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Por qué será que de un tiempo a esta parte se me ha trepado a la memoria la nostalgia por los trenes. Mandato familiar como tantos otros. Tal vez. Mi abuelo paterno, al que conocí menos de lo que me hubiera gustado. Oí sin querer que era bravo cuando tomaba, pero en esa época el alcohol no era enfermedad, sino un vicio y como los vicios a veces se curan, mi abuelo un buen día se curó. Mi tío Luis, agazapado en su enorme debilidad dentro de una cáscara de violencia que se avivaba como caldera de locomotora cada vez que su hija se hundía en el pozo del ahogo en plena noche y mientras siseaba el oxígeno saliendo perezoso del tubo, la miraba rebelándose una vez más contra los que tantas veces la dieron por muerta. Peleaba contra la asfixia y contra su padre que dicen, no aceptó en su momento que la operaran. Otros tiempos. Cincuenta y pico de años atrás, cuando las cosas no eran sencillas, San Juan todavía se miraba las heridas del terremoto del ’44 y la medicina quedaba en Buenos Aires, demasiado lejos para ser una alternativa, sobre todo cuando los tiempos se hacían cortos y cada minuto valía oro.

Será que los extraño. A mi tío Luis y su vigilia de jubilado precoz tomando fresco en la vereda, cuando ese sol de verano se escondía para dejar que las cosas se acomoden al amparo de las sombras y de una brisa piadosa que espantaba el calor de la tarde sanjuanina. Sentado en una silla enclenque de madera de pino y asiento de paja, pantalón pijama y musculosa, chancletas y el pelo gris grueso y terco, peinado como para un casamiento o un velorio. Miraba como quien a la vez acecha y supervisa las cosas pequeñas que pasan en una calle de tierra, a una cuantas cuadras de la estación de trenes de San Juan. Se le enciende la desconfianza cuando alguien nuevo dobla la esquina y pisa la vereda de baldosas ocre, mantenida con mechudo y querosén. Lo diseca con los ojos mientras va pasando delante de él y lo empuja con un viento invisible que le sale de no sé dónde hasta que se pierde por la avenida Ignacio de la Roza.

Será que extraño a mi abuelo al que no conocí maquinista, pero del que estaba orgulloso porque había nacido en 1899. Ese viejo de piel morena que parecía estar hecho de cuero y que escatimaba la bondad como si fuera agua en la sequía, pero aprendí con el tiempo que él, como mi papá, al que también se me ha dado por extrañar y por eso lo traigo de la oreja a esta historia pequeña, racionaban el cariño. Mi abuelo, mi papá y mi tío Luis siempre fueron avaros con la bondad que tenían adentro. Hombres llenos de manantiales que había que saber buscar y cuando se los encontraba, salía de ellos la mejor agua. Lo garantizo y no estoy nublado porque la muerte de los tres haya suavizado amarguras ni porque extrañarlos fabrique sentimientos nuevos que a esta altura serían superficiales. Hombres de trenes, profundamente ferroviarios los tres que entendieron que la lucha y la piedad son paralelas que no se juntan y que el mundo casi nunca da dos oportunidades. Mi papá era ingeniero y de algún modo había escapado del designio, entrando por la puerta grande al orgullo de una familia que veía en él al hijo profesional. Mi tío Luis probablemente pensaba distinto y en una de ésas no alcanzó a decirlo porque antes que lo intentara, lo capturó el resentimiento y lo tuvo de rehén por el resto de su vida.

Los trenes me vendrán por él, maquinista como su padre, mi abuelo. Tanto me vienen los trenes que ahora, mientras galopo por esta historia entrecortada que va saliendo así, como la leen, me doy cuenta que en el ’75, cuando siete irresponsables salieron de Salta buscando Bariloche, lo hicimos en tren, en segunda, en esos asientos de madera que derrotaban a la espalda más curtida. Más de un día dentro de un vagón que hervía, lleno de cosecheros golondrina que no tenían los mismos hábitos de higiene que nosotros, a los que no nos ayudaba tampoco la sensibilidad del olfato. Un tren lento que más que rodar, parecía reptar como una babosa por la vía que a partir de Catamarca se transformaba en  una inmensidad infinita y seca que como un mar de tierra y piedras que iba a romper olas contra las montañas de la precordillera.

Los trenes que en la década del ’90 un insano gobernante de un pueblo más insano todavía, decretó que no eran rentables y con ello condenó a un olvido gemelo de la muerte a cientos de pueblos cuya razón de ser y su identidad tenían mucho que ver con dos largas cuerdas plateadas paralelas sobre una cama de durmientes de quebracho y su tiempo se regía por el reloj del Jefe de Estación. Se fueron los trenes y llegó la tristeza sin retorno a cada uno de esos pueblos, donde los más viejos prefirieron dejarse morir antes de perder para siempre el recuerdo del silbato de la locomotora, el sutil temblor del suelo cuando el tren se acercaba y el soplido como de alivio de los frenos de vapor que después se convirtió en el ronroneo imponente de una diesel roja y amarilla.

No sé por qué de un tiempo a esta parte, más o menos desde que lo llamo de nuevo papá a mi viejo y me suena tan nueva y poderosa esa palabra y lo siento más cerca que nunca cada vez que la pronuncio. Más o menos desde entonces me acuerdo de los trenes, de un viaje en camarote a Buenos Aires cuando no había nacido mi hermana menor. Un viaje que fue lo más parecido a una aventura que me pasó en la vida, tanto que todavía siento el olor a desinfectante de los vagones y me parece recorrer con los dedos la textura perfectamente lisa del revestimiento del camarote de cuatro cuchetas, diminuto y a la vez enorme para lo niños que éramos entonces.

Sé por qué de un tiempo a esta parte he buscado el modo de contarle a mi papá que puede quedarse tranquilo porque ese rumbo que a veces el mayor de los tres perdía, parece haber encontrado el cauce y a través de caminos que siempre sospechamos, ese que pretendía escribir y llegar a ser médico, sin que estuviera muy claro cuál de las dos cosas tenía más incrustada en el alma, hoy escribe y es médico. Quedate tranquilo, papá, que mañana ese que a veces te desorientó y te sacó lo peor, va a escribir mejor y va a ser mejor médico y el día menos pensado, en un tren con locomotora de vapor, vos, el Nono José María y el tío Luis, quién te dice, nos damos el gusto de encontrarnos. Hasta entonces, papá, descansá y despreocupate porque aquí las cosas se van encarrilando y vos has tenido y tenés mucho que ver en eso. Te fuiste antes, pero en cierta forma eso te obligó a quedarte un tiempo más conmigo.

A mi papá, uno de los mejores tipos que conocí en mi vida. Ojalá sepa todo lo que me dio y espero de alma que entienda por qué no se lo pude decir antes.

Tren de Carga en el Ramal C14

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3 pensamientos en “Mandato

  1. SEGURO QUE ENTENDIO…PERO AHORA ADEMAS ESTA LLENO DE PAZ PORQUE TAMBIEN LO ENTENDIERON… PARA MI LO MEJOR QUE ESCRIBISTE…SENTI OLORES, RUIDOS, LOS VOLVI A VER… COMO NO EXTRAÑARLO????? UNA JOYA!!!!

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