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En ella estaba el miedo. Corporizado a veces, invisible otras. Esperando agazapado detrás de una sombra o respirando profundo en el fondo del último sueño de una noche cualquiera, en la que los fantasmas deciden alejarse y ahí donde ellos estaban, aparece el hueco desacostumbrado por donde se filtra el miedo que siembra toda la extensión de la calma con pesadillas. Inutiliza la oscuridad amable donde suelen habitar los recuerdos y todo está permitido porque la noción de límites es un capricho humano. Todos sabemos que la noche sirve para borrar los contornos y hacer de todas las formas una única forma que las contiene y las protege de la traición de la memoria una vez que el tiempo empieza a corromperle las entrañas y le quita peso, hasta que se termina desconfiando del pasado. Todo lo que ayer era cierto, se vuelve de repente duda que paraliza cada uno de los músculos del cuerpo y congela la acción en un permanente cuadro detenido.

El miedo es un hachazo que parte el tronco del presente en astillas que se dispersan en el aire y no tienen posibilidad de volver a reunirse. Sólo son capaces, ahí donde caen, de gotear dolor en el tiempo abierto y dejar la sensación de que el próximo golpe vendrá con más fuerza, saltarán más pedazos y goteará más dolor sobre el que ya estaba. Capa tras capa. Golpe tras golpe, el miedo va construyendo una cáscara impenetrable con la paciencia del que domina el curso del tiempo. Una corza dura que aísla más de lo que protege. Ella sentía eso, justamente el encierro entre paredes propias, la vida tapiada con pocas o ninguna salida. Los ecos de un mundo que seguía girando, los ciclos de sol y luna, el frío, el calor y la lluvia. Las voces conocidas y las intuidas como cercanas se hacían un solo rumor que perdía sentido a poco de trotar por el aire hasta terminar chocando contra esa pared con un ruido seco, como de manos golpeando la piedra.

Se había acostumbrado a que el corazón afirmara su presencia desde lo más profundo del pecho como si quisiera levantar vuelo y escaparse. Estaba acostumbrada a que ayer, hoy y mañana se mezclaran sin pudor en la garganta y a que la voz no saliera cuando eso sucedía, cuando se instalaba la certeza de que el tiempo que se adivinaba en el horizonte traía en el lomo un jinete siniestro, cada día con una cara diferente y cada vez con un arma distinta. Sentía galopar o era el eco o tal vez en los ojos había invasores que le torcían las visiones hasta quebrarlas. Ella cerraba los ojos y no era mejor la oscuridad sin red que la protegiera porque a esa altura se parecía más a un abismo estrecho y sin fondo, donde seguramente flotaba un miedo igual de negro. Entrelazaba los dedos y se hacía preguntas. Tensaba hasta el límite del dolor los músculos preparándose para las respuestas que no llegaban. Ella no era capaz de comenzar y se quedaba inexorablemente anclada en el punto de partida mientras todo lo demás era movimiento.

Quería intentar el encuentro y para eso abría diminutos agujeros en la cáscara. Los suficientes como para que el mundo penetrara con suavidad, como hilos de luz que le mostraban sin piedad todo lo que aún era posible, pero cuando sentía que algo, lo que fuera, se acercaba al núcleo y la ponía en peligro, lo expulsaba de su órbita con toda la fuerza, cerrando la coraza y buscando refugio en lo que mejor conocía, en una especie de paz rígida y estrecha que se parecía mucho a la ausencia y que de una u otra forma le estaba abriendo el camino a la muerte. El miedo le había ocupado el territorio y con la estrategia del que se sabe vencedor, la mantenía alerta hasta agotarla, hasta dejarla mirando fijo las cosas que se le escapaban de las manos. Quedaba desolada, arrasada y sin aliento ni lugar para las lágrimas, con el miedo intacto y el futuro elevándose como un globo, fuera de su alcance.

Sonó el despertador como todos los días y como todos los días abrió los ojos esperando que la sensación fuera distinta y que la garra en la garganta se abriera para siempre y la dejara libre con toda la alegría suelta. Esperó un momento a que se callaran por completo los ecos de los sueños rezagados que todavía vagaban dentro de ella, sin demasiadas ganas de salir del escenario. Se miró las manos. Las notó nuevas y listas para cosas diferentes. Respiró hondo y sintió que el aire se deslizaba hacia adentro sin obstáculos. El corazón estaba, pero no había gritado aún a esa hora y daba la impresión de que no le era necesario hacerlo porque la garganta estaba libre de la garra que había quedado en la mesa de luz, abierta e inútil, agonizando. Ella por primera vez en su vida estuvo segura que no hacía falta reafirmarle al mundo que había llegado porque desde hacía tiempo, el mundo estaba listo para recibirla

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