco hasta que cada una de las jugadas me acerca más al borde del abismo. Jaque.   

                Los análisis no están bien, pero hay que esperar la biopsia, los y el resultado de las imágenes ver cómo vamos. La biopsia no mejoró el panorama y las imágenes mostraron con la brutalidad inocente que tiene un hecho que el enemigo era el amo del tablero. En el centro resistía lo que quedaba de mí, consumido por la lucha, pálido, casi sin pelo en la cabeza y asolado por los vómitos, sin fuerzas para terminar por mi mismo la partida volcando el rey, como corresponde a un caballero.

                El desliza la reina en diagonal. Jaque. Muevo. Acerca la torre. Jaque. Muevo. Coloca en posición el alfil. Jaque. Muevo. Otra vez la reina. Me mira. Extiende su mano para estrechar la mía. No sonríe. Apenas una mueca que desvía imperceptiblemente la comisura derecha. Los huecos negros se transforman en ojos vivos. Me mira. Extiendo mi mano.

                Jaque mate. 

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